Toda la verdad 15

Romanos 6:1‒7:6 es uno de esos párrafos bíblicos difíciles. Entendemos lo suficiente como para regocijarnos mucho en lo que dice: “…Hemos muerto al pecado…” Es decir, el pecado ya no puede condenarnos, y tampoco puede dominarnos; no tenemos que pecar, como era el caso antes de creer en Cristo. (Foto: CMS/Flickr)

Ahora que creemos y nos hallamos por la fe en unión con Cristo, “Sabemos esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado.” Ro. 6:6,7. Y, otra vez escuchamos estas buenas nuevas en el versículo 14: “Porque el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, pues no están bajo la ley sino bajo la gracia.”
 
Pero después de semejantes pronunciamientos de buenas nuevas, llegamos al versículo 11, y nos sorprendemos quizás por las palabras de exigencia: “Así también ustedes, considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” Y, leyendo más, también los versículos 12 y 13 nos exigen obediencia en estas palabras: Por tanto, “no reine el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias ni presenten los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia.” Y, además, los versículos del 15 al 23 ponen sobre el creyente el deber de “servir”. Lea el párrafo, y tome nota de todas las palabras o frases que indican nuestro deber de servir a Dios, y al notar todas estas, tome nota de que es precisamente para servir que el creyente fue libertado, versículos 18 y 22.
 
Invito a que ahora mismo, lea otra vez el texto bíblico desde Romanos 6:1 al 7:6. Con razón ha habido diferentes reacciones a este texto sagrado. Algunos son arrojados de tal forma por el mensaje de liberación, que de allí en adelante toman como deber el no preocuparse más en cuanto a su comportamiento. Sencillamente resuelven “permanecer en Cristo”, y de allí automáticamente, orgánicamente, esperan resultar sin pecar más. Según esta reacción, su deber, si se puede llamarlo deber, es permanecer en Cristo, y esto implica dejar a un lado todo esfuerzo suyo por obedecer a la justicia. Esforzarse en la lucha contra el pecado sería una incredulidad y una ofensa contra Cristo y su gracia. Lo único es dejar de preocuparse para ocuparse de Cristo, esto dicen algunos.

Otros, leyendo el mismo texto, Romanos 6:1‒7:6, reaccionan de manera diferente. Entienden que su situación en todo depende de la gracia libertadora de Dios. Pero, son dominados por los imperativos del pasaje. Son salvos, dicen, para servir, y por lo tanto, su situación ante Dios depende de su propio esfuerzo. Se les olvida prácticamente de que en Cristo son libres, ya justificados por la fe, ya libertados, vivos en y por Jesucristo quien murió al pecado una vez por todas, 6:10. Pasan su vida cristiana tristes y derrotados, porque reconocen que su obediencia no es nunca perfecta; siempre son siervos recargados e inútiles.

¿Qué hacemos para no equivocarnos en este asunto de tanta importancia? Hagamos lo de siempre cuando encontramos enseñanzas que nos parecen encontradas. Recibamos ambas o todas, cada una en la plenitud de su presentación, pues ambas son Palabra de Dios, ambas son la verdad, y para vivir y pensar de manera correcta, tenemos que hacerlo teniendo en cuenta TODA LA VERDAD.
Esta norma, claro, no aclara lo que nos parece una contradicción, pero reconozcamos que como seres finitos y como creyentes en quienes aún mora el pecado, no vamos a comprender completamente y con exactitud “científica” toda la realidad que somos llamados a experimentar.
Tenemos el deber, sí, de entender plenamente todo lo revelado en la Biblia, y en esto debemos esforzarnos. Meditemos, reflexionemos, e investiguemos, por supuesto.

Este escrito no tiene el fin de intentar esclarecer el pasaje en toda su medida, sino hasta donde podemos entender el asunto. Sólo ofrece las siguientes reflexiones: Estando ya por Jesucristo bajo la gracia, no por obras, no bajo la ley, 6:15, resultamos justificados ante Dios, sin condenación. Ya la ley no tiene nada que decir con respecto a nuestra situación legal ante Dios.

Pero, esto no nos libra del deber de ser justos, no nos libra de “la obediencia de la justicia”, 6:16. No es así, pues libertados del pecado, venimos a ser siervos de la justicia, 18. Somos mandados a “presentar nuestros miembros para servir a la justicia”, 19, y el versículo 22, “ahora habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios”. El fruto de esta nueva “esclavitud” resulta en fruto para la santificación, 22.

Nos hacemos la pregunta, ¿cuál es esta justicia referida? La respuesta es que es la justicia de servir a Dios. ¿Cuál servicio exige Dios? Es el de obedecer la ley de Dios. Servimos libremente, sí, pero servimos guiados por lo que Dios mismo nos ha dicho en su ley que le agrada. Él es nuestro punto de referencia. Nos acordamos de las palabras del Señor Jesús: “Si me aman, guarden mis mandamientos”. ¿Estamos aún bajo la ley? ¡No! No, es decir, no en el sentido de buscar justificarnos, pecadores como somos, delante de Dios, pero, sí, bajo la ley en el sentido de servir a Dios, porque obviamente Dios manda que le sirvamos, y justificados por gracia, queremos de corazón hacer lo que Él nos manda.

Es una esclavitud nueva; no estamos libres para actuar caprichosamente, sino para hacer la voluntad de Dios, Mateo 6. Todavía rige el gran mandamiento, el de amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo.

Pero esta nueva esclavitud es una esclavitud bienvenida. ¡Qué maravilloso es servir a Dios, envolvernos en el proyecto de amarle con todo y en todo! ¡Envolvernos en su amor! ¡Servir por amor a quien nos amó primero, nos amó desde antes de la fundación del mundo, nos amó cuando aún éramos pecadores! Sufrimos, lloramos, nos arrepentimos, nos deprimimos cuando pecamos, sí. Pero es porque amamos a Dios, y amándole, nos hemos sujetado bajo la ley suya. Ley perfecta, sí, pero ley perfecta precisamente porque es del Ser amado. No amamos sólo porque queremos amarle, sino amamos porque así Él quiere nuestro amor. Esto, sí, es libertad que esclaviza, o esclavitud que libera, dígalo como le parezca. ¿Temor de Dios? Claro que... sí, a no ser que pierda cuidado en cuánto a cómo agradar a aquel a quien ama su alma. ¿Nos molesta nuestra desobediencia? Claro que nos molesta, pero así amamos aun más a Dios, cuando en seguida recordamos que la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado.
 
 
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