La bondad - 4

El primo Adriano sí que quería mostrar que era bondadoso, pero le faltaba algo, ¿qué sería? (imagen: clipart-library.com)

 

 

 

Versículo clave:
Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; Colosenses 3:23

 

La bondad - 4

Niños, buenos días”, dijo la profesora Josefina. “Buenos días profesora”, respondieron los niños. La profesora preguntó: “¿Me quieren recordar qué cosas ya estudiamos que no clasifican como verdadera bondad? Pero quiero que hoy otros niños que no han participado lo hagan.” Un niño de nombre Vicente dijo: “No es bondad cuando damos o hacemos algo por alguien para buscar con ello la salvación” La profesora dijo: “Oh Vicente, que alegría verte participar. Muy bien. ¿Qué otro niño se quiere animar?” Nora, dijo: “tampoco es bondad cuando damos a otro lo que no es nuestro, cuando lo que damos a otro fue robado.” “Nora, que bueno, me alegra tu participación”, dijo la profesora. Juan Alberto dijo: “No es bondad cuando lo que hacemos por los demás alimenta la deshonestidad, la pereza y la ignorancia.” “Gracias Juan Alberto. Estoy feliz de que todos los niños participen. Ahora vamos a escuchar otra historia sobre lo que no es bondad, en ella también escucharemos lo que sí es bondad. ¿Listo niños?” Los niños respondieron: “Siii.”

“En una pequeña ciudad vivía una familia compuesta por cinco personas, el papá, la mamá y tres hijos. Ellos fueron visitados por un primo de la mamá, quien quería aprovechar para encontrar algún trabajo. El nombre de él era Adriano. Decidió desde su llegada ayudar en algo a la familia. Como los papás salían a trabajar y los niños a estudiar, se quedaba solo en casa. Adriano quería ganar el aprecio de la familia, así que ayudaba a arreglar la casa y si podía, preparaba el almuerzo. ¿No les parece que era un hombre muy colaborador, muy bondadoso? Pero quiero que escuchen lo siguiente: Adriano decía para sí: “Cuando mis primos estén cerca de llegar, comienzo a barrer y a limpiar. Así ellos me ven haciendo oficio y me van a valorar, van a decir que yo soy un primo bueno.” Y así lo hacía. “Buenas,” saludaban los primos. Adriano, con el trapero en mano y trabajando agitadamente, respondía: “Buenas primos” pero él no veía en ellos ni una sombra de la anhelada admiración que esperaba. También la comida que preparaba, procuraba colocarle el mayor cuidado, pero de igual forma el propósito de ello siempre fue que la familia lo admirara. Mas el notaba que tal admiración no llegaba, no veía ni una sombra de aprecio, antes veía que su familia estaba incomoda con su presencia. Un día, muy amablemente, al llegar los niños, les sirvió una sopa, les dijo: “primos ahí les preparé esta deliciosa sopa.” Ellos la probaron y le dijeron: “¡Esa sopa está muy fea! Adriano se esforzaba al máximo para agradar a la familia, pero acontecía todo lo contrario.

Después de unos días salió del lado de la familia, mas no dejaba de visitarlos, pero seguía notando que sus primos no tenían ninguna admiración por él. Triste, le comentó a una señora sobre la situación. Le dijo: “doña Rosita, yo trato de esforzarme al máximo para agradar a mis primos, pero veo en ellos desprecio, y no sé por qué.” Doña Rosita, una cristiana muy sabia, le dijo: “Adriano, ya sé dónde está el problema: y abriendo la Biblia en Mt. 6:1-4 le dijo: Escucha atentamente lo que Jesús dijo en el sermón del monte para personas que están haciendo las cosas como tú las haces: Guardaos de hacer vuestras justicias delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tu des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha. Para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Adriano, el problema está en que tú estás haciendo las cosas para ser visto de tus primos, quieres mostrarte como un joven bondadoso, pero cuando con lo que hacemos por otros buscamos la aprobación, la gloria de los hombres eso ya no es bondad, y eso no termina bien. ¿No crees que es Dios mismo endureciendo el corazón de ellos para que aprendas a hacer las cosas como para Dios y no para los hombres?” Es que Adriano ya conocía las cosas de Dios, pero aún le faltaba madurar. Adriano, agachó la cabeza, y dijo con humildad: “Tienes toda la razón doña Rosita, he pecado contra mi Dios.”

Unos días después, Adriano visitó la casa de la familia, al llegar no había nadie. Pero algo había pasado en el solar de la casa que llamó la atención de Adriano, la rama del árbol de donde estaba amarrada la cuerda de extender la ropa se había quebrado, la cuerda estaba en el suelo. Adriano al mirar ello, pensó: “Debo arreglar la cuerda.” Mas de inmediato su viejo corazón se disparó y pensó para sí: “No Adriano, no lo hagas ahora, hazlo cuando ellos estén llegando. Si lo haces ahora nadie sabrá que tú lo hiciste, perderás tu esfuerzo, ellos pensaran que fue otra persona.” Pero en ese momento Adriano recordó todo lo que ya había acontecido y también lo que le leyó doña Rosita. Oró al Señor: “Señor, no me dejes hacer lo que mi corazón malo me dicta, no me dejes hacer este insignificante servicio ni ningún otro para ser visto por mi familia, ayúdame a hacerlo para ti, por favor.” Y con paso firme, pero siendo atacado por su corazón, que en todo momento procuraba desanimarlo, arregló la cuerda y se apresuró a salir de la casa. ¿Mas el corazón dejaba de atacarlo? No. En el camino le decía: “Adriano, ve despacio, ellos deben venir por ahí, diles que fuiste tú quien arregló la cuerda.” Adriano, en su lucha interior siguió orando, pidiendo a Dios fuerza, para no pecar nuevamente, se desvió de camino de tal manera que no hubiese oportunidad para encontrarse con sus primos. Adriano, por la gracia de Dios, ganó la batalla y terminó olvidando el asunto. En otra ocasión visitó nuevamente a sus primos, al llegar, dijo: “Buenos días primos.” En ese momento toda la familia salió a recibirle, los niños dijeron: “Primo, cuánto hace que no vienes a visitarnos,” y lo abrazaron. Adriano quedó sorprendido del cambio tan radical. ¿Qué pasó? Después de salir de la casa Adriano meditaba pensando que había hecho cambiar a su familia. En ese momento con admiración recordó lo de la cuerda: “Claro fue Dios. Como es mi Señor, por algo tan insignificante que hice para Él, siendo que fue Él quien me dio la fuerza para hacerlo, mira como Él no olvida, mira como él me paga. Oh mi Señor, gracias, gracias.” Adriano estaba muy feliz, y desde ese día la familia de Adriano mudó completamente, nunca más Adriano vio el desprecio de antes. Mas para ello Adriano necesitó aprender que no es bondad cuando hacemos algo por alguien buscando la aprobación o la gloria de los hombres.”

La profesora Josefina, dijo: “¿Cómo les pareció la historia?” Los niños sonriendo, dijeron: “muy buena” “¿Qué otra cosa entonces podemos decir que no es bondad?” Felipe, dijo: “dar a los demás para buscar la aprobación o la gloria de los hombres.” “Exacto, Felipe,” dijo la profesora. “Les quiero dejar una tarea, quiero que se aprendan el siguiente versículo, y traten de hacer lo que el texto dice, y en la próxima clase me dicen cómo les fue. Está en Col. 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. Un feliz día.”

 

- ♦ -

Volver