
Raúl, el canibal, le preguntó a Moisés sobre cómo le había ido en la reunión con la profesora Sofía. Moisés aprovechó para invitarlo a que fuera también, ¿será que Raúl ira a la próxima reunión?
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Los diez mandamientos. Historia para niños - 11 parte
Moisés, dirigiéndose hacia las cuevas y llevando en su mente el deseo de querer llevar a Raúl, el Caníbal, a la reunión, pasó cerca del lugar en donde vendían comidas rápidas. Pero antes de mirar hacia la caseta, vio a los muchachos grandes a los cuales él les escondía lo robado para que la policía no les pudiera hacer nada.
Ellos estaban rodeando el lugar para robar a los que estaban comprando la comida. Moisés miró hacia la caseta y vio que ahí estaba el señor que le había regalado la empanada y la gaseosa.
Pensó:
—Uy, ¿qué hago? Si no le ayudo a esos manes, después me cascan, me pegan. Pero si les ayudo, uy, esos manes van a robar a ese señor que me ayudó. ¿Qué hago? Piense rápido, Moisés, piense rápido.
Moisés se hizo el que no había mirado a los muchachos. Se acercó, igual que la semana anterior, extendió la mano como pidiendo, pero en cambio de pedir, dijo:
—Señor, no mire para ningún lado, escuche. Cuidado, que lo quieren robar. Yo estoy extendiendo la mano para que ellos piensen que le estoy pidiendo algo. Pilas, viejo, esos manes son rápidos.
El señor, sin mirar para ningún lado, le dio el sándwich que estaba comiendo, y Moisés se alejó de manera natural, como si no supiera de los muchachos.
Al llegar a las cuevas, Raúl, el Caníbal, le preguntó:
—¿Cómo le fue, chino? ¿Qué tal la reunión?
Moisés quedó sorprendido porque Raúl le preguntaba sobre las reuniones.
Le respondió:
—Bien, hermano, fue muy bacana la reunión. Hermano, si yo le pido algo a usted, ¿no me casca?
Raúl lo miró fijamente, retrocediendo unos dos pasos como en señal de defensa, y preguntó:
—¿Y qué quiere?
Moisés dijo:
—Tranquilo, hermano, tranquilo, no es nada malo. Es que quiero que usted me acompañe a la próxima reunión.
Raúl, al escuchar el pedido, bajó la guardia y dijo:
—Y yo pensé que me quería pedir que le dejara ver la revista. Hermano, déjeme digerirlo, ¿listo?
En ese momento entró Carlos, el Lagarto, corriendo y diciendo:
—Ñeros, ñeros, cogieron al Rinrin y su gallada.
Raúl preguntó:
—¿Qué pasó?
Carlos dijo:
—Allá en el parque, en Las Nubes. Esos manes fueron a atracar a toda la gente que estaba comiendo en ese puesto de comidas rápidas, pero a los manes que intentaron robar eran unos tiras, unos polochos. Hubo hasta tiros, dicen; no se sabe si le dieron a alguno. Dice la gente que esos manes tenían azotado ese lugar y que desde hacía días la policía los estaba esperando.
Moisés sintió un frío en su estómago y, al mismo tiempo, se sintió culpable. Pensó:
—Esos manes están ahora en la cana por mi culpa.
Pero luego pensó:
—Pero no podía dejar robar a ese man tan bacano que me dio comida.
Su mente daba vueltas, pues por un lado se sentía culpado, pero por otro lado sentía una sensación de alivio de no haber dejado robar al señor generoso.
Raúl le dijo:
—Chino, lo noto pensativo. Ah, ya, usted está así es porque a esos manes es que usted les escondía los robados, ¿sí o no? Y ellos después le daban algo, ¿no es verdad? Pero no se preocupe, chino, ahora es conmigo.
La verdad, Moisés nunca había visto a Raúl metido en robos, pero siempre tenía algo. Entonces pensó:
—¿Será que este man está metido con drogas? ¿En qué camella ese man? ¿Y ahora en qué cosa me irá a meter?
En esos días, Raúl le daba de la comida que traía y Moisés no tenía que preocuparse por esa parte; solo le preocupaba si llegaban a descubrir que fue él quien alertó al señor que iban a robar.
Y al mismo tiempo, en su cabeza había un dilema: si lo que había hecho estaba bien o estaba mal.
El día de la reunión, cuando fue a buscar a Raúl para que fueran juntos, Raúl ya no estaba. Se sintió triste por ello, y luego de medio bañarse en el chorro y colocarse la ropa menos sucia, se dirigió a la reunión.
Al llegar, la profesora Sofía ya había iniciado. Había orado, había cantado el coro Quiero yo obedecer y estaba haciendo un repaso de los mandamientos.
Decía:
—Niños, ya aprendimos que el primer mandamiento ordena no tener otros dioses delante de Dios, que el segundo mandamiento ordena no hacer imágenes ni rendirles culto. Aprendimos también que el tercer mandamiento ordena no tomar el nombre de Dios en vano, que el cuarto ordena guardar el día del Señor, que el quinto ordena honrar a los padres. Aprendimos que el sexto mandamiento ordena no matar y que el séptimo ordena no cometer adulterio.
—¿Lo recuerdan? Bueno, hoy vamos a estudiar un poco sobre el octavo mandamiento. ¿Cuál será?
Mostrando una lámina, pero al mismo tiempo abriendo su Biblia en Éxodo 20:15, leyó:
—No hurtarás.
—Niños, ¿ustedes saben qué significa la palabra hurtar?
Todos los niños quedaron en silencio. Finalmente, Walter dijo:
—Profesora, profesora, ¿hurtar no es como cuando uno come mucho algo y no quiere comer más de lo mismo?
La profesora, con una sonrisa, pero respetando la participación de Walter, dijo:
—Gracias, Walter, por tu participación, Walter. Cuando uno come mucho alguna cosa y no quiere comer más de lo mismo, eso se llama hastiar y no se llama hurtar, ¿listo?
Algunos niños rieron porque Walter se equivocó. Entonces la profesora dijo:
—Niños, ustedes no tienen por qué reírse de Walter. Ustedes tampoco saben. Lo que Walter dijo sirvió para aprender algo nuevo. Y si ustedes son inteligentes —algo que creo—, desde hoy van a aprender la diferencia entre hurtar y hastiar ¿No les parece? Walter, muy bien, lo felicito por su participación.
—Niños, todos los niños, no teman preguntar cuando tengan dudas, ni dejen de participar por el temor a equivocarse. Las dudas, niños, nos pueden hacer muchísimo daño. Y el no participar por temor a equivocarse, generalmente, es una manifestación de orgullo. ¿Sabían eso?
—Bueno, niños, pero definamos lo que significa la palabra hurtar. Ella significa robar. Luego, el mandamiento nos está prohibiendo robar, y más ampliamente se está hablando de prohibir todo tipo de deshonestidad.
—Vamos a repetir el mandamiento, todos conmigo, No hurtaras.
—Éxodo 20:15. Muy bien, niños.
Moisés dijo para sí:
—Hoy va a ser otra trilla. Si no me he salvado de los otros mandamientos, de este menos.
Dijo la profesora Sofía:
—Vamos a escuchar sobre algunas cosas, solo algunas; son muchas, pero vamos a escuchar sobre algunas cosas que implica la desobediencia del octavo mandamiento de “no hurtar”. ¿Están listos?
Los niños respondieron:
—Sí, profesora.
La profesora dijo:
—Hurtar o robar es cuando nos apropiamos de aquello que Dios no nos ha dado a nosotros. Cuando robamos una moneda, cuando cogemos un dulce, una fruta, un lápiz, una hoja de cuaderno o cualquier cosa, por insignificante y sin valor que sea, si Dios no nos la dio y nosotros cogemos eso, eso se llama robar. Ah, pero muchos piensan que si cogen cosas que tienen poco valor, eso no es robar. Niños, delante de Dios lo es.
—Bueno, pero también somos ladrones cuando somos cómplices del que roba, ¿sabían? Puede que la persona no haya metido directamente la mano, pero por apoyar al que está robando es igualmente culpable delante de Dios.
—¡Ay, Moisés! —dijo para sí—. Moisés, estás perdido, hermano, pues has robado y has sido cómplice de los malandros muchas veces.
Dijo la profesora, siguiendo en su explicación:
—Somos ladrones cuando queremos tener sin querer trabajar. ¿Saben, niños? Dios dice que el que no quiera trabajar, que tampoco coma.
—Yo sé que ustedes son niños y que los que trabajan para dar la comida son los papás, pero cuando no ayudamos en casa en lo que podemos, nos estamos comiendo el pan de balde. Estamos siendo deshonestos.
Moisés se preguntó:
—¿Eso también es errata? Y yo que solo quería que mis papás me dieran y que no me exigieran nada.
La profesora continuó:
—Somos ladrones cuando hacemos mal un trabajo. Nadie puede hacer un trabajo perfecto, es verdad, pero hay personas malintencionadas que, a propósito, hacen mal lo que se les ordena hacer, ¿sabían? Conozco la historia de un jovencito que buscó trabajo. Le dieron la labor de desyerbar un lote que estaba lleno de pasto. El muchacho, por la pereza, cortó solo las orillas y arrojó el pasto cortado sobre lo que no había cortado, para que se viera que todo estaba desyerbado. ¿Y saben qué hizo después? Fue y cobró el salario.
—Ya terminé mi trabajo—
El señor que le dio el trabajo le dio el dinero acordado. Ah, él se creyó experto por haber hecho esto, pues recibió el salario completo. Pensó que había ganado. Pero el señor se dio cuenta, y por eso después ese jovencito, por deshonesto, nadie lo llamaba para trabajar.
—Bueno, pero también somos ladrones cuando no actuamos honestamente en las tareas y evaluaciones de la escuela.
Ah, todos los niños miraban a la profesora; seguramente muchos habían hecho copialina, ¿no ves?
Y dijo la profesora:
—Es decir, cuando no hacemos las tareas de la escuela y después las copiamos de otros. También cuando no estudiamos y, en el momento de la evaluación, buscamos copiar de otro compañero o mirar el cuaderno. Pero también, pero también, escuchen niños: los papás que les hacen la tarea a los hijos o pagan para que sus hijos saquen buenas notas y no pierdan el año, son deshonestos y están estimulando la deshonestidad de sus hijos. Además, están impidiendo que su hijo salga de la ignorancia.
—Pero también somos deshonestos cuando, al vender, cobramos más de lo que sería justo. Sí, o cuando compramos algo y no pagamos lo que es justo.
Entonces Cristian levantó la mano y dijo:
—Profesora, profesora, un día mi abuelito llegó de la finca y trajo varias cajas de mandarina. Él me dijo que le gustaría, además de las mandarinas, darme un regalo, pero que no tenía plata. Entonces me dijo: “Mijo, si quiere, coja dos de esas cajas de mandarina que están ahí y véndalas, y la platica es para usted, ¿listo?”.
—Ay, yo quedé muy contento y le agradecí a mi abuelo.
Entonces coloqué las dos cajas de mandarina en una carretilla y me fui para donde doña Roberta, una señora que vende frutas. Cuando le ofrecí, comenzó a hablar mal de las mandarinas, profesora, pero las mandarinas estaban lindas y grandes. Dijo que estaban viejas, que estaban muy maduras y, ¿sabe?, finalmente me dijo que me daba cinco mil por cada caja.
Y como yo no sabía los precios, pues acepté. Pero después de unos días entré a comprar una fruta para mi refrigerio y vi, profesora, las mismas mandarinas. ¿Y sabe? Cada mandarina la señora Roberta la estaba vendiendo por dos mil, ¡y una caja tiene muchísimas mandarinas!
La profesora dijo:
—Ah, Cristian, muy triste, ¿verdad? Pero lo peor, ¿sabes qué es? Es que generalmente ese tipo de personas no creen que son ladrones, sino que son buenos negociantes.
—Bueno, también robar es cuando saco prestado dinero y no pago, o saco algo prestado y lo devuelvo dañado o no lo devuelvo. La Biblia dice en el Salmo 37: “El malvado toma prestado y no paga”.
—Niños, hay otra forma de robar que muchos no perciben, y es cuando una persona no enseña la verdad. Pero como este tipo de deshonestidad tiene todo que ver con la mentira, la dejaremos para cuando estudiemos ese tema.
—Bueno, niños, hay muchas más maneras de ser ladrones, pero espero que estas sean suficientes para hacernos ver que hemos sido deshonestos, que hemos pecado contra el octavo mandamiento que dice: “No hurtaras”. ¿Están de acuerdo que esto es verdad?
Los niños respondieron tímidamente:
—Sí, profesora.
Moisés, cuando percibió que la reunión estaba terminando, salió, y ya en la calle dijo:
—Uy, esta fue la peor de todas las palizas. Salí lleno de chichones. ¡Moisés, tú eres más malandro de lo que pensabas!
Pasó por el parque de las nubes, pero ya no vio más al señor que le dio la empanada.
—¿Qué pasaría con ese señor? Me gustaría encontrarlo nuevamente.
En ese momento, alguien colocó la mano en el hombro de Moisés, y cuando volvió a mirar, era un policía. Moisés quedó paralizado.
¿Qué pasará con Moisés? ¿Qué le hará el policía a Moisés? Bueno, si Dios quiere, en la próxima lección lo sabremos.
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