Introducción a la carta del 7 de diciembre de 2001

Pagamos a veces grandes sumas para traer maestros renombrados para dar conferencias y orientar talleres. Esto está muy bien, pero con mucho menos dinero; con un horario sumamente flexible y con presencia permanente, tenemos las conferencias de numerosos maestros, hombres piadosos y grandemente usados por Dios para levantar la iglesia. (Foto: Lauri Rantala/flickr)

 

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Introducción a la carta del 7 de diciembre de 2001
Diag. 128C, # 53-47 Barrio Las Villas L. C. 7 de diciembre de 2001
Estimado hermano pastor:

Quiera Dios que todos los días vivamos conscientes de la gracia de Dios que nos trajo salvación en la persona del Hijo eterno de Dios hecho hombre. Una Feliz Navidad le deseamos en la paz del Señor.

Comenzamos la reunión en la Biblioteca Para Pastores el 19 de noviembre con la siguiente reflexión: Respecto a la enseñanza bíblica, no es cuestión de ser eruditos para poder cumplir la vocación de pastor, sino de familiarizarnos con el texto constantemente, y de prestarle cuidadosa atención, mirándolo en su contexto con toda la capacidad de síntesis y de análisis que Dios nos hubiera dado. Es cuestión de tiempo, de reflexión, de escuchar el texto, de dejar que Dios nos hable, y que nos hable, no sólo en el sentido intelectual, sino en el de la comunión fructífera, dejando que Dios se grabe sobre nuestro ser en todos sus elementos, que Dios lleve adelante el proceso de nuestra renovación a su imagen.

A la vez, sí debemos ser eruditos hasta donde nuestra capacidad intelectual, nuestro tiempo, y nuestra situación lo permitan, sin abandonar las otras labores del ministerio, en las cuales hacemos uso de la erudición para la edificación y la reforma de la iglesia. Pensando en aumentar nuestra erudición, hay un constante clamor para que haya instituciones o programas. Pagamos a veces grandes sumas para traer maestros renombrados para dar conferencias y orientar talleres. Esto está muy bien, pero con mucho menos dinero; con un horario sumamente flexible y con presencia permanente, tenemos las conferencias de numerosos maestros, hombres piadosos y grandemente usados por Dios para levantar la iglesia, todas disponibles para nuestra cuidadosa investigación repetida. Hablo, claro, de los libros en los que fueron consignadas las reflexiones eruditas y piadosas de grandes maestros de la iglesia a través de los siglos, reflexiones comprobadas y probadas por el peso del tiempo. ¿Qué hacemos con estas conferencias? Por lo regular, la respuesta es que no hacemos nada. Allí están sin abrir y sin usar.

La razón muchas veces por esta situación es que la lectura requiere esfuerzo y perseverancia. En cambio, escuchar una conferencia no exige tanto. Esforzarnos o no, las palabras llegan al oído. Podemos ser pasivos y recibir algo de provecho, una parte por lo menos. Claro, mucho del contenido y el valor de la conferencia se pierde si no hay un esfuerzo por parte del oyente para asimilar todo y llevarlo a la práctica. Pero en cuanto a lo leído, obligatoriamente tiene que haber interacción y reacción. El lector tiene que retener al máximo el pensamiento del autor, y tiene que dar su opinión al respecto y detectar a cuál uso lo llevará. Simplemente leer muchos libros no es la meta, sino leer muchos libros asimilando su contenido, evaluando lo leído a la luz de las Escrituras y precisando su utilidad para la situación pastoral o personal. Claro, uno debe leer muchos libros BUENOS.

Pero, repito, no es cuestión de cuántos libros hayamos leído. Leamos los que podamos. Recibamos la enseñanza de los grandes maestros. Valgámonos de lo que tenemos en lugar de apetecer siempre algo esotérico y espectacular. Recibamos comida sólida. Especialicemos en lo fundamental, lo básico, lo esencial, y que sigamos haciéndolo hasta que esté prácticamente inherente en nuestro estilo de ministerio. Tanto de lo que ahora es popular es solo novedad, es superficial, y con demasiada frecuencia directamente contrario a la sana doctrina o a la doctrina cristiana como sistema total. Tanto de lo presentado ahora como respuesta a las debilidades de las iglesias es parcial. Trata de algún aspecto singular de la problemática, sin mirar la totalidad. Ofrece un estímulo para las emociones, quizás sí, pero no presenta un sistema de verdad y de práctica funcional para enfrentar y solucionar (en la medida en que las soluciones sean posibles por ahora) la situación tan compleja de la vida.

Repito, aprovechemos los recursos disponibles en lugar de estar pensando siempre en rebuscar otras. Congresos, talleres, encuentros, etc., etc., cosas que pueden ser útiles, pero igualmente o quizás más útiles son los recursos en los libros que están a la mano. Cuán fuerte es la expectativa de oír de boca de algún conferencista renombrado del momento, la palabra mágica, la técnica casi milagrosa, el descubrimiento por fin del elemento clave supuestamente ausente de la iglesia hasta el momento, todo para su triunfo inmediato.

No es cuestión de no tener más conferencistas y predicadores, porque el elemento personal es de valor innegable. Por eso Dios puso a los pastores y maestros en la iglesia, y por eso la Biblioteca ofrece seminarios sobre el tema de la Salvación de Dios. Pero, el pastor no dispone de conferencistas a toda hora. No hay grandes profesores de Biblia y teología disponibles continuamente. ¿Qué hace, pues? ¿Está condenado a vivir en ignorancia y de ineficacia mientras espera que organicen otra institución u otro programa? No, tiene el privilegio de sentarse diariamente a los pies de renombrados maestros cuyas palabras están impresas. Estas las recibe, leyendo una y otra vez las mismas charlas hasta grabarlas en su pensamiento y corazón.

La Biblioteca Para Pastores ofrece gratis el servicio de monitor, sugiriendo títulos y autores, ofreciendo sistema al curso de estudio del pastor que quiera y sienta la necesidad de crecer y mejorar. No somos grandes luces intelectuales o espirituales. Sencillamente invitamos a otros a unirse con nosotros para estimularnos en la empresa de llegar a ser todo lo que debemos ser para la gloria de Dios y para servicio en su reino, más útiles cada día como voceros de Dios, como evangelistas, como expositores de las Escrituras, como consejeros bíblicos, como administradores de la multiforme gracia de Dios en la iglesia de Dios.

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