Los decretos de Dios

Negar los decretos Divinos sería predicar un mundo y todos sus asuntos regulados por el azar sin diseño o por el destino ciego. Entonces ¿qué paz, qué certeza, qué consuelo habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio habría para huir en la hora de necesidad o prueba? Foto: (Mirahorian Dan/Flickr)

 

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original en inglés en: https://www.chapellibrary.org/book/dogo/decrees-of-god

 

Los decretos de Dios
Arthur W. Pink


El decreto de Dios es su propósito o determinación con respecto a las cosas futuras. Lo hemos escrito en singular, como lo hace la Escritura (Romanos 8:28; Efesios 3:11), porque solo hubo un acto de Su mente infinita acerca de las cosas futuras. Nosotros hablamos como si hubieran sido muchos, porque nuestras mentes solo son capaces de pensar en revoluciones sucesivas, a medida que surgen los pensamientos y ocasiones, o en referencia a los diferentes objetos de Su decreto, que al ser muchos nos parece que se requiere un propósito distinto para cada uno. Pero una mente infinita no procede por pasos, de una etapa a otra: “Dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos” (Hechos 15:18).

Las Escrituras mencionan los decretos de Dios en muchos pasajes, y bajo una variedad de términos. La palabra “decreto” se encuentra en el Salmo 2:7. En Efesios 3:11 leemos de Su “propósito eterno”. En Hechos 2:23 de Su “determinado consejo y anticipado conocimiento”. En Efesios 1:9 del misterio de Su “voluntad”. En Romanos 8:29 que Él también “predestinó”. En Efesios 1:9 de Su “beneplácito”. Los decretos de Dios son llamados Su “designio” para expresar que estos son sumamente sabios. Son llamados Su “voluntad” para mostrar que Él no estaba bajo ningún control, sino que actuó según le plació. Cuando la voluntad de un hombre es la regla de su conducta, esta es usualmente caprichosa e irracional; pero la sabiduría siempre está asociada con la “voluntad” en el proceder de la Divinidad, y, en consecuencia, los decretos de Dios son descritos como “el designio de Su voluntad” (Efesios 1:11).

Los decretos de Dios tienen que ver con todas las cosas, sin excepción: cualquier cosa que se hace en el tiempo fue previamente ordenada antes de que el tiempo comenzara. El propósito de Dios involucró todo, ya sea grande o pequeño, ya sea bueno o malo, aunque con respecto a esto último debemos tener cuidado de decir que si bien Dios es el Ordenador y Controlador del pecado, Él no es su autor de la misma forma en que es el autor de lo bueno. El pecado no podía proceder de un Dios santo por creación positiva y directa, sino únicamente por permiso decretivo y acción negativa. El decreto de Dios es tan completo como Su gobierno, extendiéndose a todas las creaturas y todos los eventos. Tuvo que ver con nuestra vida y muerte; nuestro estado en el tiempo, y nuestro estado en la eternidad. A medida que Dios hace todas las cosas según el designio de Su propia voluntad, aprendemos de Sus obras cuál es (fue) Su designio, así como juzgamos el plan de un arquitecto al inspeccionar la construcción edificada bajo su dirección.

Dios no decretó simplemente hacer al hombre, ponerlo sobre la tierra, y luego dejarlo a su propia guía, sin control; en cambio, Él determinó todas las circunstancias en el grupo de individuos, y todas las particularidades que abarcaran la historia de la raza humana desde su inicio hasta su fin. Él no decretó simplemente que se establecieran leyes generales para el gobierno del mundo, sino que estableció la aplicación de esas leyes a los casos particulares. Nuestros días están contados, y también los cabellos de nuestra cabeza. Podemos aprender cuál es el alcance de los decretos Divinos a través de las dispensaciones de la providencia, en las cuales son ejecutados. El cuidado de la providencia alcanza a las creaturas más insignificantes, y los eventos más mínimos –la muerte de un gorrión y la caída de un cabello.

Consideremos ahora algunas de las propiedades de los decretos Divinos. Primero, son eternos. Suponer que cualquiera de ellos se hace en el tiempo es suponer que alguna ocasión nueva ha ocurrido; ha surgido algún evento imprevisto o una combinación de circunstancias, que ha inducido al Altísimo a formar una nueva resolución. Esto implicaría que el conocimiento de la Deidad es limitado, y que Él se está volviendo más sabio a medida que el tiempo progresa –lo cual sería una blasfemia horrible. Ningún hombre que crea que el entendimiento Divino es infinito, que comprende el pasado, el presente y el futuro, aceptará jamás la doctrina errada de los decretos temporales. Dios no es ignorante de los eventos futuros que serán ejecutados por las voluntades humanas; Él los ha predicho en innumerables ocasiones, y la profecía no es más que la manifestación de Su presciencia eterna. La Escritura afirma que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de que comenzara el mundo (Efesios 1:4), sí, que la gracia les fue “dada” en ese entonces (2 Timoteo 1:9).

Segundo, los decretos de Dios son sabios. La sabiduría se muestra en la elección de los mejores fines posibles y de los medios más adecuados para lograrlos. Que esta característica pertenece a los decretos de Dios es evidente por lo que sabemos de ellos. Nos son revelados por su ejecución, y cada muestra de sabiduría en las obras de Dios es una prueba de la sabiduría del plan, en conformidad al cual se llevan a cabo. Como declaró el Salmista, “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría” (104:24). Ciertamente solo observamos una parte muy pequeña de ellas; sin embargo, aquí debemos proceder como lo hacemos en otros casos, y juzgar el todo a partir del espécimen, lo que es desconocido, a partir de lo que es conocido. Aquel que percibe el funcionamiento de habilidades admirables en las partes de una máquina que tiene la oportunidad de examinar, naturalmente es llevado a pensar que las otras partes son igualmente admirables. De la misma manera deberíamos satisfacer nuestras mentes en cuanto a las obras de Dios cuando las dudas aparecen sobre nosotros, y repeler cualquier objeción que pueda ser sugerida por algo que no podemos reconciliar con nuestras nociones de lo que es bueno y sabio. Cuando alcanzamos los límites de lo finito y miramos hacia el reino misterioso de lo infinito, exclamemos entonces, “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Romanos 11:33).

Tercero, estos son libres. “¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?” (Isaías 40:13-14). Dios estaba solo cuando hizo Sus decretos, y Sus determinaciones no fueron influenciadas por ninguna causa externa. Él era libre de decretar o no decretar, y de decretar una cosa y no otra. Debemos atribuir esta libertad a Aquel que es Supremo, Independiente, y Soberano en todo lo que hace.

Cuarto, son absolutos e incondicionales. Su ejecución no se suspende dependiendo de ninguna condición que pueda o no realizarse. En cada caso que Dios a decretado un fin, también ha decretado los medios para ese fin. Él que decretó la salvación de Sus escogidos también decretó obrar fe en ellos (2 Tesalonicenses 2:13). “Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Isaías 46:10): pero eso no podría ser, si Su designio dependiera de una condición que no se puede cumplir. Pero Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Efesios 1:11).

Junto con la inmutabilidad y la invencibilidad de los decretos de Dios, la Escritura explica claramente que el hombre es una creatura responsable y que debe dar cuenta de sus acciones. Y si nuestros pensamientos son formados a partir de la Palabra de Dios, sostener una verdad no llevará a negar la otra. Que hay gran dificultad para definir donde termina una y comienza la otra es concedido gratuitamente. Siempre es así cuando hay una conjunción de lo Divino y lo humano. La oración real es compuesta por el Espíritu, sin embargo, también es el clamor del corazón humano. Las Escrituras son la Palabra inspirada de Dios, no obstante, fueron escritas por hombres que eran más que máquinas en la mano del Espíritu. Cristo es Dios y hombre. Es Omnisciente, sin embargo “crecía en sabiduría” (Lucas 2:52). Era Todopoderoso, sin embargo fue “crucificado en debilidad” (2 Corintios 13:4). Era el Príncipe de paz, sin embargo murió. Estos son misterios grandes, sin embargo la fe los recibe incuestionablemente.

A menudo se ha señalado que toda objeción hecha en contra de los decretos eternos de Dios se aplica con igual fuerza en contra de Su conocimiento anticipado eterno.

Ya sea que Dios haya decretado todas las cosas que pasarán o no, todos los que reconocen el ser de un Dios, reconocen que Él sabe todas las cosas de antemano. Ahora bien, es evidente que si Él sabe todas las cosas de antemano, Él las aprueba o no las aprueba; es decir, es Su voluntad que sucedan o no es Su voluntad que sucedan. Pero que sea Su voluntad que sucedan es decretarlas (Jonathan Edwards).

Finalmente, trate, conmigo, de asumir y luego contemplar lo contrario. Negar los decretos Divinos sería predicar un mundo y todos sus asuntos regulados por el azar sin diseño o por el destino ciego. Entonces ¿qué paz, qué certeza, qué consuelo habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio habría para huir en la hora de necesidad o prueba? Ninguno en absoluto. No habría nada mejor que la negra oscuridad y el horror abyecto del ateísmo. Oh lector, ¡cuán agradecidos deberíamos estar de que todo esté determinado por la bondad y sabiduría infinitas! Qué alabanza y gratitud se deben a Dios por Sus decretos Divinos. Es por ellos que “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Bien podemos exclamar, “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:36).

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