Los médicos dicen que cuando una persona sufre un pre-infarto, una parte del músculo cardiaco muere. De la misma forma, cuando tenemos ataques de ira perdemos algo muy valioso, porque con ira nadie razona justamente. En un solo segundo destruimos lo que se construyó durante toda una vida, nos volvemos homicidas, alejamos para siempre personas valiosas, cerramos las puertas del bien y abrimos las puertas de la miseria, etc. Existen muchas cosas en nuestro corazón que lo producen la ira, como el orgullo, la soberbia, la incredulidad, la codicia, la envidia, entre otras cosas. Nadie está exento de tales ataques, ni aún los más mansos de la tierra. (Stg. 1:20; Gn. 4:3-7; Ex. 14:9-12; Nm. 11:4-6 y Sal. 78:29- 31; 1 S. 18:6-11; Nm. 12:3 y Nm. 20:1-13)

Entonces, ¿qué hacer?


1. Reconocer que dentro de nosotros existe este terrible pecado, y no cometer el grave error de justificarlo. (1 Jn. 1:8)

2. Humillarnos profundamente delante de Dios para ser perdonados y limpiados con la preciosa sangre de Cristo. (1 Jn. 1:9)

3. Rogar a Dios con perseverancia para que cuando aparezca la prueba podamos actuar con dominio propio. (Pr. 14:29; Mt. 26:41; Lc. 18:1-8)

4. Pedir perdón sincero a aquel que agredimos con nuestros ataques de ira. Esta es un arma espiritual muy eficaz para humillar la carne. (Mt. 5:23-26)

5. Aceptar con paciencia las consecuencias. (Sal. 141:5)

6. Usar las consecuencias para enseñar a otros. (2 Co. 1:9)

7. Agradecer a Dios por su perdón en Cristo y por las consecuencias porque sin duda Él las usa para fortalecer nuestra vida espiritual. (Col. 3:15)

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