Boletín febrero 2019 

Algunos podrían pensar que Dios actúa injustamente cuando le da a unos más y a otros menos, pero no existe tal injusticia. Todo es de Dios y nosotros tan sólo somos administradores de lo que nos da. (Foto: Morgan/Flickr)

 

La equidad o la igualdad

Cuando leemos un pasaje como proverbios 1:3, se nos dice que estos fueron dados “para recibir el consejo de prudencia, Justicia, juicio y equidad”. Esta última palabra: “equidad” ha sido mal interpretada según las filosofías humanas, y no según el concepto de justicia que la Biblia ofrece.

Existe en el cristianismo la extraña idea de que Dios al crear a toda la raza humana a su imagen, y de que en Cristo hay unidad; entonces Dios tiene que dar lo mismo a todos, porque si no fuese así, Dios sería injusto. Esta idea es tomada usualmente para justificar la igualdad que muchos partidos políticos promueven, y defienden sistemáticamente; sin embargo, es una idea equivocada y anti bíblica.

La equidad en la Biblia se desprende de la justicia de Dios. Dios muestra su justicia tanto por Jesucristo como por su ley. La ley de Dios es imparcial para todos los hombres. La equidad consiste en el hecho de que todos los seres humanos somos tratados igualmente según su ley. No existen privilegios por ser rico o por ser pobre, absolutamente todos seremos juzgados por la misma ley, y recibir sus recompensas o castigos.

Como Dios es justo, su ley es justa. Eso significa que Dios retribuye dando a cada cuál lo que merece. Pero Dios muestra también su justicia en Jesucristo, dando lo que no merece al pecador, concediendo la vida eterna al que cree en el sacrificio suficiente de Cristo. En este sentido, nadie recibe lo que merece; sin embargo, eso no excluye la idea de un juicio justo por el cual todos pasaremos.

En este juicio final, aquél que está sin Cristo será condenado, y el que está en Cristo, recibirá la vida eterna. El impío será condenado según sus obras, y como algunos han pecado más que otros, recibirán mayor condenación. Como ejemplo de eso, las ciudades impenitentes de Israel recibirían un juicio más grande que el que recibió Sodoma y Gomorra. Pero, aunque todos tenemos vida eterna en Cristo, no todos recibiremos los mismos galardones. Aunque seremos salvos, muchas de nuestras obras serán quemadas, y otras recompensadas.

La cantidad de obras que podemos hacer depende únicamente de la medida de gracia y fe que el Señor nos concede. Esta medida depende únicamente de su albedrío, y no de nada que haya en nosotros. Esto se ilustra muy bien en la parábola de las diez minas que leemos en Lucas 19. Allí vemos que el noble que se va a recibir un reino no le da la misma cantidad de minas a sus siervos; a uno le da diez, a otro cinco, a otro una.

Sin embargo, a todos los trata con equidad cuando regresa. A todos los recompensa, según lo que producen, y castiga al que no produce. A todos los trata con la misma medida, sin embargo, las minas son sólo administradas por ellos, no son de su propiedad, de manera que únicamente del noble depende el grado de recompensa que les dará, porque finalmente todo es suyo.

Algunos podrían pensar que Dios actúa injustamente cuando le da a unos más y a otros menos, pero no existe tal injusticia. Todo es de Dios y nosotros tan sólo somos administradores de lo que nos da, y nuestro deber es responder por eso. Dios no es injusto porque la equidad no consiste en darle a todos lo mismo, sino en tratar a todos por igual conforme a la misma ley, sin ningún privilegio.

La equidad en la Biblia no se refiere a conceptos erróneos como “igualdad de resultados” porque tal cosa es imposible; ni tampoco a la “igualdad de oportunidades”, o mucho menos a una “igualdad mediante el voto”. Dios nos hizo diferentes a todos; como se nos recuerda en éxodo 4:11, que Dios es el que hace tanto al que habla como al mudo… o al ciego y al que ve. Es Dios quien en su providencia da a los hombres diferentes tiempos, oportunidades y resultados. En Israel sólo los levitas podían ministrar en el templo, o sólo de la tribu de Judá podía haber un rey. Si Dios no espera esa igualdad en nosotros ¿Por qué deberíamos buscarla nosotros? Dios hizo las diferencias, y es algo por lo cual debemos alabarle.

La única igualdad que habla la Palabra de Dios, es la “igualdad ante la ley”. Son muchos los textos que enseñan que Dios no hace acepción de personas. Dios trata por igual a todos los seres humanos por medio de su ley, sin conceder privilegios. Desechemos entonces las utopías humanistas de pretender una igualdad mediante la ley, cuando Dios mismo es quien creó las diferencias. Han sido los humanistas quienes desean producciones en serie de humanos con su ingeniería social de la mal entendida equidad que hace a los hombres desiguales ante la ley, al conceder privilegios a unos cuantos.

 

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