La reforma y el Espíritu Santo

El Espíritu Santo es, pues, protagonista en la conversión, y siendo Dios mismo, también es activo en todas las obras salvadoras (y otras) de Dios. ¿Cómo podría ser de otra manera ya que la salvación es de Dios? (Foto: Lynn/Flickr)

 

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Algunos comentan que el Espíritu Santo fue la persona de la Trinidad olvidada hasta cuando el movimiento pentecostal comenzó con fuerza en el siglo 20. Hay algo de verdad en este comentario. Sin embargo, la “ausencia” del Espíritu en la experiencia de la iglesia durante cierto tiempo fue en parte porque la fe reformada había sido olvidada durante el mismo. Además, quizás el Espíritu no fue tan olvidado como algunos se imaginan. En cuanto la fe reformada había dejado su huella, seguía reconocido en sus oficios básicos y abundantes. Enfáticamente fue tema de confianza y alabanza en la Reforma Protestante del siglo 16 y en sus herederos. Un teólogo de renombre como es B.B. Warfield, muy estudioso de la vida y doctrina de Calvino, mantiene que éste es reconocido por muchos como “el teólogo del Espíritu Santo”.

El énfasis de Calvino era decididamente sobre la necesidad del Espíritu para la conversión del pecador. Si uno recibe íntegramente la doctrina bíblica de la “depravación total”, obviamente reconoce la necesidad de la obra regeneradora de Dios para vivificar al muerto espiritual. Tal es el estado de todo ser humano desde Adán en adelante (menos Jesucristo). El Espíritu Santo es, pues, protagonista en la conversión, y siendo Dios mismo, también es activo en todas las obras salvadoras (y otras) de Dios. ¿Cómo podría ser de otra manera ya que la salvación es de Dios? La creación, la providencia, la salvación en todas sus acepciones, todas las obras de Dios son obras en algún sentido del Espíritu. Acordémonos de Hebreos 9:14: …Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios

El movimiento pentecostal no hace justicia al Espíritu, ya que al enfatizar tanto los dones carismáticos, las obras suyas de gracia a favor de la formación y el desarrollo del pueblo de Dios en todo sentido, resultan relegadas a un segundo lugar o al olvido. La fe reformada se regocija en Él: ¡A Dios la gloria porque ha venido el Consolador, y de Él es la salvación!

¡Cuán animador es saber que Dios es el encargado de salvarnos! No es cuestión de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios, Juan 1:13. Y siendo que Dios de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, Santiago 1:18, sabemos que ninguno de los escogidos de Dios podrá resistir su voluntad. Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos, Salmo 135:6. ¡Qué desastre sería si un ser humano pudiera frustrar el poder y el propósito de Dios para salvarle! No, no; la salvación del pecador escogido por Dios es una absoluta certeza, pues es el Espíritu quien obra. Su intervención es irresistible. El que invoque el nombre del Señor será salvo. La fe es don de Dios.

El Espíritu Santo es protagonista en la fe reformada. “La Confesión Bautista de 1689”, promotora de la fe reformada unos 150 años después de Lutero, menciona al Espíritu unas cincuenta veces. Hago otra vez la invitación al lector de estos renglones, a que lea detenidamente este documento. Tome nota del papel del Espíritu en toda la actuación y ser de Dios. Lo que una de las divinas personas hace, involucra necesariamente a las otras dos. Si bien esta tradición doctrinal reformada no habla del Espíritu Santo en términos del carismatismo actual, no lo hace porque por allí no es, según la Biblia, la actuación suya en la actualidad. En el pasado, sí. Pero, ya llegó Jesucristo, …En la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado, Hebreos 9:27. Con su obra redentora exitosamente cumplida, Jesucristo ascendió a los cielos, y desde allí, juntamente con el Padre, envió al Espíritu para aplicar el fruto de su obra a los escogidos; escogidos estos desde antes del fundamento del mundo. El Espíritu sigue llevando a cabo esta obra, la del nuevo nacimiento, dando vida a los muertos. Hace nacer a los que oyen la predicación del evangelio. Sigue obrando para hacer crecer a los nacidos de nuevo, y para ello, también preparó y entregó la guía que había comenzado con Moisés, es decir, las Sagradas Escrituras. Se culminó esta magna obra mediante los apóstoles, dejando colocado el fundamento apostólico sobre el cual ahora Cristo, por su Espíritu, edifica su iglesia.

Fíjese que el Espíritu está presente y activo en todo. No sólo es “el autor” de las Escrituras, sino también el que mora en los creyentes para darles explicación de ellas. Creemos en el Espíritu Santo. La fe reformada es la fe que habla del Dios trino, incluyendo necesariamente al Espíritu. Es Él quien da vida a aquellos por quienes Cristo murió, los escogidos por el Padre. Es Él quien mantiene la vida de ellos en unión con Cristo siempre y por causa de la obra redentora de Cristo. La fe reformada, es decir, la doctrina bíblica, evita la pauperización de la fe en el Espíritu Santo, y lo hace insistiendo que el Espíritu sea conocido en la plenitud de su obra como Dios salvador, incluyendo por supuesto la santificación de los creyentes mediante la verdad. La Biblia es la voz del Espíritu. Al leer la Biblia, no es ella, como dicen algunos, una letra muerta, sino que es la Voz de Dios que vivifica. No hay separación entre Biblia y Espíritu. Las dos cosas van siempre juntas, ni la una sola ni la otra sola, sino ambas cosas a la vez.

Así con Biblia y Espíritu, escapamos del “fuego extraño” de la actualidad; escapamos de una espiritualidad espuria y truncada, y más bien disfrutamos de una guía perfecta y vivificante, la Biblia, explicada eficazmente por su autor, el divino Espíritu Santo de Dios, “el Consolador”.

El Espíritu vino, según prometió Jesucristo: Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí, Juan 15:26. Y, otro texto, Juan 16:14: Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Es decir (y aquí es una de las glorias máximas de la doctrina bíblica sobre el Espíritu), el Espíritu no dirige la atención a sí mismo sino a Jesucristo, el Mediador, en unión con quien por la fe, somos bendecidos con toda bendición espiritual. El Padre nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, Efesios 1:3. La fe reformada nos ha librado del error de centrar nuestra atención primero en el Espíritu, y nos enseña a centrarla más bien en Cristo, el Mediador del nuevo pacto, Hebreos 8:6. …Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor. (2 Corintios 3:18)

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