Un solo mediador, Cristo el Señor

Incluso es algo común que un hermano en la fe pida a su pastor que ore por él, porque supuestamente Dios oye más a los pastores que a los demás creyentes. De esta mentalidad nacen las jerarquías... (Foto: Sean MacEntee/Flickr)

 

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La fe reformada nos hace el gran favor de reconocer al eterno Hijo de Dios en el lugar que con todo derecho sólo Él ocupa. Elimina a los usurpadores falsos de este oficio. Nos libra del engaño de pensar que haya otro fuera de Él que pueda llevarnos a Dios. Es una grave decepción confiar en quien no reúna los requisitos para ser mediador. Con razón los reformistas se opusieron tanto a la Iglesia Católica de su tiempo, con todos los mediadores que recomendaban.

Constantemente se presentan ofrecimientos de quiénes supuestamente se acercan a Dios “con palancas” para presentarle peticiones y lograr favores que otros creyentes no pueden. Los santos, los sacerdotes, los mártires, el papa, la virgen, los pastores, los apóstoles, los de alguna experiencia sobrenatural sobresaliente, el carismático, el milagrero – la lista es larga, y a cada rato hay otros nuevos que cruzan la pantalla. Incluso es algo común que un hermano en la fe pida a su pastor que ore por él, porque supuestamente Dios oye más a los pastores que a los demás creyentes. De esta mentalidad nacen las jerarquías, y de las jerarquías nacen muchas veces las indebidas dependencias de unos sobre otros, y también las indebidas imposiciones de algunos líderes.

Pero, no. En Cristo todo creyente, todo nacido de Dios, tiene acceso personal y directo al trono de la gracia. Que por él [Cristo] los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:18), tratando de los judíos y los gentiles creyentes. Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna. (Hebreos 4:14-16)

¿A qué se debe que tengamos este privilegio? Se debe, por supuesto, a la sangre derramada y la justicia imputada de Cristo. No es por nuestros méritos. No es por nuestras obras hechas o privilegios logrados. Nuestro intercesor, nuestro mediador, mereció mediante su obra redentora el derecho de “llevarnos a Dios”, 1 Pedro 3:18.

Claro está, que somos presionados a orar los unos por los otros. Que lo hagamos, pues. Pero es por medio de Cristo que uno presenta las peticiones ordenadas por Dios. Esto es otro caso de tomar en cuenta toda la verdad que Dios nos enseña en su Palabra. Cristo, único Mediador, orando por su pueblo, pero a la vez, su pueblo actúa orando los unos por los otros. ¡Cuántos errores se presentan en la iglesia por no tener presente toda la verdad! La fe reformada insiste en todas las Escrituras como norma de creencia y práctica.

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