Boletín diciembre de 2016

Los evangelios de Mateo, Lucas y Juan nos cuentan el nacimiento de Jesús. (Foto: Waiting for the Word/Flickr)

El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, …Se halló que había concebido del Espíritu Santo… He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Mateo 1:18, 21, 23). “En el principio era el verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). Versículos recordados especialmente en la época de Navidad.

Estos versículos concuerdan con el plan oculto que se revelaría a los hombres, el cual había sido anunciado por los profetas en el Antiguo Testamento: la humilde aparición que el Salvador debía tener en la tierra. El gran misterio: el infinito se volvió finito, el invisible se hizo visible y el sobrenatural se redujo a sí mismo a lo natural.
Sin embargo en la encarnación Jesús no dejó de ser Dios, sino que se volvió Dios en carne humana. Dios optó por habitar entre su pueblo de una forma más personal, al convertirse en un ser humano. Hay multitudes que dicen que no entienden estas cosas, porque el nacimiento de Cristo es un gran misterio, el cual requiere sabiduría espiritual para entender su valor práctico, para la cual la sabiduría humana no nos ayuda del todo, es necesario que seamos enseñados por el mismo Dios (Juan 6:45), ya que el pecado de Adán colocó un abismo muy grande entre la raza humana y Dios, no obstante una reconciliación entre Dios y el hombre tenía que ser realizada o nunca existiría un conocimiento pleno.

Entonces Cristo como el hijo de Dios dijo: “Sacrificio y ofrenda no quisiste más me preparaste cuerpo… he aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:5,7). Cristo se humilló así mismo cuando tomó forma de siervo y se hizo semejante a los hombres; hecho admirable, incomparable e incomprensible, ya que fue un acto voluntario de renuncia y esto no implica que Él cambiara Su divinidad o que intercambiara Su deidad por la humanidad. Sin embargo Jesús dejó a un lado Sus privilegios: Su gloria celestial, porque mientras estuvo en la tierra renunció a la gloria de su relación cara a cara con Dios y a su disfrute continuo (Juan 17:5), a Su autoridad independiente sometiéndose por completo a la autoridad de su padre (Juan 5:30), a las riquezas eternas, pues mientras estuvo en la tierra fue despreciado y pobre y poseyó muy pocos bienes (2 Corintios 8:9), y de esta forma se identificó con las necesidades y debilidades humanas básicas y en muchos casos se abstuvo de los derechos humanos normales, sujetándose a persecución y sufrimientos a manos de su propio pueblo (Isaías 53:7), hasta llegar al extremo más bajo de la humillación al morir como un malhechor en la cruz, obedeciendo así al plan de Dios para Él (Filipenses 2:8), por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo, sentándolo a su diestra, y dándole un nombre que es sobre todo nombre, lo que lo ubica más allá de todo es, “Señor”, es decir, Rey Soberano del Universo, el cual es el nombre que le pertenece a Jesús el Salvador por derecho propio, “...y llamarás su nombre Jesús porque el salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

Así que, no hay nada más pleno y claramente revelado en el evangelio que el hecho que Jesucristo es la manifestación del Dios invisible, y que al verle a Él, también vemos a Dios mismo (Juan 14:9). Esta es la verdad y el misterio fundamental de la Navidad. Si esta verdad esencial no es recibida y creída, todas las demás verdades y celebraciones son inútiles para nuestra alma. Entonces, si solo aceptas a Jesús como el niño que nació en un pesebre y no como el ser divino que descendió del cielo, que fue engendrado por el Espíritu Santo, que fue hecho hombre, que creció, murió y fue exaltado, la celebración de la Navidad te será solo una tradición decembrina.

Nayyara Chávez

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