La predestinación

¡Qué escándalo y controversia genera este tema! Algunos preguntan: ¿Cómo es posible que pongamos en manos de Dios el escoger quiénes serán salvos (y, por lo tanto, de quiénes no lo serán)? ¿Será que para los tales Dios no es de confiar en el asunto? (Foto: DeeAshley/Flickr)

 

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¡Qué escándalo y controversia el que genera este tema! Algunos preguntan: ¿Cómo es posible que pongamos en manos de Dios el escoger quiénes serán salvos (y, por lo tanto, de quiénes no lo serán)? ¿Será que para los tales Dios no es de confiar en el asunto? No, quizás nadie diría esto, pero, sí, pueden objetar que si Dios es el que decide, luego no sería justo si no predestinara a todos para salvación. Y, además, si Dios es el que escoge, luego esto quita al hombre su derecho de determinar su destino, y si así fuera, el hombre ya no sería en verdad libre.

De hecho, el hombre no es libre; es esclavo del pecado. “El que comete pecado, esclavo del pecado es”. Todos merecen ser abandonados por Dios, para siempre, por razón de su rebeldía contra su Creador. Por lo tanto, si Dios no decide salvar a algunos, ninguno se salva, porque ningún pecador puede salvarse a sí mismo, ninguno puede librarse a sí mismo de sus esclavitudes. ¡Qué bueno que Dios haya resuelto salvar a algunos – a muchos! Que no haya resuelto salvar a todos, bueno, no tiene el deber de salvar a ninguno. Pero, Dios no hace acepción de personas, ¿verdad? No, no lo hace. No escoge a ninguno porque vea en alguno algo mejor que en otro. Todos son iguales: rebeldes y culpables. Dios resuelve salvar a unos, pero no a otros, por pura gracia por razones que sólo Él sabe.

Eso de no hacer acepción de personas tampoco quiere decir que Dios trata a todo el mundo con igualdad. Esto es muy obvio, pues por voluntad de Dios, algunos nacen pobres y otros gozan de abundancia. Algunos pasan sus vidas libres de desastres, mientras otros sufren terribles percances.

No, el ser humano no es libre. No sólo anda bajo la constante providencia de Dios, es decir, bajo su gobierno sobre todas las cosas, sino que también sufre o se beneficia de lo que sus vecinos hacen o no hacen – y de muchos factores más.

Sin embargo, si bien el ser humano no es libre, sí, es libre. Hace lo que quiere; toma sus propias decisiones. Si es rebelde contra Dios, es así porque así lo quiere ser. Si es salvo por Cristo, eso es porque escogió serlo. No es una máquina; es un ser humano, escoge libremente. Pero, entendamos bien este asunto, el ser humano, caído en Adán, como lo es todo ser humano, es libre para actuar… según su naturaleza. Como ser humano, su libertad tiene límites; por ejemplo, no puede vivir sin comer. Como ser humano nacido pecador, su libertad tiene límites. “No se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede”, Romanos 8:6-8. “Ninguno puede venir a mí”, dijo Cristo, “si el Padre que me envió no le trajere”, Juan 6:44. Al escoger uno, sea por el lado que sea, escoge controlado por lo que es, y todo ser humano nace inclinado irresistiblemente al egoísmo. Nace enemigo de Dios, y no es capaz de dejar de ser así como es.

El hecho de que Dios escoge a algunos, pero no a todos, no debe sorprender a ningún conocedor de la Biblia. Dios escogió a Abraham y a su descendencia para ser un pueblo santo para Él y de ser Él Dios para ellos. Todo el Antiguo Testamento da la historia de Israel, nación escogida de Dios, única nación escogida antes de la primera venida de Cristo. Deuteronomio capítulo 9, por ejemplo, subraya esta decisión divina. “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra”, dice Dios a Israel mediante el profeta Amós. Todo el Antiguo Testamento es la historia de una sola nación escogida como pueblo de Dios. Una sola. Ni egipcios, ni asirios, ni griegos, ni medo persas, ni romanos – sólo Israel. Un pueblo merecedor de muchos elogios, ¿no? ¡No! No fue por méritos, sino a pesar de deméritos (recordemos Salmos 78 y 106, y Ezequiel 20, y todo el Antiguo Testamento, el cual cuenta sobre el continuo y repetido fracaso de Israel). Fue por gracia que Dios escogió a Israel y que guardó de ella un remanente, gracia por razón de la sangre derramada, la del Cordero.

Los reformadores del siglo 16 nos hicieron el favor de sacar a relucir esta maravillosa gracia de la predestinación. ¿Es razón de escándalo y polémica? No debe ser. Debe ser razón de celebrar y de rendir ferviente y humilde culto a Dios.

Claro, esta breve nota sobre la predestinación ni comienza a tratar el asunto en sus admirables dimensiones. Para más detalle, más apoyo, más explicación, más reacción a posibles objeciones, por favor, hágase el favor de leer alguna de las varias obras que presentan todo esto. Por ejemplo, LA PREDESTINACIÓN por L. Boettner. La fe reformada no inventó esta buena noticia, sino que la predicó como la fuente de donde sale la salvación del pecador, es decir, la gracia de Dios en Cristo Jesús.

Pero, lea la Biblia, lea el Antiguo Testamento pensando en esta verdad; lea el Nuevo Testamento pensando en esta verdad. Quizás no sea necesario leer ningún libro más para sentirse impulsado a humillarse a rendir adoración a Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo por una salvación tan grande.

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