BoletinAbr2011 UWI Seismic Research Centre/Flickr

Así sigue el mundo. Siglo tras siglo, día tras día oímos de "guerras y rumores de guerras".

¡Cuántos son los países a los cuales ahora se suma Japón, víctimas de terremotos e inundaciones! Colombia no escapa. Dios habló por medio del profeta Isaías: "Pero los impíos son como el mar agitado, que no puede estar quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz--dice mi Dios-- para los impíos", 57:20,21. Existe un ambiente de "angustia entre las naciones, perplejas a causa del rugido del mar y de las olas, desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las potencias de los cielos serán sacudidas", Lucas 21:25-26. Son palabras del Señor Jesús, estando todavía en la tierra, sobre los días postreros, días los cuales en algún sentido real comenzaron con su primera venida. Así, pues, para nosotros, creyentes en la Palabra de Dios, todo lo que ha acontecido y lo que acontece en el mundo no es de sorpresa.

Tristemente existen las disputas y los castigos, no sólo entre las naciones y en las naciones sin Dios, sino también en la iglesia y en los cristianos. A menudo la ansiedad y las peleas son el ambiente diario. ¡Qué triste!, ¿no?, porque los cristianos gozamos de medios para vivir en paz. ¿No es nuestro Salvador Jesucristo el Príncipe de Paz? ¿No habita en nosotros el Espíritu de Dios cuyo fruto incluye la paz? Sí, somos llamados a la lucha contra el pecado, el diablo, y el mundo, pero somos llamados a pelear como ya victoriosos en Cristo, como vestidos de toda la armadura de Dios, a pelear con las armas del Espíritu. Somos llamados a negarnos a nosotros mismos, a someternos los unos a los otros, a ser "más que vencedores por medio de aquel que nos amó". En otro tiempo éramos tinieblas; ahora somos hijos de luz. Andemos como hijos de luz (Efesios 4:8-10). Jesús nos aseguró que en el mundo tendremos aflicciones, que Él vino, no siempre para traer la paz, sino a veces la espada, pues aun los de la casa de uno, por no ser ellos de Cristo, serán o son nuestros enemigos (Mateo 10:34-36). Pero, acordémonos de las palabras de Dios en cuanto al ejemplo de Cristo: quien cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia (1 Pedro 2:23), y de las palabras de Pablo: "No paguéis a nadie mal por mal", Romanos 12:17. Nosotros somos la sal de la tierra, "pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres", Mateo 5:13. Es decir, si la sal no sabe a sal, sal no es. ¿Qué, pues? Para ser útiles, nos toca ser hallados en Cristo, creyentes, nacidos de nuevo, no teniendo nuestra propia justicia, sino la que es por medio de la fe en Él. Busquemos al Señor mientras puede ser hallado (Isaías 55:6).

¡Qué bueno! Dios no nos deja quietos allí en nuestros egoísmos. No permite que sigamos tranquilamente en nuestros proyectos, defectos y fealdades.


 

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