3. Bolsas de viento 

Diego y Miguel estaban un día sentados en frente de su casa. Cada uno tenía una bolsa grande y negra de esas que se usan para echar basura... pero, ¿qué pasaba? Las bolsas estaban vacías. ¿Por qué?

 

 

¡Ah! Es que estos dos muchachos muy avispados estaban intentado coger algo; tenían un plan. Querían atrapar el viento en sus bolsas para mirarlo a ver cómo era; si tenía dientes de tiburón o cola de ratón, o, en fin...

 

Bolsas de viento c

 

Pero, ¿ustedes creen que fueron capaces? Pues les cuento que no. Por más que corrieron, saltaron, se tiraron al suelo y buscaron en todos los rincones, no pudieron atrapar el viento. Lo sentían en sus caras, lo veían levantar el polvo en la calle, y observaban cómo mecía las antenas de los televisores; pero se desesperaban y les daba mucha rabia, pues cada vez que Diego revisaba el contenido de la bolsa, no había nada y cada vez que Miguel hacía lo mismo, tampoco había nada.

 

Bolsas de viento b

 

¡Qué problema! Veían todo lo que el viento hacía, pero no podían ver el viento mismo. ¿Saben que lo mismo pasa con Dios? Él no es un viento, pero, sí, se parece al viento en que no lo podemos ver nunca. Podemos ver lo que hace, pero no logramos verlo a Él, ni con microscopio, ni con lupa, ni con nada. ¿Por qué?

¡Ah! Es porque, aunque Dios es una persona así como Diego, Miguel y la viejita Magda son personas, Él es diferente, porque no tiene cuerpo, y no tiene brazos ni piernas, pero se mueve para todas partes. No tiene ojos, pero nunca se choca con las nubes ni las estrellas. Dios no tiene cuerpo, sino solamente un espíritu y por eso no lo podemos ver. Todos nosotros sí tenemos cuerpos, pero Dios sólo es espíritu.

 

Bolsas de viento a

 

Porque no tiene cuerpo, Dios nunca se cansa. Nunca tiene que dormir. Nunca tiene que comer. Si ustedes fueran como Dios podrían quedarse toda la noche jugando. Ya no tendrían que pasar horas y horas sentados a la mesa comiendo, porque no tendrían cuerpos y no les harían falta las vitaminas.

Además, porque no tiene cuerpo, Dios puede hacer otra cosa muy especial y es que... ¡Uy! Casi se me escapa. No les debo decir ahora qué es, porque eso tiene que quedar para el capítulo que sigue.


 

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