Boletín mayo de 2017 Un sentido de urgencia

Cuando Jesús pronunció la Gran Comisión, posiblemente la población mundial no pasaba de trescientos millones. Ahora esta sobrepasa los siete mil millones, y está en aumento. De esta manera se presentan nuevos desafíos y nuevas oportunidades para alcanzar a otros con el evangelio. (Foto: Jacques Caffin/Flickr)

El Señor Jesús quiso hacernos saber que todo el mundo necesita del evangelio, porque en todas las regiones del mundo el ser humano es el mismo, es por naturaleza pecador y está separado de Dios y por tanto desprovisto del conocimiento de Su santidad, fe y amor; necesita de la sangre de Cristo, de la renovación del Espíritu Santo y de la reconciliación con Dios. El papel del Señor Jesucristo durante su ministerio en la tierra, según los Evangelios, era el ser enviado y convertir a sus discípulos en misioneros. Para entender las misiones debemos dirigir nuestra atención a Jesús y a la naturaleza de su propia misión en la tierra. Su misión consistía en enseñar y predicar el mensaje del reino. El Hijo de Dios se encarnó, es decir que tomó carne y sangre, como nosotros y vivió como cualquier persona, con la excepción de que no cometió pecado. En toda su misión podemos percibir su compasión, su profundo interés por los enfermos, por los hambrientos, por quienes estaban de duelo. Demostró su poder sobre satanás haciendo muchos milagros, y pasó tiempo con los pecadores. Llegó hasta la cruz en sacrificio por los pecadores, se levantó de entre los muertos, demostró su autoridad, ordenó a sus seguidores que llevaran el anuncio de su señorío a todo el mundo, y ascendió a los cielos. Allí reina, hasta que regrese otra vez a la tierra.

El Señor Jesús también quiso hacer saber al mundo que la salvación, promulgada en el evangelio, ha sido ofrecida gratuitamente a todo el género humano. Las buenas nuevas, es decir que Dios amó al mundo, que dio a su Hijo Unigénito, y que Cristo murió por los pecadores, deben proclamarse libremente a todas las criaturas. No se puede hacer ninguna excepción. Si la hacemos, nos quedamos cortos y muy distantes de las palabras de Cristo, y disminuiríamos la extensión de sus promesas. De otra parte, el evangelio necesita una voz; Dios lo planificó así. Las buenas nuevas de Jesucristo no pueden anunciarse a sí mismas, se requiere un anunciador humano.

Juan el Bautista dijo: “Yo soy la voz” (Juan 1:23). Para orientar a la gente hacia Jesús era necesaria una voz humana, clara e inteligible, no meramente un sonido o un ruido; lo mismo es válido en cada nueva generación. Dios usa mensajeros. El Apóstol Pablo en 2 Corintios 5:20, dice: “Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”. La palabra embajador comunica verdades importantes. Los embajadores no hablan a nombre propio, sino en nombre del gobierno al que representan, y están respaldados por el poder y autoridad de ese gobierno. Lo mismo ocurre con los embajadores de Cristo. Dios habla en y por medio de ellos, cuando comunican con fidelidad Su palabra; y están respaldados por el poder y la autoridad de Dios. Las personas que los reciben y creen en su mensaje, reciben a Cristo y a su Padre, y todo lo que Él promete. Los que se niegan a creer el mensaje, rechazan a Cristo y a su Palabra: “Ciertamente les aseguro: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envío” (Juan 13:20).

Las misiones son una sociedad divina, y abarcan el plan de Dios para cada uno de sus hijos. Todos los creyentes tienen una función que cumplir en la evangelización. Dios ha asignado a cada uno un tiempo y un lugar, y nuestra obligación más elevada en la vida es encontrar el propósito que Dios tiene para nosotros en su plan, y llevarlo a cabo. Dios diseñó de tal manera su plan de salvación del mundo que éste requiere de la participación de los creyentes en la obra evangelizadora. Dios nos llama a construir templos vivientes a Dios el Padre, el único a quien debemos adorar. Llamamos a los pecadores a reconciliarse con Dios por medio de Su Hijo, quien sufrió por nuestros pecados. Damos testimonio, junto con el Espíritu de la verdad, acerca de Dios y de la redención por medio de Jesucristo, tal como se revela en la Biblia. ¡Que representación! Los esfuerzos imperfectos de los creyentes se incorporan a la obra perfecta que Dios lleva a cabo, para llevar a los que están perdidos, para construir su iglesia.

Cristo vino predicando el reino de Dios y estableció la iglesia como ejemplo y señal iluminadora. Como luz que brilla, la iglesia atrae a la gente hacia Cristo. De esta manera la iglesia constituye un modelo para el mundo de lo que es la vida en el reino, y aunque imperfecta, por medio de la iglesia el mundo recibe una muestra de lo que es una comunidad de personas redimidas y reconciliadas y que practican el amor, la fidelidad, la verdad y la justicia, y que trabajan para promover esas mismas virtudes en la sociedad. Así pues, recordemos estas palabras, para ser incansables en nuestros esfuerzos, para hacer bien a las almas del género humano. Si no podemos ir a los paganos de las diferentes ciudades de Colombia y de otros lugares en el mundo, tratemos de iluminar a las tinieblas que encontramos a nuestras propias puertas. Trabajemos de continuo, sin que nos alteren los que se oponen a la proclamación del evangelio y lo tratan con desprecio.

De igual forma, como miembros de la iglesia, es preciso que conozcamos el énfasis bíblico de las misiones, y que pensemos en lo que éstas significan para el reino de Jesucristo y su crecimiento. Si vacilamos en decirle al incrédulo que Dios está lleno de amor hacia él, y que Cristo quiere salvarlo de su pecado y de la muerte eterna, estaremos desobedeciendo el mandato de Cristo de ir y hacer discípulos a todas las naciones. Que Él reciba adoración y que su Gloria sea conocida.

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