Con certeza, el cristiano será probado con aguas amargas durante el recorrido del camino que lo lleva al Señor, así como pasó literalmente con el pueblo de Israel, cuando divagaba por el desierto en la espera que finalmente los llevó a la tierra prometida. La amargura de las aguas es una figura que representa los problemas, las dificultades, y demás cosas que en el momento parecen ir en contra del creyente, cuando este hace lo que es correcto. Hay que tener presente en todo momento que el Dios de Israel, quien es nuestro sanador (Jehová Rafa), hará de esas aguas amargas, aguas dulces, para nuestro beneficio. Por tanto, cuando estemos experimentado dificultades, lo correcto es que derramemos humildemente nuestro espíritu sobre el trono de gracia, y no hacer como Israel, quienes ante la más mínima prueba resultaban protestando en contra del Señor. Y aunque en últimas recibían lo que pedían, nunca resultaba para su bien. (Ex. 15:22-27; Heb. 4:14-16; Sal. 78)

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