artículo 1 de la serie sobre los 500 años de la reforma

Quinientos años después, en el año 2017, conmemoramos la Reforma Protestante. En aquel entonces, por fin había comenzado la emancipación del cristianismo del dominio de las tinieblas. (Foto: Kristian Niemi/Flickr)

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Los reformadores reconocieron que cada ser humano, dentro de determinados límites y con ciertas salvedades, debía ser libre para acercarse personal y voluntariamente a Dios, su Creador; esto, claro, en comunión con la iglesia. Además, que cada uno tenía el deber de hacerlo, siendo la vida cuestión de la relación de uno con Dios. Pablo apóstol, en su visita para predicar el evangelio en Atenas, citó un poeta pagano de ellos, el cual había escrito: Porque en él [Dios] vivimos, y nos movemos, y somos. Además, Pablo mismo en otra ocasión, escribiendo a los romanos, y concluyendo su exposición sobre la soberanía de Dios, resumió todo en estas palabras: Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén. (Ro. 11:36).


¡Buenas Nuevas! Para los reformadores era cuestión de que cada uno se guiara por la voz infalible de Dios en las Escrituras, palabra fiel y verdadera, permanente y eficaz. No debía ser el parecer humano, ni tampoco la siempre dudosa opinión de las tradiciones y de los dogmas humanos los que, en nombre de Dios, controlaran su vivencia. Los predicadores “reformados” hicieron sonar otra vez El Evangelio de la Gracia de Dios en Jesucristo, palabra libertadora; la oportunidad de que cada creyente cristiano ejerciera el sacerdocio delante de Dios. Al proclamar como guía y control la “sola escritura”, ya el camino al trono de la gracia estaba señalado y abierto para cada cual. Citando Hebreos 10:15-23, escuchamos del evangelio y también de su fruto:

15 Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:
16 Este es el pacto que haré con ellos
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en sus corazones,
Y en sus mentes las escribiré,
17 añade:
Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.
18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
19 Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, 20 por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, 21 y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, 22 acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. 23 Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.

Como en tantos casos a través de la historia, la libertad trajo consigo el peligro y (con el tiempo) la realidad del desorden, el caos, y las nuevas (o viejas) herejías. Porque existe el peligro de aprovechar la libertad para violar los principios que la trajeron; es importantísimo para nosotros conmemorar la Reforma Protestante del siglo 16, la fe reformada, el sistema bíblico, la doctrina que resucitó entonces. ¡Cuánto bien nos trajo! No fue ni más ni menos que El Evangelio Mismo de Jesucristo el que apareció de nuevo. No fue que hubiera desaparecido de un todo, aunque casi. La fe reformada es un baluarte para que esto no suceda otra vez, y es un aliciente para examinar si en verdad somos “evangélicos”.

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