Toda la verdad 3

¿Por qué el cristianismo está doctrinalmente tan dividido? ¿Por qué no pueden los cristianos ponerse de acuerdo en cuanto a lo que el cristianismo enseña? Seguramente una de las razones es que no pasamos suficiente tiempo estudiando la Biblia. (Foto: John Scalzi/Flickr)

Claro, hay grandes eruditos teólogos con desacuerdos marcados en todas las distintas escuelas de creencia. Pero, en general, permanece la posibilidad, la probabilidad, de que los cristianos en general, incluyendo a los eruditos, pasen más tiempo en defensa de sus propios postulados que en la tarea de lograr pensar bíblicamente tomando en cuenta todo lo que la Biblia enseña. No es nada fácil lograr que todas las enseñanzas bíblicas, todos los discursos bíblicos, tengan pleno impacto en todo lo que analizamos. Así, pues, al insistir en que tengamos toda la verdad, insisto en que pasemos más tiempo repasando toda la Biblia, y que dejemos que toda la Biblia haga su aporte a todo punto en particular. Seguramente nunca llegaremos a un acuerdo total entre todos, pero se puede mejorar en algo. Es posible que el pastor, por ejemplo, por hacer esto, no tenga tanto tiempo para dedicar a otros aspectos del pastoreo. Pero, a la larga, el perfeccionamiento de la teología (las conclusiones doctrinales que salen de nuestro dominio del texto sagrado) resulta en un pastoreo más fructífero, según el parecer de Dios. Así, a la larga, no perderemos tanto tiempo edificando iglesias (comunidades) de mala arquitectura y materias primas de mala calidad, dedicando mucho esfuerzo a proyectos y mecanismos que, si bien multiplican el número de personas que profesan fe en Cristo, fracasan en promover cristianismo más puro.

El que escribe estos renglones reconoce que no ha seguido debidamente sus propios consejos, y no se ofrece como “teólogo”, como “erudito”, o como modelo a seguir en todo. Lo que hago es insistir en un principio que en general no observamos en la medida que debemos. Que cada uno mire en su propio caso, y haga los ajustes necesarios. Pues, la ironía es que después de siglos, todos, supuestamente partiendo de un libro de más o menos 1.200 páginas, todavía no estamos totalmente de acuerdo en cuanto a qué enseña este libro. El autor del mismo es Dios, Espíritu Santo. El tema es Jesucristo para salvación y santidad. Y, ¿hemos de decir que el desacuerdo entre los lectores es por culpa del Autor? ¿Inspiró Dios un libro en algo indescifrable cuando el propósito del libro era llevar a los lectores a conocer a Dios y su voluntad para su gloria y para el bien de su pueblo? Obviamente la culpa no es de Dios, sino de los lectores, o por decirlo de otra manera, de los lectores que no leen lo suficiente el documento entregado y no lo interpretan a la luz de su totalidad y partiendo siempre de su propio contexto y carácter como libro divino, la voz de Dios, la Palabra de Dios.

Con este preámbulo, volvemos a nuestro tema:

La soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre.

Queremos entender este tema, ya que nos ofrece, en cierto sentido, una oportunidad para comprender todo el mensaje de Dios para nuestra bienaventuranza, para el cumplimiento y el deleite de nuestra existencia en el mundo de Dios, para la gloria de Dios. Y, nos ofrece un ejemplo de un punto en que estamos divididos con respecto al mensaje bíblico, ya que algunos enfatizan una parte del tema y otros, otra, sin permitir que la Biblia sea oída justamente sobre ambas partes en relación la una con la otra.

Sí, reconocemos que el tema es uno de misterio. Es decir, nunca vamos a poder entender totalmente el tema. Más bien, tendremos que creer todo lo que la Biblia enseña sobre el mismo, y vivir de acuerdo – sin entender su lógica según la plenitud de la capacidad humana.

Nuestra tesis es que:

La Biblia enseña que Dios es soberano de manera absoluta, en todo y siempre. Todo lo que sucede, sucede por voluntad (decreto) de Dios. A la vez, la Biblia enseña que el hombre, criatura de Dios, actúa libremente, y que recibirá según sus obras estando bajo el deber de cumplir todo lo que Dios exige. Se hace culpable y sujeto a sanciones cuando desobedece a Dios. Debemos creer y actuar consecuente con estas dos enseñanzas, con todo lo que la Biblia enseña en todo, porque la Biblia es la Palabra de Dios.

Miremos un texto bíblico en que ambos lados de la cuestión están presentes en el mismo texto:
Hechos 27. Le invito a leer todo el capítulo para recordar aquel momento histórico. Lucas, el autor del libro de Hechos, narra la experiencia de Pablo – y de él, ya que estaba también presente, v 1. ¡Qué tempestad! ¡Qué peligro para el barco y sus ocupantes! No veían posibilidad de salvarse de la garganta de la tormenta. Lo que hubo, sin embargo, fue la palabra de un preso imperial camino a Roma para audiencia con el emperador. Había recibido un mensaje de Dios, Hechos 23:11, informándole que le era necesario ir a Roma para testificar el evangelio allá. Y, había recibido otro mensaje de Dios, Hechos 27:21-26, diciendo que Dios iba a guardarle de la muerte, a él y a todos los que estaban a bordo. ¡Qué alivio para los creyentes (para todos)! ¡Qué descanso! ¡Nada que hacer sino reposar el ánimo, despreocuparse, y disfrutar del momento tan difícil! La liberación segura llegaría del Dios gobernador de los vientos, Él que no podía mentir.

Pero, había algunos a bordo que no eran tan creyentes, es decir, unos de los marineros del barco. Sí creían lo que Pablo había relatado, no obstante, por si acaso, resolvieron tomar una medida de seguridad. Resolvieron actuar, tomar las cosas en sus propias manos. No los condenamos por esto, pues al fin y al cabo, uno, sí, debe actuar en lo legítimo y posible para preservar la vida y los bienes. El problema era que si abandonaban el barco en un barquito de salvavidas (que fue su plan), no habría quien navegara el barco, y esto, sí, ponía a todos en mayor peligro de ahogarse. Claro, Dios ya había dicho a Pablo que todos iban a salvarse. Luego, ¿por qué Pablo, enterándose del propósito de los marineros de abandonar el barco, informa a los soldados para que estos impidieran la fuga de los marineros? v 30-32. Poca fe apostólica, ¿no le parece? Fíjese en la frase interesantísima del versículo “Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros”. ¿Qué decía Pablo? Decía en pocas palabras que era necesario hacer uso de los medios disponibles y legítimos para manejar el barco si la palabra de Dios fuera a cumplirse. No, tal manera de pensar no conviene, ¿no es verdad? ¿No es esto una muestra de duda en cuanto a la palabra y el poder de Dios? Si Dios puede salvar el barco mediante la habilidad de los marineros, ¿no podía aun más salvar el barco actuando directamente, y cumplir así su propósito de que Pablo llegara a Roma? ¡Claro que sí! Pero, Dios quiso que actuaran los marineros en el caso. Era la responsabilidad de ellos, y Dios no iba a eximirlos de la misma mediante un milagro. ¡Milagros, Dios, sí, los hace! Pero no siempre. Por lo regular, Dios obra por los medios que Él estableció para la función de los hombres y el mundo. Dios es soberano, pero en su soberanía, actúa con la actuación que Él ordena para los seres humanos. Preguntamos: ¿no podrían ser salvos de la muerte los 276 personas a bordo de aquella nave en el mar Mediterráneo si los marineros se fueran? Eso es exactamente lo que Pablo dijo a los marineros que querían huir. Así fue. No fue falta de poder en Dios, sino que Dios, si bien ordena todo según su voluntad, ordena que el hombre necesariamente actúe para que las cosas sean llevadas a cabo. Lo que hemos escrito antes: aquí hay misterio. ¿Cómo poder entender esto? No hay manera, pero allí están ambas cosas en el texto sagrado, la Biblia. Que las creamos, que actuemos en lo que debemos actuar, en armonía con la vocación y el papel que tenemos. Y, que confiemos en Dios quien, sí, cumple siempre su propósito, según su voluntad.

No perdamos de vista que Dios calma las tempestades cuando quiere, y que lo hace sin ayuda alguna. Acuérdese de Jesucristo dormido en el barco cruzando el mar de Galilea. Y, recordemos que Dios estaba con Pablo en el barco en el mar Mediterráneo. ¿Por qué no calmó la tempestad más antes? ¿Le faltó poder? No, no fue eso, sino que no quiso. Recordemos la tempestad que Dios levantó – y calmó – en el mismo mar Mediterráneo en el caso del profeta rebelde Jonás, el Jonás que no quiso predicar la Palabra de Dios en Nínive. ¡La soberanía de Dios! Pero en el caso de Pablo, el que sí, quiso predicar la Palabra en Roma, ¡había la necesidad de la actuación humana!

Lo que observamos en el texto de Hechos 27 es que, en el mismo pasaje, aparecen a la vez, la absoluta soberanía de Dios haciendo según su voluntad, sin depender de nada ni de nadie, pero exigiendo que el hombre actúe para que haya el resultado que Dios quiere. Pregunto: ¿difícil de entender esto? Claro que sí. No busquemos hacerlo. Creamos ambas cosas. Hagamos lo que Dios manda, lo que la providencia de Dios exige, y confiemos en su poder y voluntad irresistible para llevar a cabo siempre lo bueno para los que aman a Dios, los que son llamados según su propósito.

 

DescargarBoton2 

 

- ♦ -

Volver