
Mientras Moisés piensa si está haciendo bien o no, llega a descansar, y lo roban. Eso le da ira y quiere vengarse, pero no lo puede hacer. Al otro día, en la clase sobre los mandamientos, escucha sobre el sexto mandamiento. Es mucho lo que tenemos que aprender al respecto.
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Los diez mandamientos. Historia para niños - 9 parte
Moisés, en su regreso a las cuevas, pensó bastante en todo lo que significaba deshonrar a sus padres. Trató de contar las veces que les desobedeció, las veces que gritó especialmente a su mami, las veces que les robó, las veces que pudo ayudar a sus padres y no lo hizo, las veces que vio a su mami llorar al ver su rebeldía y cómo a él no se le daba nada.
Trataba de contar, pero siempre, siempre perdía la cuenta.
Dijo para sí:
—Ah... he sido muy, muy remalo con mis papitos.
Al llegar a las cuevas, unos niños mayores que él le dijeron:
—chino, denos esa cobija que tiene ahí.
Moisés dijo:
—¿Qué les pasa? Esa cobija es mía. Búsquenla de ustedes.
Al escuchar eso, aquellos niños comenzaron a golpear a Moisés y finalmente le robaron la cobija.
Moisés, llorando del dolor, pero también de la rabia, dijo —dijo así para él—:
—Es perniberal lo que les hago. No me quedo con esa.
En la noche solo pudo arroparse con unos cartones, y pensaba y pensaba en cómo se vengaría de aquellos niños.
Ya bien tarde, se levantó con mucho cuidado, cogió unas piedras y se dirigió hasta el lugar en donde los niños estaban durmiendo.
Cuando fue a lanzarles las piedras, Raúl, al que llaman el caníbal, le dijo, procurando no hablar duro:
—No, chino, no lo haga. Esos manes andan armados y lo pueden dañar, y hasta pasar al papayo. Tranquilo, pelado, yo le presto una de las mías. Tengo varias.
Moisés se detuvo, pero en su corazón siguió pensando cómo se vengaría de los ladrones de su cobija.
En el día de la reunión llegó Moisés, como siempre tarde, pero la profesora ya había orado y ahora estaba cantando el coro:
Quiero yo obedecer.
—Imagino que ustedes ya lo aprendieron, ya lo saben, ¿verdad? —dijo la profesora—. Entonces, ¿qué tal si lo cantamos con los niños de la escuela, ya de la clase que tiene la profesora Sofía? ¿Listos? Bueno...
Quiero yo obedecer, a Dios siempre obedecer.
Él es bueno, él es fiel, debo yo obedecer.
Quiero yo obedecer, a papá obedecer.
Dios lo dice bien, lo sé, yo sí le obedeceré.
Quiero yo obedecer, a mamá obedecer.
Ella quiere mi bien, le obedezco yo también.
La profesora dijo:
—La semana pasada hablamos un poco sobre el quinto mandamiento, honrar a los padres.
—Niños, hoy vamos a meditar algo sobre el sexto mandamiento. Está en Éxodo 20:13. Dice: “No matarás”.
—Está muy fácil para memorizar, ¿verdad? Bueno, entonces repitan todos: Éxodo 20:13.
—No matarás.
—Muy bien, niños. Ahora les quiero preguntar: ¿alguno de ustedes ha matado?
Los niños respondieron:
—No, profesora.
Preguntó nuevamente la profesora:
—¿Están seguros?
Los niños respondieron:
—Sí, profesora.
La profesora dijo:
—Bueno, niños, entonces después de escuchar algunas cosas, les voy a volver a preguntar si ustedes han matado.
—Ahora vamos a estudiar un poco en qué consiste matar. En primer lugar, matar significa quitarle la vida a otra persona. En la Biblia hay historias dolorosas en donde algunas personas malas les quitaron la vida a otros.
—¿Recuerdan a Caín? —preguntó la profesora.
Él no soportó que Dios no aceptara su ofrenda y que la de Abel, su hermano, sí fuera aceptada. Caín, por ello, odió a Dios; pero como no podía hacerle nada a Él, decidió derramar toda su rabia contra el que Dios amaba, es decir, contra Abel.
—¿Y qué hizo? —preguntó la profesora—. Lo mató.
Ana preguntó:
—Profesora, ¿Caín mató a su propio hermano? ¡Qué cosa más terrible!
La profesora dijo:
—Sí, Ana, muy triste, muy terrible. Más les quiero contar algo también muy, muy triste.
Resulta que, como las personas no conocían al verdadero Dios, ellos se inventaron dioses y los resultaron adorando. A esos dioses que ellos se inventaron se les atribuían las cosas buenas que recibían, pero también las cosas malas.
—Niños, ¿saben qué hacían muchos adultos para tratar de mantener a esos supuestos dioses calmados? —preguntó la profesora—. Bueno, pues para mostrar su fidelidad, sacrificaban a lo que más querían.
—¿A quiénes? —continuó—. A sus propios hijitos.
—¿Saben qué hacían? Echaban a sus hijitos vivos a hornos de fuego para adorar a sus dioses, para calmar a sus dioses.
Rosita, colocándose sus manitas en la cara, dijo:
—¡Qué horror, profesora! ¿Cómo se les ocurría a esos papás hacer tanto daño a sus niñitos?
La profesora dijo:
—Rosita, cuando no se adora al verdadero Dios, las personas hacen cosas muy malas pensando que son buenas. —Por ejemplo —dijo la profesora—, escuché de un misionero que trabaja en la selva que muchos papás indígenas entierran a sus hijos vivos.
—¡Dios mío, qué miedo! Menos mal que yo nací en la ciudad —dijo Rosita.
La profesora, mirando a Rosita con ternura, le dijo:
—Aquí en la ciudad las personas matan a más niños que en la selva. ¿Sabes? Miles de jovencitas que quedan en embarazo lo ven como un problema, y la “solución” para salir de ese supuesto problema es practicándose un aborto. Las personas voluntariamente no quieren entender que, desde que se une la semillita del papá con la semillita de la mamá, ese ser que se forma, aunque sea bien, bien, bien pequeñito, ya es un ser humano. Así que cualquiera que mate a ese pequeño, a ese pequeño ser, está matando a un ser humano.
Los niños estaban muy atentos. Nunca antes habían pensado en niños siendo muertos. Siempre veían en la televisión a jóvenes y adultos, pero casi nunca se hablaba de niños, menos de aborto.
Dijo la profesora —En segundo lugar —continuó—, matar también es odiar.
Y mostrando una hoja, dijo:
—En primera carta de Juan 3:15 dice: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida, y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”.
—¿Recuerdan que hablamos de Caín? —preguntó la profesora—. ¿Qué fue lo que llevó a este hombre a matar a su propio hermano?
El camino a la muerte de su hermano se inició cuando él, rebeldemente —es decir, Caín—, ofreció a Dios lo que él quería y no lo que Dios ordenaba. Esto, obviamente, produjo un rechazo de parte de Dios, y al ser rechazada la ofrenda, se manifestó el odio de Caín contra Dios. Pero, como dijimos, no pudiendo hacer nada contra Dios, desvió sus ojos de odio hacia el que Dios amaba, es decir, hacia Abel. Sin duda, niños, el odio contra Abel se debía a la envidia de saber sobre la aceptación de Dios.
—¿Y ese odio lo condujo a qué? —continuó—. A maquinar, a maquinar. Y aparentando, cierto día, amistad para con su hermano, lo invitó a salir al campo; y estando allí, en el campo, ¿qué hizo? Le dio muerte.
Moisés estaba atento, y recordando el odio que tenía contra los que le robaron la cobija, preguntó:
—Profe, Caín no tenía razón para sentir odio contra Abel, pero... ¿y si a uno le hacen cosas malas? Ahí sentir enojo, imagino que no es malo.
La profesora Sofía dijo:
—Sentir odio contra los demás, sea por envidia o porque los demás nos han hecho lo malo, es homicidio. Eso es malo. Sí, es muy malo, Moisés.
Moisés se rascó la cabeza, no dijo nada, pero pensó:
—Eso es injusto.
Dijo la profesora:
—Ahora, niños, si odiar es homicidio, entonces todo lo que se haga como consecuencia de ese odio es homicidio.
—¿Qué cosas? Insultar es homicidio, buscar vengarse es homicidio, agredir física y verbalmente, eso es homicidio. Todo eso es matar.
—Entonces, les vuelvo a preguntar: ¿sí han matado?
Todos los niños, recordando que han peleado con sus hermanitos, que han insultado a otros, que han buscado vengarse, movieron su cabeza afirmativamente.
Siguió la profesora:
—En tercer lugar, niños, matar es también hacer cosas por divertirse que puedan dañar o incluso matar a otras personas. Les quiero contar una historia.
Un día, unos niños colocaron una cuerda en el camino para que, cuando las personas pasaran, se enredaran y cayeran. Cuando veían que alguien caía, los niños que estaban escondidos se carcajeaban. Muchos, al caer, se rasparon; otros se golpearon la cabeza.
—Ah, niños, pero hubo una señora de bastante edad quien, al caer, se fracturó su bracito y una pierna, además de golpearse la cabeza.
—¿Y qué pasó? —preguntó la profesora—. La señora fue hospitalizada y, a los pocos días, murió.
—¿Niños? —continuó—. Esos niños solo pensaban en divertirse, pero hay ciertas diversiones que atentan contra la seguridad de otros.
En este caso, esos niños, aunque ni pensaban que alguien podía morir, son culpables delante de Dios por la muerte de esa señora.
—¿Han hecho cosas por diversión que le han hecho daño a otros? —preguntó la profesora.
Cristian dijo:
—Profesora, qué vergüenza, pero quiero decirlo, porque sé que otros lo han pensado hacer y es peligroso. Resulta que un día que mi hermano se iba a sentar, le quité la silla y él, al caer, golpeó su cabeza contra la esquina de una mesa. Al comienzo reí, pero luego que lo vi bañado en sangre pensé que mi hermanito iba a morir por mi culpa.
—Aunque mi papá me dio una paliza, me castigó, me disciplinó, ah... mi dolor mayor era saber que mi hermano podía morir por mi culpa. Él vivió, sí, pero el tiempo que estuvo en el hospital fue un martirio para mí. Yo reconozco por ello, profesora, que sí soy homicida —dijo Cristian.
La profesora dijo:
—Cristian, gracias por tu sinceridad, por tu testimonio. Niños, hay seguramente muchas más formas de ser culpable del pecado de matar, pero quisiera hoy decir, por último, como una cuarta parte, de lo que es matar. Quisiera decirles que, cuando despreciamos a alguien, también estamos matando. Cuando consideramos a alguien inferior a nosotros, estamos matando. Santiago, en su carta, en el capítulo 2, dice que, lamentablemente, muchos, al llegar a la congregación, ven dos tipos de personas: un rico y un pobre. Al rico lo tratan muy bien: “Venga, siéntese aquí adelante”, lo acomodan de la mejor manera, lo atienden a las mil maravillas. Pero al pobre lo desprecian: “Siéntese usted allá”. Él dice que eso es acepción de personas y, más adelante, muestra este pecado como el pecado de matar.
Nazario dijo:
—Profesora, en mi barrio hay una señora de nombre Atalía Pava. Ella vive en la mejor casa, pero, profesora, ella nos mira como sintiendo asco de nosotros porque somos pobres. Ah, pero en cambio, a los que ve que tienen plata, los trata con mucha amabilidad. ¿Ella entonces está matando?
La profesora dijo:
—Si lo que me estás contando es cierto, entonces la señora sí está matando con esa forma de actuar. Niños, pero quizá ustedes también, en el colegio o en la escuela, estén despreciando compañeritos de pronto porque ellos tienen defectos físicos o porque no se visten bien como otros. Incluso, de pronto, se unen a otros para burlarse y hacerle daño a ese tipo de niños. Esto es matar. Ahora nuevamente les pregunto: ¿de acuerdo a la explicación, si hemos matado, o peor aún, estamos matando?
Los niños no podían negar. Por ello movieron su cabeza indicando que sí.
La profesora entonces oró con los niños y dijo:
—Ahora vamos a cantar el coro “Quiero yo obedecer”. Cantemos.
Quiero yo obedecer, a Dios siempre obedecer.
Él es bueno, él es fiel, debo yo obedecer.
Quiero yo obedecer, a papá obedecer.
Dios lo dice bien, lo sé, yo sí le obedeceré.
Quiero yo obedecer, a mamá obedecer.
Ella quiere mi bien, le obedezco yo también.
Y mientras cantaban el coro, Moisés, como siempre, llegó de últimas y ahora sale de primeras.
Y dijo para sí:
—Ah, entre más vengo a esta reunión, más malo me siento. En todos los mandamientos que la profesora Sofía ha enseñado no me he salvado de ninguno. Ah, eso como que es mejor no volver. Nunca hablan nada bueno de uno.
—
Bueno, niños, ahora entonces, después de ustedes haber escuchado esta lección, les quiero preguntar: ¿sí somos homicidas? Piensen bien en esta lección, que es sumamente importante.
Pero también otra pregunta: ¿será que Moisés desistirá de las reuniones? Eso lo sabremos, si Dios lo permite, en la próxima lección.
Un feliz día.
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