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Prefacio, introducción

Estoy muy consciente de los diferentes efectos que producirá el publicar esta carta contra el sermón del querido señor Wesley. Muchos de mis amigos que son fervientes defensores de la redención universal, se ofenderán inmediatamente. Muchos que son celosos del lado contrario se regocijarán. Aquellos que son débiles en ambos lados y que se dejan llevar por razonamientos carnales, desearán que este asunto nunca se hubiera abierto al debate.

 

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Prefacio

Estoy muy consciente de los diferentes efectos que producirá el publicar esta carta contra el sermón del querido señor Wesley. Muchos de mis amigos que son fervientes defensores de la redención universal1, se ofenderán inmediatamente. Muchos que son celosos del lado contrario se regocijarán. Aquellos que son débiles en ambos lados y que se dejan llevar por razonamientos carnales2, desearán que este asunto nunca se hubiera abierto al debate. Las razones que doy al inicio de la carta, yo creo son suficientes para justificar mi conducta en esto. De una parte, deseo entonces que aquellos que sostienen la doctrina de la elección no se sientan triunfantes, o que hagan un partido3 (porque detesto tal cosa); de otra parte, deseo que aquellos que tienen prejuicio contra tal doctrina no se sientan demasiado preocupados u ofendidos. Conocidos al Señor son todos Sus caminos desde el principio del mundo. El gran día descubrirá por qué el Señor permitió al querido Sr. Wesley y a mí que tuviéramos diferentes formas de pensar. Por ahora no voy a inquirir en eso, más allá de lo que él mismo afirma en la carta siguiente, la cual recibí de sus propias manos hace poco:

Mi querido Hermano. Te agradezco por tu carta, Mayo 24. El caso está claro. Hay burladores de ambos lados, tanto de la predestinación4 como contra ella. Dios está enviando un mensaje a todos, sin importar el lado. Pero no lo recibirán, a menos que sea de alguno con su misma opinión. Por tanto, por un tiempo hemos de sufrir ser uno de una opinión y el otro de otra. Pero cuando Su tiempo venga, Dios hará lo que el hombre no puede, es decir, hacer que tengamos un mismo sentir. Entonces la persecución vendrá, y veremos si contamos nuestras vidas valiosas para nosotros mismos, para que podamos acabar nuestra carrera con gozo. Yo soy, mi querido hermano, —siempre tuyo, J. Wesley.

Entonces, mi honrado amigo, de corazón pido a Dios que apresure el tiempo en que nos ilumine en todas las doctrinas de revelación divina, para que podamos estar muy unidos en principio y en juicio, así como de corazón y afecto. Y entonces si el Señor nos llamara, no temo ir a prisión o a la muerte. Porque como Pablo y Silas, espero cantar alabanzas a Dios, y lo contaré como nuestro gran honor el sufrir por la causa de Cristo, y dar nuestras vidas por los hermanos.

George Whitefield, Londres, 9 de agosto de 1740

Carta de Whitefield a Wesley
acerca de la elección

Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar.
—Gálatas 2:11

 

Introducción

Reverendo y muy querido Hermano,

Solo Dios sabe el indecible dolor que tengo en el corazón por tu causa desde que dejé Inglaterra. Ya sea por falta de carácter o no, confieso francamente que ni Jonás iba más indispuesto a Nínive, de lo que yo me siento al tomar la pluma para escribir para contradecirte. Preferiría morir a hacerlo; y aún así, si soy fiel a Dios, a otras almas y a la mía propia, no debo permanecer neutral por más tiempo. Estoy muy consciente de que nuestros adversarios comunes se regocijarán al comprobar que hay diferencias entre nosotros. Pero, ¿qué puedo decir? ¡Los hijos de Dios están en peligro de caer en el error! Más aún, muchos han sido engañados, en los cuales Dios había obrado por medio de mi ministerio, y aún un gran número está clamando a mí para que les muestre mi opinión. Debo entonces mostrar que no conozco a ningún hombre según la carne, y que no hago acepción de personas, más allá de lo que sea consistente con mi labor para mi Señor y Amo, Jesucristo.

Esta carta, no hay duda, me hará perder muchos amigos, y quizás sea por esta causa que Dios ha puesto esta tarea sobre mí, para probar si estoy dispuesto a arriesgarlo todo por su causa, o no. Por causa de estas consideraciones, creo que mi deber es dar mi humilde testimonio, y argumentar con ardor por las verdades, de las cuales estoy convencido están claramente reveladas en la Palabra de Dios. En la defensa de lo cual debo ser abiertamente explícito, y tratar a mis más queridos amigos en esta tierra con la más grande simpleza, fidelidad y libertad, dejando las consecuencias de todo a Dios.

Por algún tiempo pasado, y especialmente desde mi última partida de Inglaterra, tanto en público como en privado, en predicaciones o en forma impresa, tú has estado propagando la doctrina de la redención universal. Y cuando recuerdo cómo Pablo reprendió a Pedro por su disimulo (Gál. 2:11), temo que he pecado al guardar silencio por tanto tiempo. Entonces, no te enojes conmigo, mi estimado y honrado señor si ahora libero mi alma al decirte que en esto cometes un grave error.

No es mi intención entrar en un debate largo con respecto a los decretos de Dios. Te refiero al Dr. Edwards en su Veritas Redux5, el cual creo es irrefutable - excepto en cierto punto, concerniente a una clase intermedia entre elegidos y reprobados, lo cual él mismo, de hecho, llega a condenar después.

Me limitaré a hacer solo algunas observaciones sobre tu sermón titulado “Gracia libre”. Y antes de entrar en el discurso mismo, déjame que hable un poco sobre lo que en tu prefacio mencionas como una obligación de hacerlo público a todo el mundo. Debo confesar que siempre he pensado que estabas equivocado en esto. El caso (como sabes) es este: cuando estuviste en Bristol, creo que recibiste una carta de mano privada, acusándote de no estar predicando el evangelio, porque no predicabas sobre la elección. Sobre esto echaste suertes6: y la respuesta fue “predicar e imprimir”. Con frecuencia cuestioné, como lo hago ahora, si al hacer esto no tentaste al Señor. Un debido ejercicio de prudencia religiosa, sin suertes, podría haberte dirigido en ese asunto. Por otra parte, nunca me enteré de que inquirieras de Dios acerca de si la elección era una doctrina evangélica o no. Pero me temo que, y asumo que no fue así, solo indagaste si debías permanecer en silencio o por el contrario, predicar e imprimir. Sea como sea, la suerte resultó en “predicar e imprimir”; consecuentemente tu predicaste e imprimiste en contra de la elección. Conforme a mi deseo, suprimiste la publicación del sermón mientras estuve en Inglaterra, pero pronto lo enviaste por todo el mundo después de mi partida. ¡Ojalá te lo hubieras reservado! Sin embargo, si ese sermón fue impreso en respuesta a una suerte, me inclino a pensar en una razón por la cual Dios debía sufrir que fueras engañado, era para imponerme así una obligación especial, declarar fielmente lo que dice la Escritura sobre la doctrina de la elección, y que así el Señor me diera una nueva oportunidad de ver lo que hay en mi corazón, y si sería fiel a Su causa o no, como te consta que Él lo hizo ya antes, cuando te dio tan diferente suerte en Deal. La mañana que zarpé de Deal para Gibraltar [1 de febrero de 1738], tu regresaste de Georgia. En lugar de darme una oportunidad de conversar contigo, aunque la embarcación no estaba tan lejos de la costa, echaste suertes, e inmediatamente te dirigiste a Londres. Dejaste una carta en la cual dejaste palabras tales como: “Cuando vi que Dios me traía por medio del viento que te llevaba a ti, consulté a Dios. Su respuesta va en esta carta.” Esta fue un trozo de papel en el cual estaban estas las palabras: “Déjale regresar a Londres”.

Cuando recibí esto, estuve algo sorprendido. Aquí estaba un buen hombre, diciéndome que había echado suertes, y que Dios quería que regresara a Londres. De otro parte, yo sabía que mi llamado era para Georgia, y que habiendo partido de Londres, no podía simplemente dejar a los soldados que estaban a mi cargo. Me puse a orar con un amigo. Ese pasaje en 1 Reyes 13 me impresionó poderosamente, donde se nos relata que el profeta que fue atacado por un león; fue tentado a retroceder por otro profeta, diciéndole que Dios quería que él hiciera de cierta manera (en contra de la orden expresa de Dios). Te escribí que no podía volver a Londres. Zarpamos de inmediato. Algunos meses después, recibí una carta tuya en Georgia, en la cual escribiste palabras a este respecto: “Aunque Dios nunca me había dado una suerte errónea, sin embargo, quizás, hizo esto de darme tal suerte esta vez, para probar lo que había en tu corazón”. Yo nunca habría publicado este intercambio privado al mundo, si la gloria de Dios no me llamara a hacerlo. Es claro que tuviste una suerte errada en esto, y justamente, porque tentaste a Dios echándola. Y eso es lo que creo que pasa en el presente caso. Y si es así, no permitamos que los hijos de Dios, quienes son íntimos amigos tuyos y míos, y que también promueven la redención universal, crean que esa doctrina es correcta porque la predicas, siguiendo una suerte que viene de Dios.

Esto, creo, puede servir como respuesta a parte del prefacio de tu sermón impreso, en el cual dices, “nada sino la más fuerte convicción, no solo de que lo que aquí se adelanta es la verdad, así como lo es en Jesús, sino que también estoy obligado a declarar esta verdad a todo el mundo”. El que tú creas que lo que has escrito es la verdad, y que tú honestamente deseas la gloria de Dios al escribirlo, eso no lo dudo ni un momento. Pero entonces, honrado señor, no puedo menos que pensar que has errado al imaginar que tu tentación a Dios, al echar suertes como hiciste, puede dejarte ante la obligación de actuar, y mucho menos si se trata de publicar tu sermón contra la doctrina de la predestinación para vida.

Debo anotar ahora que has sido tan desdichado en imprimir, siguiendo semejante garantía imaginaria, como lo has sido en la selección de tu texto. Honorable señor, cómo pudo entrar en tu corazón el escoger un pasaje como Romanos 8 para desaprobar la doctrina de la elección, cuando esta doctrina es tan claramente afirmada allí. Una vez hablando con un cuáquero sobre este tema, no tuvo otra forma de evadir la afirmación del Apóstol que decir: “Creo que Pablo estaba equivocado”. Y otro amigo recientemente, quien estuvo antes muy predispuesto en contra de la elección, ingenuamente confesó que “él solía pensar que San Pablo mismo debió haberse equivocado, o que el texto no fue traducido apropiadamente”.

En verdad, honorable señor, está más allá de toda contradicción que San Pablo, en todo el capítulo ocho de Romanos, está hablando de los privilegios que solamente tienen aquellos que realmente están en Cristo. Y cualquier persona sin prejuicios, que lea lo que viene antes y después de tu texto, tendría que confesar que la palabra “todos” solo significa aquellos que están en Cristo. Y la parte final del pasaje prueba plenamente lo que encuentro que el querido Sr. Wesley de ninguna manera acepta. Quiero decir la perseverancia de los hijos de Dios. “El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, [esto es, por todos los santos] ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32). Gracia, en particular para habilitarnos a perseverar, y para cualquier cosa necesaria para llevarnos al hogar del reino celestial de nuestro Padre.

Alguien que tenga la intención de probar la doctrina de la elección, así como la de la perseverancia, no podría pensar en un texto más apropiado para su propósito que el que tú has escogido para contradecirla. Alguien que no te conozca sospecharía que estabas enterado de esto, porque después del primer párrafo, me percato que si acaso mencionaste el texto una vez en todo el sermón.
Pero tu discurso, en mi opinión, tiene poco que ver con el pasaje que escogiste, y en lugar de convencerme, me confirma más y más en la creencia de la doctrina de la elección eterna de Dios.

No mencionaré cuan ilógicamente has procedido. Si hubieras escrito con claridad, habrías, honorable señor, probado primeramente tu proposición, “que la Gracia de Dios es libre para todos”. Y luego a modo de inferencia, haber exclamado en contra de lo que has llamado el horrible decreto. Pero sabías que la gente (ya que el Arminianismo7, abunda recientemente entre nosotros) estaba generalmente predispuesta en contra de la doctrina de la reprobación8, y por tanto pensaste que manteniendo esta aversión, podrías echar abajo por completo la doctrina de la elección. Porque, sin duda, la doctrina de la elección y la de la reprobación deben sostenerse juntas o caerse juntas.

Pero pasando por alto esto, así como tu definición equivocada de la palabra “gracia”, y tu falsa definición de la palabra “libre”, y que deseo ser lo más breve posible, yo reconozco con franqueza, yo creo en la doctrina de la reprobación, en este sentido: que Dios quiere dar gracia salvadora, por medio de Jesucristo, solo a cierto número, y que al resto de la humanidad, después de la caída de Adán, les dejó Dios con toda justicia, continuar en sus pecados, por lo cual de forma justa también, sufrirán muerte eterna, que es el pago merecido (Ro. 6:23).

Esta es la doctrina establecida en las Escrituras, y reconocida como tal en el artículo 17 de la Iglesia de Inglaterra9, como el obispo Burnet mismo confiesa. Aunque el querido señor Wesley la niega absolutamente.

Pero las objeciones más importantes que has expresado contra esta doctrina, como las razones por las cuales la rechazas, al considerarlas seriamente y al tratarlas fielmente con la Palabra de Dios, aparecen sin fuerza alguna. Deja que el asunto sea tratado calmadamente y con humildad, como en los siguientes puntos.

 

1. Redención universal – la doctrina de que el Señor Jesucristo murió por los pecados de todos los hombres.

2. Carnal – sensual, opuesto a lo espiritual

3. Partido – un grupo contendiendo por un punto de vista

4. Predestinación – la doctrina que dice que Dios gobierna sobre todo, y por tanto nada pasa más allá de su ordenanza específica

5. Veritas Redux – Del latín volviendo a la verdad

6. Echar suertes – la práctica de echar una moneda o un dado, preidentificando las posibilidades de coincidir con los posibles resultados, y sabiendo que el resultado real es dirigido por Dios, indicando cuál es realmente el deseo de Dios. Esto ignora: 1) La voluntad moral de Dios como es revelada en su palabra, y 2) la posibilidad de que Dios permita algunas veces al diablo a influir en circunstancias adversamente, a nuestros ojos, para lograr Sus propósitos sublimes, tales como castigar nuestro pecado, o construir nuestra fe. Los cristianos más conservadores rechazan “echar suertes” en los tiempos modernos, cuando Dios ha revelado su voluntad para nosotros en las Escrituras. Vea “Cómo conocer la voluntad de Dios” (“How to know God's Will”) de John Newton, disponible en Chapel Library

7. Arminianismo – el sistema teológico de Jacobus Arminius (1560-1609), teólogo holandés, nacido en Oudewater, en los países bajos. Él rechazó la posición de los reformadores sobre la predestinación soberana de Dios, enseñando, por el contrario, que la predestinación de Dios fue basada en el pre-conocimiento que Dios tenía sobre la aceptación o rechazo de Cristo, como resultado del libre albedrío

8. Reprobación – la doctrina de que Dios justamente condena a todos los que quebrantan la ley y que no se arrepienten, con un castigo eterno

9. Décimo séptimo artículo de la iglesia de Inglaterra – Los 39 artículos son la confesión de fe oficial de la iglesia de Inglaterra, adoptada en 1563 para traer uniformidad a la doctrina protestante en la iglesia de Inglaterra. Ellos son en gran medida evangélicos y conservadores, y defienden las doctrinas de la gracias como articuladas desde el tiempo de la reforma.

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