artículo 3 de la serie sobre los 500 años de la reforma

...no buscaban, sino que rechazaban, toda autoridad exterior a la Biblia como base de su conocimiento de Dios Salvador. Se opusieron rotundamente, en algunos casos hasta el martirio... (Foto: Judy van der Velden/Flickr)

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Lo central, lo esencial del legado de la Reforma Protestante es el hecho mismo de Dios: resalta La Teología. Claro, el legado de la Reforma es el regreso a la Biblia, pero ella habla principalmente de Dios. Hablamos aquí de Dios en todo lo que la Palabra de Dios implica, Dios, único, verdadero, supremo, soberano, eterno, infinito e inmutable en su ser, su santidad, su sabiduría, su bondad, su justicia, y su poder. Los reformadores predicaban, partiendo de las Escrituras, sobre esta realidad. Volvieron a reconocer la obvia y siempre visible, y también subyacente, verdad de Dios en todas las páginas de la Biblia. Sí, su principio formal era la Biblia, pero la Biblia tenida así precisamente porque era la Palabra de Dios. El dogma que tiene la Biblia como Palabra de Dios era recibido por razón de escuchar la voz de Dios haciendo esta misma afirmación en la Biblia. No buscaban, sino que rechazaban, toda autoridad exterior a la Biblia como base de su conocimiento de Dios Salvador. Se opusieron rotundamente, en algunos casos hasta el martirio, a la autoridad de la iglesia como necesaria para confirmar la Voz de Dios, Dios hablando como tal con las Escrituras. Reconocieron, sin duda, el valor y la autenticidad de la autoridad de la iglesia verdadera, la apostólica, la de Dios, pero colocaron a la iglesia nuevamente bajo la autoridad directa y absoluta de las Escrituras. Fue bajo las Escrituras donde encontraron bases firmes e inconmovibles, y esto fue así por razón de ser ellas lo que son: la Voz de Dios, confirmándose ellas mismas como tal, porque por ellas y con ellas habla Dios por su Espíritu Santo. Ni siquiera dieron lugar como evidencias suficientes de la existencia de Dios, en toda la plenitud de su ser, al testimonio de las obras de Dios. Aquellas evidencias eran absolutas y acertadas, pero testimoniadas y explicadas por las Escrituras.

Lo anterior es sólo para decir que la fe reformada pone este fundamento inexpugnable para la fe y la esperanza, este fundamento que es Dios mismo, también en el asunto de la revelación. No tenemos una palabra humana como base. ¡Qué descanso! ¡Pero, a la vez, qué tarea la que nos pone, la de llevar todo pensamiento cautivo a Cristo! Pero, es una tarea de las más gloriosas, de las más provechosas, de las más honrosas para Dios; pues en lugar de opiniones humanas, tenemos opiniones divinas –la verdad absoluta e inmutable– sobre todo, pero especialmente en cuanto a las Buenas Nuevas de salvación, la reconciliación con Dios y con el prójimo.

Tristemente, con el paso de los siglos y repetidamente, la iglesia, abandonando este legado, ha puesto sus fundamentos en otras autoridades también, no en las Escrituras solamente. Recordemos este gravísimo error, para que volvamos a ellas y permanezcamos en ellas, que volvamos pues a Dios.

Sobre este tema, recomendamos el libro La Voz de Autoridad de Jorge Marston, publicado en Medellín por Publicaciones Poiema. (Fíjese bien, que la fe reformada, sin mermar su insistencia en el estudio de la Biblia misma como fundamento de la fe, no descarta el valor de la exposición de la Biblia por los “pastores y maestros”).

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