BoletinAgo2013 Liqueur Felix/Flickr

No es la primera vez que escribimos sobre este tema, pero vale la pena otro repaso.

Es que antes de nuestra conversión a Cristo, nos encontrábamos ante Dios, primero, culpables y condenados por razón de nuestro pecado, y, segundo, nos vimos tan dañados que espiritualmente éramos incapaces de hacer nada bueno. Culpa y corrupción, pues, condenados por un lado, y por el otro, sin poder cambiarnos, sin poder para hacer y querer lo recto.

¿Cuál es la respuesta de Dios para este doble dilema de culpa y corrupción? Tomemos la primera carta de Pedro como guía. Pedro presenta las demandas de Dios en cuanto a nuestro ser y comportamiento. Presenta toda una lista de imperativos. El peligro es que al leer los mismos, nos ocurre pensar que obedecer estas exigencias es la manera de rectificar lo malo que hemos hecho. ¡Qué error! Aunque pudiéramos obedecer perfectamente todas, así es nuestro deber todo el tiempo. Nunca sobra ninguna obediencia que pagara el pecado ya cometido. Y, bien sabemos que nunca obedecemos perfectamente ningún mandamiento de Dios. Estamos en un dilema, pues, si tenemos que obrar nosotros para justificarnos ante Dios y eliminar nuestra culpa. La respuesta de Dios, por lo tanto, es que Jesucristo vino para pagar nuestro pecado y colocar en la cuenta nuestra su perfecta justicia. Con esta justicia regalada y recibida por la fe, nos encontramos justificados y sin condenación. Esto depende cien por ciento de la obra de Dios en Cristo. Es gratuita; no depende en nada de ningún aporte nuestro. Por esto, Pedro una y otra vez habla de Jesucristo y su muerte en lugar de pecadores. Véase 1:18-20; 2:24; 3:18; 5:11

Pero, ¿qué del segundo problema? Nuestra muerte espiritual, esa corrupción de nuestro ser que no nos deja en nada obedecer como debemos. No hay duda que sin santidad, nadie verá al Señor. Dios nos exige santidad, 1 de Pedro 1:16-17. La carta de Pedro nos da la solución, pues habla de un nuevo nacimiento. Véase 1:3; 1:21. Jesucristo mereció a favor de su pueblo el don del Espíritu Santo, y por su obra, obramos nosotros, y resultamos una nación santa, un real sacerdocio, ofreciendo sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Todo verdadero cristiano es así. Sin excepción. Pero, y aquí hay un punto de mucha importancia, nunca en esta vida es perfecta nuestra santidad. Por lo tanto, no confiamos en nuestra santidad para nuestra paz con Dios, Para ella, creemos en Cristo, arrepentidos, sí, pero confiados en Cristo y su sangre y su justicia para ser justificados ante el juicio de Dios. Pero, por razón del Espíritu, obedecemos, amamos a Dios, buscamos su reino, nos amamos los unos a los otros, y Dios recibe estas obras porque las hacemos mediante Jesucristo.

A Dios la gloria por todo. Seguros por la victoria y por la eficacia de su obra, obra del Dios trino, descansamos y obramos rindiendo culto al Señor. Para quitar nuestra culpa, tenemos la justicia y la sangre de Cristo. Para rectificar nuestra corrupción, tenemos al Espíritu que nos hizo nacer de nuevo.

 

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