Sabiduría por favor  Pascal Maramis/Flickr 

Cuando Dios Salva, Dios a la vez cumple justicia. De esto se trata la Semana Mayor.

La salvación de Dios viene acompañada siempre por la justicia de Dios. Lo asombroso de Dios es que Él castigó a su propio Hijo, Jesucristo, en lugar de castigar al culpable. ¡Difícil de creer, ¿no?! Jesucristo fue crucificado por razón de las transgresiones de su pueblo, y resucitado por razón de la justificación de su pueblo. La justicia de Dios no es pagada nunca dos veces. No pagan aquellos por quienes Cristo ya pagó.

Es difícil de creer esto, porque no nos parece razonable que, con la muerte de uno en una cruz, resultara la absolución de millones de transgresores culpables y condenados ante el Dios único justo y tres veces santo.

Claro, no era necesario que Cristo pagara por ninguno. Todos nacimos ya rebeldes y culpables por nuestra rebeldía. Merecíamos eterna perdición. Pero por pura gracia, cuando aún éramos pecadores, Dios, en amor envió a Cristo al mundo; Jesucristo murió por su pueblo. “El que cree en Él es justificado”. Es justificado (absuelto) porque Cristo satisfizo las justas demandas de Dios contra los transgresores. Ellos, por misericordia de Dios, al ser creyentes en Cristo, son perdonados. Son perdonados, no por decreto solamente, sino porque Cristo cumplió la justicia en su lugar.

Por alguna razón que Dios no explica, no hizo y no hace que su pueblo ya de una vez en este mundo, esté libre de un todo del pecado. Lleva a su pueblo, sí a luchar contra el pecado, a aborrecerlo, y a arrepentirse de él, encontrando su pueblo así por gracia perdón al confesarlo. De manera que el pueblo de Dios al creer en Cristo no resulta perfecto y sin pecado. Pero, sí, resulta con el pecado disminuido y poco a poco vencido más y más.

Es decir, Dios salva a su pueblo, pero lo hace siempre con justicia. La justicia de Cristo es colocada en la cuenta del creyente, y el creyente por razón de ella, goza luego de practicar justicia como gesto de gratitud a Dios, pero como fruto de la obra de Cristo y su Espíritu. Lo que el creyente es y lo que hace no son perfectos, y por lo tanto, no merecen el perdón, pero, sí, por razón de Cristo y su pago, las obras del creyente, aunque imperfectos, son agradables ante Dios y atraen su bendición. Una persona no se salva por lo que hace; ni es su fe en Cristo lo que le salva, pero, sí, lo bueno que es y que hace son las evidencias de haber recibido gratis de Dios el don de la salvación.

Esta consoladora historia de Cristo muriendo en lugar de su pueblo va más allá de su muerte en la cruz. Porqué además de pagar el pecado, Jesucristo por su muerte mereció a favor de su pueblo algo más que el perdón. Mereció y logró el don del Espíritu Santo para morar en los creyentes, para que ellos fueran, no sólo perdonados, sino también unidos a Cristo vitalmente, espiritualmente. Así unidos con Él, pueden vivir en rectitud en amor a Dios y al prójimo. En unión espiritual con Cristo y por la presencia de Cristo morando en ellos por su Espíritu, el creyente anda en vida nueva. Ama la ley de Dios, y meditándola día y noche, la obedece de corazón. Encuentra que la ley así obedecida es para libertad, amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, y dominio propio.

Dios salva a su pueblo, pero siempre lo hace por razón del pago hecho por Cristo en la cruz. Esta salvación gratuita incluye un cambio visible en el que cree. Es decir, aquel a quien Cristo salva, éste siempre cree en Cristo, se arrepientan de su pecado, y se esfuerza por honrar a Dios, obedeciéndole, amándole, y amando al prójimo.

¿Es usted creyente en Jesucristo así? Sin la salvación de Dios mediante Jesucristo, no hay justicia, y sin justicia, no hay paz ni con Dios ni con el prójimo. Con Dios en contra de uno, la pelea sigue. La salvación, si es que ha de haber, tiene que ser de Dios, pues el ser humano, todo ser humano, ha nacido muerto en sus delitos y pecados. Por lo tanto, no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede hacerlo, y no es capaz de acudir a Cristo a no ser que el Padre se lo atraiga.

Claro, lo anterior tiene mucho que decir en cuanto a la justicia y la paz civiles. La Biblia, que nos enseña los caminos de Dios, dice algo más en cuanto a los creyentes en Cristo. Para ellos hay borrón y cuenta nueva, sí, pero no totalmente. El pago que Cristo hizo pagó todo el pecado de su pueblo. Sin embargo, los cristianos no salen libres de todas las consecuencias naturales de su pecado. No hay condenación legal, pero, sí, hay secuelas. Estas dificultades que muchas veces son producto de la mala vida y el corazón malo, permanecen como medios que Dios usa para bien del creyente. Con estos sufrimientos, se acuerda de cómo de malo es el pecado, y le sirven de frenos. A la vez, al probar este fruto tan amargo, se acuerdan de la misericordia que Dios les ha mostrado al rescatarlos de una vida perdida. En medio de todo, se alegran en la esperanza del día cuando por fin estarán totalmente libres de los efectos y dolores de la rebeldía contra Dios.

Una lectura para Semana Santa: el evangelio según San Juan. Búsquelo en su Biblia, y al leerlo, entienda mejor quién es Jesucristo, porqué vino al mundo, y por qué murió en la cruz. Fíjese que una tercera parte de San Juan es dedicada a sólo la semana final de su tiempo en la tierra.
Como todo mini mensaje que preparamos, nuestro anhelo es que la gente, cada persona, lea toda la Biblia, y entienda su mensaje central. Es palabra de Dios para que sepamos vivir y morir dichosamente. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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