Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo. Por lo cual dice: Despierta tú que duermes, y LEVÁNTATE DE LOS MUERTOS, y te alumbrará Cristo. Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabiosEf. 5:13-15

 

3. Algunas cosas que muestran una mala relación con Dios

A. Negligencia en el estudio de la Bíblia

--¿Cuál es la realidad? Cuando estamos bien de salud nos deleitamos con una buena comida. Así, el alma saludable, que está bien con Dios, se deleita en su alimento, el cual son las Escrituras. Siente hambre y sed de ella, sabe que las Escrituras son el medio para ser alimentado con la vida de Cristo. Para mostrar un ejemplo de almas saludables, veámos lo siguiente, dicen que en la época de la esclavitud, los esclavos que nacían de nuevo, debido a su obligatorio sometimiento a sus amos, hacían el esfuerzo de levantarse mucho más temprano que los otros para poder meditar y alimentar sus almas con la Palabra de Dios (Sal. 119:77). De otra parte, cuando el cuerpo está enfermo, por lo general la comida nos fastidia, la comemos porque nos toca. Así el alma que está mal, que está enferma, no siente ese deleite, esa hambre y sed que debería experimentar por La Palabra de Dios.

--¿Cuáles cosas contribuyen a esa pérdida de interés o apetito por Las Escrituras? Algunas de ellas son:

* La excusa de tener muchas ocupaciones. Cuando para esto nos parecemos a Marta, quien teniendo el privilegio de ser visitada por la persona más importante del universo, Jesús, prefirió seguir barriendo, arreglando la cocina, etc, antes que disfrutar de la presencia del más ilustre de los huéspedes (Lc. 10:38-42)

* Uso excesivo de esparcimiento o distractores. Esta es otra cosa que puede estar ocupando en muchos el espacio que le corresponde al deleite de la Biblia. Existen diversiones sanas, que pueden ser lícitas, pero el poco dominio propio no les deja colocar límites. Inicialmente al tiempo y luego a la aceptación sutil de cosas pecaminosas. Estas diversiones poco a poco van tomando control y van haciéndose “vitales” hasta convertirse en la persona en una adicción similar al efecto de los alucinógenos. (1 Co. 6:12)

* La ociosidad. Esto ocurre especialmente en niños o jóvenes con excesivo tiempo libre, al igual que en adultos pensionados o desempleados, o con empleos que deja mucho tiempo libre. Ese tiempo libre, que es un regalo de Dios para ser utilizado de tal forma que glorifique a Dios, termina siendo un espacio para deshonrarlo. El apóstol pablo habla, por ejemplo, de viudas jóvenes que por tener el apoyo de la iglesia en su sustento podrían llegar a ser ociosas andando de casa en casa, también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran (1 Ti. 5:13) Habla también de personas pertenecientes a la iglesia de los Tesalonicenses que andaban desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno (2 Ts. 3:11)

--¿De cuál forma se acercan a la Bíblia?

* Dejando poco o ningún tiempo para leer la Bíblia. Muchos solo sacan unos minutos para leer “Algo de la Biblia” o aplazan su lectura continuamente para un “más tarde” que no llega, o “leo por el camino” “la escuchare en el carro” Lo triste es que al llegar la noche, ya cansados y preocupados prefieren hacer otra cosa diferente. Leer la Biblia les es ya una carga.

* Leer para silenciar la conciencia. De alguna forma la conciencia nos acusa cuando somos negligentes en la lectura bíblica. Entonces, muchas veces, no para alimentar el alma, sino para acallar la conciencia que nos dice: “No has leído la Biblia” la persona pasa sus ojos superficialmente por unos versículos o capítulos, pero con la mente puesta en otras cosas. Es lógico que este tipo de “lectura” no produce ningún bien para el alma. En estas almas se cumple el dicho: “si uno no se llena lamiendo, mucho menos mirando”

B. Negligencia en la oración. La negligencia en el estudio de la Biblia tiene una influencia directa en la oración. Dios da el privilegio a su pueblo de poder acercarse en oración por medio de Jesucristo. Para nuestro beneficio nos ordena orar a Él en todo tiempo. Por ello para el que tiene una relación sabia con Dios, la oración lejos de ser una carga la ve realmente como un inmenso privilegio. El poder estar de manera continua elevando sus oraciones al trono de la gracia por medio de Jesucristo, el poder derramar su espíritu en todo tiempo sabiendo que serán escuchadas sus peticiones, y que recibirá todo aquello que pida conforme con la voluntad de Dios, no solo no lo deja ser negligente en este don, le agrada y por tanto lo cultiva (He. 4:14-16; 1 Jn. 5:14-15). Pero el que está mal, termina viendo la oración como una carga pesada. No se puede concentrar cuando ora, su mente comienza a viajar, sus oraciones se vuelven mecánicas y hasta las convierte como en un amuleto (Me va bien si oro, si no oro me va mal). Ni siquiera cuando tiene el tiempo y el espacio adecuado lo aprovecha para derramar su alma delante de Dios para entregarle todas sus cargas. El negligente no pide y si pide, pide mal (Stg. 4:3)

C. Negligencia en los cultos. La persona que es sabia en su relación con Dios se alegra cuando le invitan a la casa del Señor, sabe que Dios está de forma especial donde Su familia se reúne delante de Él. Los cultos que se programan entre semana y en el día del Señor le son un banquete, y por nada del mundo los abandona, a menos que sea por fuerza mayor (Sal. 122:1; He. 10:25). El que está mal, se queja si hay varios cultos en la semana, si son muy largos, si son en horas que le “Desfavorece para sus intereses personales” Termina muchas veces no yendo, justificando su ausencia, y participando muchas veces más por un ritual que por una comunión con sus hermanos delante de su Padre o que por un deseo de ser realmente edificado por Dios.

D. Presencia de cobardía. El que es sabio en su relación con Dios procura agradarlo antes que a los hombres. No teme lo que le puede hacer el hombre, está dispuesto a pagar el precio por ser fiel (Gal. 1:10; He. 13:6). Pero el que está mal con Dios ve a los hombres como gigantes, como si el bien y el mal dependiera de los seres humanos. Por ello termina haciendo lo que los hombres quieren y no lo que Dios le ordena. Teme perder. Su carne lo engaña haciéndoles ver cuánto puede sufrir o perder sino hace lo que los hombres quieren. Solo es fiel en aquello que no implique peligro para sus intereses, solo es fiel en aquello que los hombres le permiten.

E. Vida empañada. El que es sabio en su relación con Dios procura mantener su lámpara de tal forma que cada día brille más, la coloca bien en alto para que todos viendo el bien que Dios hace por medio de él, alaben el glorioso nombre de Dios (Mt. 5:14-16). El que está mal deja que su lámpara se empañe con el humo del mundo opacando su luz. Si llega a decir: “Yo soy cristiano, los demás responderán: “¿Eres cristiano? Yo no sabía”

-- ¿Cuáles son los resultados de todo lo anterior? Ausencia de paz, cargos de conciencia, acciones torpes, dudas, crecimiento desnutrido. Esa negligencia, esa falta de ejercitar los sentidos hace que las personas que ya deberían ser maestros no soporten la comida sólida, toca darles siempre las mismas cosas del principio. Toca darles lo que por aquí le dan a los enfermos, “calditos de caridad” (fariña con agua y sal) (He. 5:12-14)

¿Qué hacer? El texto dice: “levántate de los muertos y te alumbrará Cristo”. Tenemos que reconocer que si los anteriores síntomas son una realidad en nosotros, estando vivos, estamos actuando como si estuviéramos muertos. En tal caso la humillación no solo es necesaria, es urgente y constante. No debemos parar de clamar hasta que Dios en su misericordia nos escuche y restaure nuestras almas. Es urgente, muy urgente decirle al Señor: “Señor, realmente estoy muy mal, tu Palabra que debería ser un deleite para mi alma, la estoy mirando como los israelitas miraban después de un tiempo el mana, “mi alma tiene fastidio de este pan..” (Nm. 21:5). Orar a ti que debería ser mi alegría, se convirtió en algo no más que un rito, me siento un hipócrita cuando tengo que orar públicamente y procuro utilizar un lenguaje correcto en tanto que mi corazón se encuentra lejos de ti. Asistir a los cultos que debería ser un precioso motivo para correr rápido e ir al encuentro con mi familia a reunirnos delante de ti, Padre, se me han vuelto un cansancio, muchas veces ni quiero estar en ellos, o deseo que terminen rápido. No estoy encontrando deleite en ellos. Señor, yo que debería no negarte delante de los hombres, reconozco que soy un cobarde, pues muchas veces accedo a los que ellos dicen por no perder algo de esta tierra. Me estoy dejando dominar de las cosas, me estoy comportando como si fuera un muerto espiritual. Señor ten piedad de mí, necesito que derrames tu gracia de manera abundante sobre mí. Sácame de este estado de miseria en el cual no encuentro paz, solo incertidumbre, en el cual estoy siendo piedra de tropiezo para otros, corriendo el riesgo que tu nombre sea blasfemado. Señor, fréname en mi locura y haz conmigo lo que quieras, pero restáurame. “Oh, mi Señor, sé propicio a mí, pecador”

Oh Dios, restáuranos; haz resplandecer tu rostro, y seremos salvosSal. 80:3

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