
El niño Moisés le quiso ayudar a una viejita, explicándole que de nada sirve adorar a un dios que no es, pero no le fue muy bien. Sin embargo, volvió a las reuniones, y aprendió muchas cosas del tercer mandamiento.
Clic en la imagen para descargar la página para colorear.
Los diez mandamientos. Historia para niños - 5 parte
Niños, Moisés llegó al pie de la montaña con el anhelo de encontrar al señor que subió arrodillado, ¿recuerdan?
Pero sabía que ya no estaría allí, porque fue el día anterior que lo vio.
Ah, pero se dio cuenta de que una viejita, apoyada en su bastoncito, con demasiada dificultad procuraba subir hasta donde estaba la imagen.
Moisés, sabiendo ahora que eso no era necesario y que además ofendía a Dios, dijo para sí:
—Le diré a esa pobre viejita que lo que está haciendo no le sirve de nada.
Le dijo:
—Señora, abuelita, lo que está haciendo no te sirve de nada. Solo te haces daño. ¿Sabes por qué? Porque el segundo mandamiento de Dios dice que no nos debemos hacer imagen ni semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en el mar debajo de la tierra, y que no debemos inclinarnos delante de ellas ni honrarlas. Entonces, a Dios no le agrada lo que la señora está haciendo.
Moisés pensó que la señora le agradecería, que reaccionaría de la manera correcta.
Ah, pero la viejita lo miró con furia, y con el bastón trató de golpearlo. Le gritó con ira:
—¡Chino endemoniado! ¡Miserable gamín! ¡Más bien vaya a bañarse en vez de cermirme de piedra de tropiezo para que yo no cumpla lo que le prometí al Señor Arrodillado!
Ah, ¿no será que quieren más bien robarme?
Moisés quedó sorprendido y hasta con miedo, y por ello prefirió no decir nada más a nadie de los que subían a la montaña.
Pero una cosa pensaba: en las promesas que las personas hacían.
Cuando Moisés llegó a la reunión, el día de la reunión, la profesora tenía en su mano, escrito en letra grande, el tercer mandamiento.
Moisés, procurando no llamar la atención, se sentó juicioso como siempre en la última banca.
Pero la profesora dijo:
—Moisés, buenas tardes. Me alegra mucho tenerlo aquí nuevamente.
Moisés, sonriendo, la miró.
Siguió la profesora:
—Hoy vamos a hablar un poco del tercer mandamiento.
El tercer mandamiento está en Éxodo 20:7 y dice:
“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.”
—Pero, ¿qué será eso de no tomar el nombre de Dios en vano, niños?
—Voy a hacer unos sonidos y ustedes me dicen de qué estoy hablando. ¿Listos?
Sofía entonó la música de bodas y preguntó:
—Vamos a ver cómo fue… ¿De qué se trata?
—¡De las bodas! ¡Del matrimonio! —respondieron los niños.
—Cierto, muy bien.
—Pues bueno, niños, cuando una parejita se casa, el esposo y la esposa juran en el nombre de Dios ser fieles, estar en las buenas y en las malas, tratarse de la manera correcta, etcétera, hasta que la muerte los separe.
—Niños, jurar el nombre de Dios en vano es incumplir todo lo que juraron.
Muchos solo aceptan las cosas buenas, pero cuando vienen los problemas se pierden el respeto, muchos son infieles, se quieren separar, y muchos tristemente se separan.
Nazario levantó la mano y dijo:
—Profesora, profesora, ahora entiendo. Es que un día me quedé en la casa de mi tío, y en la noche me desperté y escuché que él y la esposa estaban discutiendo duro.
Ella le decía: “Tú no estás cumpliendo con tus votos, solo me gritas y también me maltratas.”
Y él respondía: “Pues tú tampoco estás cumpliendo con tus votos, mujer, porque casi todos los días, cuando llego, solo escucho cantaletas. Si llego temprano, si llego tarde o incluso si llego a horas… Eres, mujer, como una gotera en la cama en tiempo de invierno.”
—Profesora, yo no entendía eso de “votos”, pero ahora sé que se trata de lo que juraron en el nombre de Dios… y ellos no cumplieron.
—Muy buena aplicación, Nazario —dijo la profesora—. Ahora escuchen…
(Sigue…)
La profesora entonó la música del himno nacional y preguntó:
—¿De qué será que se trata? ¿De qué estaremos hablando?
—¡De los soldados! Porque yo los he visto a ellos marchando —dijo Anita.
—¿No se está hablando, por casualidad, de los que gobiernan? —preguntó Perla.
—Exactamente, Anita. Muy bien, Perlita. Así es —respondió Sofía.
—Pues bueno, sepan que todas las autoridades juran cumplir fielmente sus deberes.
Juran cumplir la Constitución, prometen actuar para ser justos, etcétera.
Pero cuando ellos no lo hacen, están jurando el nombre de Dios en vano.
—¿Pero por qué ellos juran y después no cumplen?
—Ah, porque si no juran, no se pueden posesionar.
De la misma manera, cuando un hombre y una mujer se casan, si no juran, pues no los casan.
La mayoría solo está interesada en el puesto, y no en cumplir sus deberes.
Y en el caso del matrimonio, la mayoría solo piensa en lo que el otro le puede dar, y no en lo que él tiene que dar.
Eric dijo:
—Profesora, mi tío Juan… mi tío Juan pertenece a la Fuerza Aérea. Él es un piloto muy bueno.
Mi papá dice que él no entró a la Fuerza Aérea por fama ni dinero, que él está ahí porque ama la patria.
Mi tío dice que él cumple lo que juró.
—Pero en cambio —dice él—, tengo un primo que se hizo elegir para una junta comunal.
Habla muy bonito, pero no cumple todo lo que prometió en campaña.
Entonces él sí está jurando el nombre de Dios en vano, ¿verdad, profesora?
—Así es, Eric. Gracias.
—Ahora no voy a hacer sonidos. Ahora voy a hacer unos movimientos, y ustedes me dicen de qué se trata. ¿Listos?
Sofía hizo los movimientos de una persona jugando básquetbol.
—¡Ah, de básquetbol! —dijeron los niños.
—¡Campeonatos deportivos! —dijeron otros.
—Exactamente —dijo la profesora—.
Cuando se celebran campeonatos deportivos, antes de iniciarlos se hace un juramento: para ser leales, para guardar las normas del campeonato.
Cuando los jugadores las incumplen, están jurando el nombre de Dios en vano.
Ana dijo:
—Profesora, en mi escuela hubo un campeonato de básquetbol, y el director del campeonato hizo jurar a las jugadoras, así como dijo la profesora.
Pero en el juego, una niña que no sabía perder, cuando otra niña del otro equipo cogió el balón en un rebote y se fue solita a hacer la cesta… ¿saben qué hizo esa niña mala?
—¡Le colocó el pie!
—La otra niña, pobrecita, se cayó.
Se raspó las manos, las rodillas y hasta la cara.
—Cuando el juez sancionó a la niña mala… ¿saben qué hizo ella?
—¡Se fue encima del juez a pegarle! Y la expulsaron del campeonato.
—Tristemente, Ana, la mayoría de personas no ven el juramento más que como un simple cumplido.
Pero no se dan cuenta de que al jurar se están comprometiendo delante de Dios a cumplir.
No se dan cuenta de que Dios no dará por inocente al que tomare su nombre en vano.
La profesora, luego de hacer una pausa, dijo:
—Niños, tomar el nombre de Dios en vano también es cuando juramos para evitar un castigo o para conseguir algo.
—Cuando yo era niña, mi papi —para ilustrar esta parte— me dijo que cuando él era niño fue muy travieso.
Y, como es lógico, esto hacía que mi abuelita lo disciplinara continuamente.
Pero que un día se le ocurrió, cuando mi abuela tenía el cinturón en la mano para castigarlo, decir:
—“¡Yo lo juro por Dios, mamita, que yo no lo hice! ¡Yo lo juro, mamita, que por Dios no lo hice!”
Entonces mi abuelita se detuvo, pensando que mi papito estaba diciendo la verdad.
Como le dio resultado la primera vez, entonces él siguió haciéndolo de esa manera.
Hasta que un día, mi abuelita se dio cuenta de que no solo había hecho lo malo, sino que estaba usando el nombre de Dios en vano para evitar la disciplina.
Entonces mi abuelita, con mucha firmeza, le dijo:
—“Este castigo es por haber hecho lo malo.”
Y lo castigó, niños.
Y luego, cuando paró ya de castigarlo la primera vez, dijo:
—“Y este otro es por tomar el nombre de Dios en vano.”
Y lo castigó nuevamente.
Y le dijo:
—“Y la próxima vez… ¡va a ser triple!”
Los niños, suspirando y frunciendo el rostro, medio rieron.
Dijo la profesora:
—Pero también hay personas que juran para conseguir algo.
Perla dijo:
—Ah, profesora, mi hermano aprendió la maña de hacer eso para conseguir cosas.
Como mis papitos —pues somos pobres— no pueden darle todo lo que él quiere… ¿saben qué hace él?
Él baja donde los vecinos y a otros lugares a pedir.
—Pero para que le den, se inventa historias, hace que llora y jura el nombre de Dios para que le den.
—Un día fue a un almacén y, mostrando cara triste, pidió dinero porque, según él, “mi mamita estaba enferma”.
—Pero no era verdad. ¡Mi mamita no estaba enferma!
—El señor del negocio le dijo: “¿Es eso verdad? ¿Su mamita realmente está enferma?”
—Mi hermano… ¿saben qué hizo, profesora?
—¡Comenzó a llorar! Y dijo: “¡Yo lo juro por Dios que es cierto! ¡Estamos necesitando el dinero para los remedios!”
—El señor, que conoce a mi mami, le dio el dinero.
—Solo que ese mismo día mi mami fue al almacén y el señor, al verla, preguntó:
—“¿Pero cómo? ¿Y no es que estás enferma? Tu hijo vino a pedir dinero. Juró y lloró que era cierto.”
—Mi mami, avergonzada, pidió perdón.
Y al llegar a casa, disciplinó a mi hermano.
Le hizo ir a pedir perdón y a devolver el dinero.
—Pero como ya lo había gastado, mi mami le dijo que, para pagar lo faltante, dejaría de recibir lo que se le daba para la semana en la escuela.
—Ah… tristemente muchos hacen eso sin pensar que Dios no tomará por inocente al que jurare su nombre en vano —dijo la profesora.
Siguió la profesora:
—Niños, otra forma de tomar el nombre de Dios en vano es jurar por Dios y por otros seres, sea que existan o no.
—Por ejemplo, los israelitas juraban por Dios y por un falso dios llamado Milcón.
Eso está en Sofonías 1:5.
—Dios le ordenó a Israel que, en caso de tener que jurar, solo lo debía hacer por su Dios.
Hacerlo por Dios y por otro ser es colocar a ese ser en el mismo nivel de Dios, o rebajar a Dios a la posición de ese otro ser.
Y Milcón, niños, era un dios falso.
Moisés, escuchando eso, dijo:
—Profesora, una pregunta… ¿y las promesas que las personas le hacen, por ejemplo, al Señor Arrodillado allá del cerro, las deben cumplir?
La profesora respondió:
—Moisés, las personas que van a ese lugar para postrarse, como ese no es Dios, están pecando contra el primer y segundo mandamiento.
Y si juran o prometen, están pecando también contra el tercer mandamiento.
—Si la persona prometió algo a ese ídolo y llega a saber la verdad, la persona por supuesto que no debe cumplir lo que prometió al ídolo.
Eso es pecado.
Pues “el que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado”.
Moisés movió la cabeza afirmativamente.
Entonces dijo la profesora:
—También es tomar el nombre de Dios en vano cuando prometemos algo y no cumplimos.
Puede que no prometamos o juremos usando el nombre de Dios, pero no cumplir, debido a que Él es testigo en nuestra promesa, es tomar el nombre de Dios en vano, niños.
—Niños, ¿saben? Yo ya pequé en esto mucho… especialmente cuando era niña.
—Cuando era niña, yo le prometí a mi mami cambiar, pero siempre terminaba incumpliendo.
—Y lo peor es que no hace mucho, viendo que en la iglesia no había personas que acompañaran con música los himnos, emocionada y sin pensar en el costo, prometí a la congregación que yo aprendería a tocar un instrumento.
—Inicialmente me animé y comencé, pero como no tengo el talento, no aprendí. Me cansé y dejé de lado el instrumento.
—Mi conciencia continuamente me acusaba y reiniciaba nuevamente… pero siempre me canso.
—Niños, sé que lo debo hacer, pero por no haber tenido presente la Palabra de Dios en aquel día, he tenido que sufrir.
Porque bien dice Eclesiastés 5:4–5:
"Cumple lo que prometes; mejor es que no prometas y no que prometas y no cumplas."
—Niños, ¿han prometido cosas y no las han cumplido?
Los niños hicieron un gesto indicando que sí.
—Estoy perdido… —dijo Moisés para sí.
Dijo además la profesora:
—También tomamos el nombre de Dios en vano cuando decimos que somos hijos de Dios, pero vivimos como hijos del diablo.
—Nuestro Señor Jesucristo dice:
“¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’, si no hacéis lo que yo les digo?”
—Ah, niños, los religiosos de la época de Jesús decían que Dios era su Padre. Así lo sentían, y lo creían.
Pero Jesús, al ver su hipocresía, su manera de vivir contraria a las Escrituras y el odio que tenían contra Él, les dijo que el padre de ellos no era Dios, sino el diablo.
Ana dijo:
—Profesora, ¿quiere que le cuente algo?
Imagínese que el tío Roberto ora, él canta himnos, también tiene la Biblia y la lee…
Pero, ¿saben qué hace él?
Él vende licor, él vende cerveza… vende otro licor.
Además, es peleón y grosero cuando alguien le ofende.
Pero él dice que es hijo de Dios.
Entonces… él está tomando el nombre de Dios en vano, ¿verdad, profesora?
La profesora respondió:
—Oh, Anita, sí… tristemente.
Pero el problema aumenta porque, cuando las personas dicen que son hijos de Dios pero viven haciendo lo incorrecto, lo malo…
las demás personas, ¿saben qué hacen?
Se burlan de Dios.
Por último, dijo la profesora:
—Tomamos el nombre de Dios en vano cuando juramos por cosas comunes.
—Nosotros, niños, podemos jurar por asuntos de extrema importancia —como cuando nos casamos, o desempeñamos un cargo— y en otros casos de gran responsabilidad.
—Pero cuando las personas, por ejemplo, por cualquier cosa dicen:
“¡Yo lo juro por Dios que no lo hice!”
“¡Yo lo juro por Dios que sí lo hice!”
“¡Júrelo!”
—Dios dice que nosotros tenemos que ser sinceros.
Que nuestro “sí” sea “sí”, y nuestro “no”, “no”.
No debemos estar jurando por cosas simples.
—Ahora, para terminar les pregunto, niños…
¿Hemos tomado el nombre de Dios en vano?
Todos los niños movieron la cabeza afirmativamente, y Moisés dijo:
—¿Cómo decir que no… si sí?
Pero, como siempre, antes de que la profesora terminara, salió rápidamente para evitar preguntas de la profesora.
—
Niños, con toda sinceridad, después de escuchar algunas cosas sobre el tercer mandamiento, en donde Dios nos ordena no tomar su nombre en vano…
¿Ustedes lo han hecho?
- ♦ -




