De la suficiencia y perspecuidad de las Escrituras

No hay otro tema más básico para la salud de la iglesia de Cristo. Es cierto que el tema del evangelio de Jesucristo es intrínsecamente más importante, pero la única manera de guardar intacta la doctrina del evangelio es mediante la fidelidad a las Escrituras. (Foto: Rachel Titiriga/Flickr)

 

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De la suficiencia y la perspicuidad de las Escrituras

La suficiencia de las escrituras

No hay otro tema más básico para la salud de la iglesia de Cristo. Es cierto que el tema del evangelio de Jesucristo es intrínsecamente más importante, pero la única manera de guardar intacta la doctrina del evangelio es mediante la fidelidad a las Escrituras. Son ellas las que lo definen y lo dan a conocer. Ya en los tiempos de Pablo, había algunos anunciando “otro evangelio”, y Pablo tuvo que reaccionar enérgicamente para evitar que el pueblo de Dios fuera engañado. El único evangelio que en verdad es evangelio es el que Pablo predicó. ¿Cómo fue? Para saber tenemos que leer y entender la Biblia. ¿Ve usted la importancia de este tema? Sin recibir la Biblia por lo que es en verdad, Palabra de Dios, su mensaje no tendrá autoridad y dominio en el lector. Por ella, conocemos el evangelio, y por ella, Dios la declara Palabra suya por la cual Él quiere orientar a su pueblo en toda buena obra.

Frecuentemente a través de la historia, ha habido la tendencia de colocar alguna autoridad adicional al lado de la Biblia o por encima de ella. Los motivos muchas veces han sido buenos, pero los resultados desastrosos. Algunos, en su ansioso deseo de llevar a la gente a creer la Biblia, han querido hacer uso de pruebas y evidencias más allá de la Biblia y de acuerdo con las filosofías de moda en el momento, y, abandonando la autoridad de Dios mismo en la Biblia misma, han llevado a la gente a confiar en autoridades humanas. En los peores casos, han llevado a confiar en el error, y muy pronto este error ha desplazado la Biblia. El caso más obvio es el de la Iglesia Católica Romana, que colocando la tradición en posición coordinada con la Biblia, introdujo todo un complejo de dogmas netamente opuestos a la Biblia. Nunca la Iglesia Romana ha negado la Biblia, pero de hecho ha cancelado su autoridad al adicionar otras autoridades. El liberalismo del siglo 18 hizo otro tanto. El pentecostalismo, comenzando en el siglo 20, hizo en efecto lo mismo. Por supuesto no era su propósito hacer esto, pero elevando otras supuestas revelaciones al nivel de las Escrituras, en la práctica promulgaron y promulgan “otro evangelio”. Creer la verdad, pero hacerlo por autoridad del hombre, muy pronto conduce a creer el error por la misma razón.

Por lo anterior, insistimos en el tema de la suficiencia de las Escrituras. Esto no es un principio producto de la lógica humana, sino uno de la Biblia misma. Como Palabra infalible de Dios, debemos someternos a todo lo que ella enseña, incluyendo lo que ella enseña en cuanto a ella misma. Enseña su propia suficiencia, voz de Dios, voz de autoridad, y, por lo tanto, Palabra final de Dios, única regla infalible para la fe y la práctica de la iglesia, única regla segura para guiar al ser humano en lo que debe creer y hacer siempre y en todo.

No es posible en estos renglones extendernos mucho sobre el tema. Hoy miremos, no los textos que lo enseñan directamente (Salmo 119; Hb. 1:1-3; 2:1 - 4; Ap. 22:18,19; 2 T. 3:14-17; 2 P. 1:16-21), sino cinco ejemplos que evidencian la suficiencia de la Biblia como guía de Dios para enseñar su voluntad.

1. Jesús, en la parábola del rico y Lázaro Lc. 16:23-31. La solicitud del rico en el Hades no concordaba con la sabiduría de Dios en su trato con los pecadores. No era su estilo, no era su voluntad. En lugar de enviarles un resucitado de entre los muertos, una nueva revelación de Dios, les mandó más bien que oyeran las Escrituras: A Moisés y a los profetas tienen, óiganlos. No honra a Dios que la gente, en lugar de creer su Palabra, exija a su gusto y según lo visible una comprobación adicional. Esto es cierto sobre todo cuando la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, ya han sido comprobadas contundentemente por las señales y maravillas hechas con este fin.

2. El uso que Jesús hacía de las Escrituras para comprobar su identidad y obra. Un caso, Mt. 16:1-4. Jesús remite a sus interlocutores al libro de Jonás. Más tarde, si, en su resurrección, Jesús iba a cumplir el simbolismo de Jonás y los tres días de muerte, pero en el momento dejó a los fariseos con las Escrituras. Claro que Jesús sacó sus obras como comprobación de su identidad, Jn. 10:25,37,38; 5:36, pero véase Jn. 30:31, Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo.... Es decir, Jesús, siendo Hijo de Dios y con la revelación final de Dios para la salvación del hombre, dio revelación nueva, pero una vez dada, la comprobación estaba, no en revelaciones adicionales, sino en las Escrituras inspiradas, claro, iluminadas por el Espíritu Santo para la fe de su pueblo.

3. Jesús y los dos en el camino a Emaús. Lc. 24:16,25-32. ¿Qué hizo Jesús para llevarles a creer? Fíjese que sus ojos estaban velados, versículo 16, para que no le conociesen. Seguramente había algo en esto más allá de que simplemente no esperaban verle, o que estaban preocupados con su tristeza o que Jesús estaba muy cambiado después de la resurrección. Seguramente fue Dios que les impidió reconocerle. Pero aun si no fue así, de todas formas, ¿cómo fue que Jesús les llevó a reconocerle, el mismo Jesús de antes aunque ahora resucitado? Sencillamente Jesús les dio un curso de panorama de la Biblia (versículos 25-27) para que a la luz de ella, comprendieran quién estaba delante de ellos. Después, versículo 32, testificaban cómo ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras. Tan fácil habría sido para Jesús de una vez mostrarles sus heridas como en ocasiones en efecto hizo. Sí, fueron abiertos los ojos y le reconocían, pero primero les hizo entender que el testimonio de las Escrituras era suficiente. Sí, versículos 36-49, a los discípulos Jesús se mostró vivo, y les mostró sus manos y sus pies, versículos 39,40, y comió delante de ellos; versículo 41, pero acompañó la muestra con una exposición de las Escrituras, llevándolos a creerlas, versículos 44-48. Después, ascendió al cielo, dejándoles el testimonio de las Escrituras como fundamento de su fe. En contados casos después de la resurrección, Jesús se reveló directamente mediante visión o milagro, respaldando la predicación del evangelio, la iniciación de nuevos campos de acción, o un nuevo rumbo en las operaciones salvadoras de Dios, pero fue casi exclusivamente con los apóstoles o con aquellos que andaban en estrecha relación con ellos. Miremos el siguiente caso.

4. Pedro en su sermón el día de Pentecostés. Sí, estaban las señales que llevaron a la gente a reunirse, pero luego la gente seguía incrédula. Pedro no hizo más señales para convencerles, sino que les predicó el evangelio, el relato de la obra de Jesucristo y su significado, citando las Escrituras para dar autoridad a lo que decía y al hecho de la resurrección anunciada de antemano. Hc. 2:14-37. La gente se convenció ante la predicación. No fue necesario que Jesús se presentara vivo para que creyeran la resurrección. No fue necesario ningún milagro adicional para que por fin dejaran su incredulidad. Sí, milagro había en lo que pasó con las lenguas antes del sermón, y en el versículo 33, Pedro se refiere al mismo para apoyar lo que decía, pero no fue en él que Pedro se concentró, sino en las Escrituras como testimonio suficiente para que creyeran. Los eventos del día de Pentecostés eran iniciación de la nueva era de la iglesia; no eran la norma que marcara la experiencia continuada siempre de la iglesia.

Es interesante que en el sermón paralelo de Pablo, su primera predicación en el primer viaje misionero, Lucas no relatara ningún milagro. Pablo, para eliminar la incredulidad de quienes le oían, no hizo más que dar un resumen de la Historia Sagrada y, luego, una exhortación a dejar la incredulidad. Hc. 13:38-41.

5. La decisión en el Concilio de Jerusalén. Hch. 15 Pedro y Pablo relataron lo que había pasado en sus experiencias predicando el evangelio, incluyendo las señales que había hecho Dios por medio de ellos, 15:7-12, pero cuando el concilio tomó la decisión sobre este asunto esencial respecto a lo que es el evangelio, en lugar de pedir señal, y en lugar de recurrir a la autoridad apostólica, y en lugar de esperar que Dios les hablara alguna palabra definitiva, más bien tomaron el testimonio de la experiencia de Pedro y Pablo, apóstoles, interpretada por el texto bíblico que Jacobo citó, versículos 16-18, como definitivo. Fue la deliberación del concilio que llevó a una decisión, no fue una profecía nueva, y esto, repito, en un asunto de tanta importancia para la sobrevivencia del evangelio en el mundo como era el tema de la necesidad o no de la circuncisión. Tuvieron las Escrituras por suficientes, como autoridad definitiva.
¡Ojalá nadie tome de lo anterior que por eso no creo en milagros! Nada más lejos de la verdad. El cristianismo está fundamentado en lo milagroso. Dios es el Dios de las maravillas y los portentos. La cuestión es si la iglesia los obra. ¿Fue la experiencia de la iglesia apostólica la norma para la iglesia siempre? ¿Quiso Dios que fuera permanente la situación de la era apostólica?

 

La perspicuidad de las Escrituras

Es un tema que se debatió ardientemente en el siglo XVI en una época cuando la iglesia se consideraba más como una organización que como un organismo. La iglesia de finales de la edad media se distinguía por una exagerada autoridad espiritual concentrada en los ministros, los cuales tenían derecho a promulgar y oficializar una serie de instrucciones y dogmas a los cuales todos sus miembros debían someterse incondicionalmente no importando si dichas instrucciones o doctrinas se hallaban fuera del consejo bíblico y se reducían a una simple interpretación caprichosa de los ministros eclesiásticos.

Este abuso se podía cometer, amparados en el dogma de “la infalibilidad de la iglesia”, entendiéndose por iglesia únicamente al papa y todos sus ministros. Esta iglesia en el sentido en que se entendía era la única divinamente autorizada según ellos para escudriñar las Escrituras e interpretar sus enseñanzas. La reforma protestante se opuso diametralmente a esta forma de administración de la revelación divina, la cual atentaba contra los atributos de la palabra de Dios tales como lo son su inspiración, su infalibilidad, su inerrancia, y, en consecuencia, su canonicidad, autoridad y suficiencia.

Cuando los protestantes se opusieron a que el clero se reservara el derecho de administrar la interpretación de las Sagradas Escrituras, formularon el principio conocido como de La Perspicuidad de las Sagradas Escrituras, el cual en su aplicación práctica abogaba por rescatar el derecho que todos los hombres tienen de leer e interpretar la Biblia por sí mismos, ya que Dios no ha designado a un grupo específico y exclusivo dentro de la iglesia para tener el control y la administración de la palabra de Dios, e interpretarla en lugar de los demás miembros del cuerpo.

1. Definición del concepto: significa que la Biblia es un libro llano y sencillo en su mensaje principal, y, por lo tanto, puede ser leída y entendida por todos.

2. Sustento bíblico del concepto:

a. Dios habló y se reveló a los hombres para ser comprendido Hb. 1:1. Dios no se ha revelado únicamente mediante la creación.

b. Dios se comunica mediante un lenguaje claro y entendible. Salmo 119:105. La perspicuidad alude a la transparencia o la claridad del mensaje bíblico. Jesús es la luz del mundo. Hechos 8:26-30, todos tenemos necesidad de maestros. Sin embargo, el mensaje central de la Biblia y los principios generales con que se relaciona es claro.

c. Las Escrituras están dirigidas a todos y no a un grupo especial: En el Antiguo Testamento los profetas insistían en que Israel escuchara. Sal. 50:7 Jesús dirigía su mensaje a las multitudes. En el Nuevo Testamento en general vemos la misma intención, 1 Co. 1:1,2, por ejemplo.

d. Las mismas Escrituras exhortan a que todos las conozcan, las lean y las escudriñen. Jn. 5:39; Col. 2:8; Hch. 17.11; Gá. 1:89; Dt. 13:1-3.

3. Aplicación del concepto:

a. Debemos desechar toda duda con respecto a la funcionalidad de las Escrituras para efectuar la santificación de un pueblo para Dios.

b. Debemos entregarnos al estudio de las Escrituras en la confianza de poder entenderlas para la vida y la piedad. Es posible que su comprensión exija esfuerzos intelectuales y espirituales nada comunes en cuanto a algunos apartes y algunas doctrinas, pero el corazón regenerado y, por lo tanto, objeto de los cuidados especiales del Espíritu de Cristo Salvador, ha de poder oír y entender la voz de Dios que habla en ellas.

c. Debemos rechazar la tentación de querer tener otra palabra de Dios diferente de las Escrituras cristianas, considerándola más adecuada que la que Dios ha querido darnos en ellas.

d. No debemos renunciar al esfuerzo de ponernos de acuerdo en cuanto a las doctrinas de las Escrituras como si ellas fueran tan confusas y opacas que por lo tanto la unidad cristiana resultara imposible en esta vida. El resultado de tal manera de pensar sería un agnosticismo paralizante.

e. Si nos vemos divididos en puntos básicos del evangelio de Dios, debemos con toda humildad examinar con especial cuidado e insistencia estos puntos, no dándonos descanso hasta no haber logrado consenso, orando fervientemente que comprendamos y prediquemos con fidelidad las Buenas Nuevas por las cuales somos salvos, si no hemos creído en vano. El hecho de que en algunos de estos asuntos ha habido históricamente debates acalorados y extensos, no debe desanimarnos para seguir investigando con prudencia y amor fraternal las Escrituras, ya que Dios ha querido que entendamos todo lo relacionado con nuestro bienestar y nuestra consolación espirituales y eternos.

Eugenio Line

 

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