Zabulón y NeftalíCC BY icon.svg

Pensando en la Navidad. Zabulón y Neftalí

Estos no son nombres muy comunes ahora, ni tampoco eran muy sobre salientes las dos tribus de Israel que llevaban sus nombres. Pero, setecientos años antes de Jesucristo, el profeta Isaías anunció que tendrían un privilegio muy grande cuando Jesucristo viniera.

“Tierra de Zabulón y de Neftalí,… el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz y los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció”. Se cumplió lo anunciado cuando Jesucristo vino al mundo y puso su centro de operaciones en Capernaum, ciudad marítima de la tierra de Zabulón y Neftalí, la Israel actual. Él mismo decía; “Yo soy la luz del mundo”.

¡Feliz Navidad! El cambio anunciado es una realidad para todo aquel que reciba a Jesucristo Salvador. Las tinieblas se cambian en luz, y la muerte se cambia en vida. De tal manera amó Dios al mundo que dio a su unigénito Hijo. Este Dios es el Dios que da, y la navidad en memoria de su envío, es tiempo de regalos. “Toda buena dadiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”. Este texto de la Biblia habla de Dios como propenso a regalar. Lo que regala es bueno. Dios es el “Padre de las luces”, es decir, es el Hacedor y Dador de lo que ilustra, vivifica, y deleita. Es constante en su bondad. Aun cuando en justicia tiene que castigar, no obstante es pronto para restaurar.

“Venid volvamos al Señor. Pues Él nos ha desgarrado, y nos sanará; nos ha herido y nos vendará. Hagámoslo. Volvámonos al Padre de luces. Es tiempo de Navidad, tiempo de luces. Dios tiene poder para iluminar, pues fue Él quien creó las grandes lumbreras en el principio. ¡Cómo alegra la luz del sol! De la misma manera, Pablo escribió de otra iluminación: “Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo”.

Tiempo de regalos, tiempo de luces, de esto habla la navidad ¡Cómo nos hace falta! Nuestro pecado nunca ha hecho separación entre nosotros y nuestro Dios y andábamos como en tinieblas. No sabemos qué hacer con tanta pobreza, corrupción, y angustia. Los dirigentes de las naciones afanosamente buscan soluciones, y fracasan. Tan pronto se calma una crisis, brota otra. Las inundaciones y las sequías, las tempestades y los temblores… todo nos mantiene en suspenso. La violencia y el odio le siguen; cada cual busca lo suyo. Es el fruto de nuestra desobediencia.

El regalo que celebramos es el mismo Hijo de Dios que el Padre dio para ser el Salvador. Y el hijo se ofreció a sí mismo a Dios, dio su vida en rescate por muchos. Dio lo exigido para el perdón de pecados; es decir, satisfizo la justicia de Dios al morir en lugar de su pueblo. Tomó sobre sí el pecado y la muerte, y regala a los suyos (es decir, a los que el Padre le dio) su propia justicia. Con ella anotada en su cuenta con Dios, ellos gozan de absolución. Pero, el Padre de luces da otra cosa a los escogidos: “En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos las primicias de sus criaturas”. Da vida espiritual para que uno pueda creer en Jesucristo. Si bien esto es para los escogidos solamente, sin embargo Cristo lo ofrece a todos; y como nadie sabe si es de los escogidos o no, sino hasta creer, lo inteligente es aceptar su invitación a venir a Cristo, con la promesa de ser recibido si lo hace. En paz con Dios, lo demás tiene su oportuno arreglo.

Los mejores deseos navideños de sus vecinos.


Volver