BoletinAgo2015 Randy von Liski/Flickr

No es para el Congreso ni para los tribunales mejorar la ley de Dios.
1 Pedro 1:23-25; Salmo 119:89

Lo insensato y lo risible de algunos (más bien muchos) que se regocijan por las decisiones de los tribunales humanos contrarias a la ley de Dios. ¡Como si un grupito de hombrecitos rebeldes contra la orden establecida desde el comienzo por el Creador, pudiera alterar lo que Dios puso y reguló eternamente! ¡Como si los hombres fueran capaces de eliminar las consecuencias terribles de semejantes aberraciones! Por tanto, no temamos. Claro, lamentamos estos intentos, y oramos porque sean frustrados y avergonzados, pero no nos agarramos la cabeza como si Dios hubiera sido derrotado.

¡Vamos a la historia universal para entender cómo otros intentos en el pasado han fracasado! ¡Abrámonos los ojos! Observemos ya visibles los frutos en las personas individualmente y en la sociedad, los frutos desastrosos de decretar como legal lo que Dios declara ilegal. Leamos la Historia Sagrada. Contemos las veces que se reveló ya la ira de Dios contra toda impiedad y toda injusticia de los hombres que con el error obstaculizan la verdad (Romanos 1:18). Lean otra vez dos veces Deuteronomio capítulo 28, o tres, o cuatro, o cien veces para asimilar el hecho de que lo anunciado por Dios como maldición sobre el pecado ya se ha cumplido y sigue cumpliéndose en nuestros días, todos los días, en estos momentos, en el mundo entero, en Colombia, en Bogotá, con un rigor y con un tormento que nadie sabe aplacar. ¡Cuántas quejas! ¡Cuántos reclamos! ¡Cuántos sollozos! “¡Libres por fin!”, gritan los rebeldes. Sí... libres para sufrir y hacer sufrir sin siquiera darse cuenta del hoyo en que han caído, y sin reconocer que el camino del transgresor es duro. “Ah”, dirán muchos, “¿no ve que el malo prospera?” ¿Será? Depende de lo que uno califica como prosperidad. Unos pocos, quizás, parecen prosperar, pero estos pocos casos ocurren como castigo de Dios, para engañar a la inmensa mayoría que por nada se somete; solo saben ser agua salada para calmar la sed.

Tomemos los casos de los bobos que amontonan riquezas para llevar estilos de vida nauseabundos. Los casos de los que se casan, se divorcian, se casan, se divorcian, se casan mal, viven con una, viven con otra; los cantantes populares enriquecidos por un séquito que brinca con deleite, mirándolos retorcerse en la pantalla chica como serpientes irracionales, animando a los “fans” a una sensualidad que conduce al desastre de una sociedad brutalmente descompuesta. Los niños y jóvenes abandonados bajo la tutoría de semejantes ídolos sucios y vacíos de la música pop.

La Palabra de Dios Permanece Para Siempre. Dios permanece pacientemente gobernando para su propia honra, para el bien de su pueblo, y para vergüenza de sus enemigos.

Dios gobierna, en amor por sí mismo, en amor por el pueblo que Él tiene y que tendrá –pese a toda la oposición de los imperios del mundo del pasado y del presente– Dios en amor y justicia, gobierna, imperturbable, sentado en el trono, sentenciando a los rebeldes a seguir un largo tiempo, quizás, en su nefasto e idiota pensamiento y comportamiento. Luego, asienta el rigor doloroso de su justicia sobre aquellas decisiones tercas, y, por haber durado mucho tiempo en esa ignorancia voluntaria, reciben más y mayores azotes en el “día del Señor”.

No que Dios se plazca en la muerte de los impíos. No, no, es así, sino que quiere que todos procedan al arrepentimiento. “Volveos, volveos”, ¿por qué morirán? “El que invoque al Señor será salvo”. Dice Dios: “¡Acuérdate de Nabucodonosor! Levanta tus ojos al cielo como hizo Él, y en humilde sumisión al Creador, recibe por medio de Cristo la absolución”.

Como creyentes, que si bien lloramos el pecado nuestro y el de otros, que no nos desanimemos ante los decretos perjudiciales de los tribunales humanos. Dios permanece sobre su trono, y el evangelio es el poder para salvar a todo aquel que cree. A predicar esta buena noticia, pues. Cristo murió por los pecadores. El que invoque el nombre del Señor será salvo.

Como creyentes, sintiendo la deshonra para Dios de las decisiones perversas de algunos tribunales de naciones tanto pequeñas como grandes, sin embargo, sepamos que después de ser perseguidos y rechazados por razón de la justicia, Dios vindicará el honor de su pueblo.

Como creyentes, ¡guardemos nosotros la ley! Si el mundo no lo hace, que lo hagamos nosotros. El decreto de Dios no pasará sin que todo sea cumplido. Lea todo Deuteronomio. Dios habla allí. Nos lo ha dicho para que escuchemos. Leamos, pues, Palabra de Dios.

Pero, como creyentes que, sí, buscamos guardar la ley, ¡mucho cuidado con mal entender la ley, mucho cuidado con hacer interpretaciones erroneas de cómo se aplica la ley en casos particulares, no tomando en cuenta toda la Palabra de Dios. Y, cuidémonos de no inventar leyes que Dios no ha decretado!

No son sólo los gobernantes, los congresos, y los tribunales, los que merecen censura; no es sólo una multitud de incrédulos los que la merecen, sino nosotros todos, si pecamos contra la ley de Dios, no amándonos, y no amando a Dios.

Sí, allí está lo crucial. Es posible que obedezcamos estrictamente todo lo relacionado con la ley de Dios, pero si no lo hacemos en amor por Dios, ¡qué ofensa contra Él!

Una cosa más: que no nos equivoquemos pensando que por obedecer merecemos el perdón. No, sólo por gracia somos salvos, y esto no de nosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe.

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