La verdad absoluta

La insistencia en una verdad absoluta exigía un criterio muy severo en el manejo del texto bíblico. Si la Biblia determina cuál es esta verdad, luego, es imperiosamente esencial entender qué enseña la Biblia, toda la Biblia. (Foto: Olga Caprotti/Flickr)

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Pareciera contradictorio. Comenzamos estas reflexiones sobre los 500 años de la fe reformada con el grito de ¡LIBERTAD! (Véase la reflexión # 1). Ahora, en esta reflexión, me alegro por el aporte de la Reforma al insistir en la verdad absoluta. Los reformistas, mediante esta afirmación, se blindaron contra el cambio. Es como si estuvieran mirando proféticamente hacia “movimientos” como “la iglesia emergente”, o hacia “la teología del proceso”, en la cual supuestamente Dios va en proceso de desarrollo de su ser y de su programa. Como que algunos no queremos la “libertad” absoluta, aunque la verdad absoluta, sí.

No todas las novedades en cuanto a la doctrina y la práctica son tan radicales como las dos mencionadas arriba. Muchas, sin embargo, si bien menos escandalosas, son también dañinas. No intento hacer una lista, ni siquiera doy un ejemplo. Basta con que cada lector haga un repaso de los últimos 50 años de la historia de la iglesia evangélica, y los encontrará. La Reforma, insistiendo en la doctrina de la inmutabilidad de Dios, limitó los cambios que ella misma introdujo, a los necesarios para volver a los dogmas y a las prácticas del principio del cristianismo, como fueron en ese comienzo.

Claro, la fe reformada insiste en que la iglesia debe estar siempre reformándose. Pero, este refrán no tiene que ver con novedades, sino con volver a la verdad que en alguna medida haya sido abandonada, o con un cada vez más claro entendimiento y con la aplicación clara de las verdades ya identificadas y proclamadas. El mismo Calvino es acreditado con haber librado a la doctrina de la Trinidad de los vestigios de la teología que colocaba a Cristo y al Espíritu como subordinados al Padre. Este y otros progresos nacieron de las Escrituras. Fueron progresos impulsados y calificados como tales por las mismas Escrituras. Los reformadores no se apartaron de los credos de los primeros cinco siglos, si bien se esforzaron por enseñarlos con lenguaje más preciso, sistemático, y concordante con la enseñanza bíblica.

Algunos podrían considerar esta norma como la fuente de la monotonía y de la restricción del impulso de la investigación teológica, la cual busca hacer una invitación a Cristo más atractiva al hombre moderno. No, ni lo uno ni lo otro. Monótono no es; no es monótono abrazar a Cristo tal como siempre ha sido y siempre será. ¡Qué maravilla es el evangelio! No precisa de ningún adorno o ajuste para ser evangelio en la plenitud del término. Los intentos que ha habido para adornar o ajustar el evangelio, según los gustos humanos, rara vez escapan de perder algún elemento, y como consecuencia disminuyen la esperanza del pobre pecador. El evangelio, como era y como es en verdad, es el ancla firme para el alma de quien fue esclavo del pecado, y además enemigo en su mente del Dios Salvador, hasta cuando creyó en Cristo. El liberalismo del siglo 17 en adelante es un ejemplo radical del mal indicado en este párrafo.

La verdad de la verdad absoluta de la Biblia tampoco restringe la investigación teológica/bíblica. Todo lo contrario. Esta verdad obliga a identificar y elucidar todo detalle que contiene la Biblia, Palabra inspirada por Dios. Obliga a descubrir la aplicación de la verdad a la situación actual y a la vivencia acertada y santa de todo creyente en todas las situaciones y relaciones de la vida en Cristo.

Un peligro sutil y perjudicial para la iglesia ocurre cuando el mundo dicta las formas, e incluso hasta los contenidos del cristianismo. Ciertas doctrinas como por ejemplo la predestinación, resultan entonces archivadas. El culto es ajustado a los apetitos carnales. Estos ajustes, claro, son en aras de atraer a la gente a Cristo, para el crecimiento de la iglesia, y son para que la iglesia, en las conversaciones con la erudición del mundo, sea escuchada. “¡No!”, decía la Reforma, “queremos una iglesia pura, con miembros regenerados, porque si no es así, una iglesia numerosa no significa mucho, sino problemas y un testimonio auténtico minado”.

La insistencia en una verdad absoluta exigía un criterio muy severo en el manejo del texto bíblico. Si la Biblia determina cuál es esta verdad, luego, es imperiosamente esencial entender qué enseña la Biblia, toda la Biblia. Investigación, oración, consulta contemporánea e histórica, duro esfuerzo intelectual, y sobre todo, la interpretación de la Biblia a la luz de la Biblia misma, en cuanto a lo que enseña sobre sí misma (y sobre todo) – todo lo anterior fueron aportes ejemplares que hizo la Reforma, las cuales dejó como legado a la iglesia de todos los tiempos. Fue así porque ellos quisieron saber la verdad absoluta e inmutable sobre el Dios que es siempre igual. Aquí, sí, se tiene la seguridad inamovible.

Un asunto más. La autoridad absoluta de la Biblia implica que es la autoridad final (y suficiente). La Fe Reformada no tenía, no buscaba, y no quería otra. “Sola Escritura”

En cuanto a una defensa de la autoridad de las Escrituras (aunque la Biblia es suficiente), recomiendo el libro LA VOZ DE AUTORIDAD, por Jorge Marston, publicado por la Editorial Poiema, de Medellín, Colombia.

Digo que la Biblia es su propia defensa, ya que afirma ser Palabra de Dios, y el Espíritu de Dios, autor de la Biblia, es el Espíritu de verdad. Es Él quien habla a través de la Biblia.

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