Lutero y Erasmo

La cuestión es si la fe es la clave que permite que Dios salve al hombre, o si es un medio que Dios mismo obra en la persona y por el cual recibe así de gracia la salvación de su alma, por el poder del Espíritu Santo. (Foto: Fondo Antiguo de la Biblioteca.../Flickr)

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Erasmo Criticaba duramente a Lutero, por su insistencia en la exactitud doctrinal. Su crítica fue centrada sobre todo en una doctrina: la necesidad de precisión en cuanto a la voluntad humana, su poder, o más bien, su falta de poder para escoger el bien espiritual. ¡Qué bueno sería que cada maestro cristiano se hiciera el favor de leer la obra que Lutero mismo consideraba (juntamente con un pequeño catecismo que él preparó) su obra más importante, es decir, ¡LA ESCLAVITUD DE LA VOLUNTAD! En español, tenemos una edición que publicó hace muchos años la Editorial La Aurora, de Argentina, y que hace unos pocos años, Editorial CLIE reimprimió. Además de incluir la respuesta de Lutero a Erasmo, esta edición incluye una introducción histórica, otra sobre la obra misma, y comentarios muy valiosos sobre cada capítulo. En este momento, a los 500 años, la abrumadora mayoría, tanto de maestros cristianos y pastores, como de los demás creyentes, da por sentado, como por muy obvio, por una verdad imposible de negar, que el libre albedrío es una realidad establecida por Dios y una que Él mismo se niega a tocar.

Al respecto, R. C. Sproul escribió en una obra suya un capítulo titulado, “La Cautividad Pelagiana”. En este escrito, Sproul muestra que en realidad el asunto del libre albedrío es para casi todos los cristianos una doctrina inexpugnable, pero que va en contra del evangelio como tal. ¿Cómo así que va en contra del evangelio? Dirá alguno. Pues, porque el evangelio, es decir, las buenas nuevas, insiste en que Dios salva, y que salva porque Él quiere y porque el hombre no es capaz, ni siquiera de querer salvarse. Pero, la doctrina del libre albedrío insiste en que Dios nada puede hacer sin el permiso del hombre.

Algunos dirían: “Mire, dejemos esta controversia, pues lo importante es que el hombre llegue a ser salvo, bien sea por Dios, por la persona, o por una colaboración entre ambos. Dios es glorificado en la salvación de la persona. Dejemos de pelear sobre cómo sucede. Sabemos que es por medio de Cristo Jesús y su obra en la cruz. Así que, ¿por qué esta controversia?”

Reflexionemos con respecto a esta manera muy común de pensar. ¿No es importante si Dios recibe o no el reconocimiento total, merecido por la obra suya? ¿Está bien que el ser humano se mire a sí mismo, en alguna medida, como su propio salvador? ¿Está bien que el ser humano tenga confianza en sus propias capacidades espirituales? ¿En realidad las tiene, como para poder ser salvo? ¿No será que si de él depende la decisión crucial de salvarse o no de su condenación, luego también tiene la misma capacidad en asuntos menos importantes? La respuesta a estas preguntas, pensaría alguno, podría ser: “...de todas formas, la persona se salva, pensando (con razón o sin razón), que era por su propia decisión, pero que, sí, fue Cristo quien lo salvó cuando confió en Cristo, y, como resultado, si esa persona da gracias a Dios, y vive una vida de amor a Cristo y en obediencia a Él, ¿para qué más?” Pero, nuevamente, esto de si Dios recibe toda la gloria o no, no es un asunto sin importancia para la fe reformada.

Claro, según la Biblia, es necesario que el pecador crea en Cristo para ser salvo. La cuestión es si la fe por la cual se salva es la clave que permite que Dios lo salve, y sin la cual Dios no habría podido hacerlo. O, si por el contrario, es la fe un medio que Dios mismo obra en la persona y por el cual esta recibe la salvación de su alma, totalmente de gracia y totalmente por el poder del Espíritu Santo. Si la salvación es totalmente de Dios, Dios debe ser reconocido por ello. No hacerlo sería contrario a la Biblia, la cual constantemente insiste en que Dios, la fuente, el medio, y el fin de todo, debe recibir la gloria por los siglos, Romanos 11:36. Además, es saludable (es necesario) que el creyente entienda, al esforzarse a vivir en amor y obediencia a Dios, que depende de Dios, en todo. Si no lo entiende así, seguirá jactándose en sí mismo, en alguna medida, y esto le hará daño. Esforzarse uno... sí, con todo, pues así lo manda Dios, pero en dependencia total de Dios.

No es que todos los de la fe reformada escapen de este pecado contra Dios (el de no reconocer que la salvación es completamente de Dios), pero su creencia, esta enseñanza de la Biblia, es un baluarte, o por lo mismo, un freno contra este pecado, el cual es parte de la esencia de toda forma de idolatría.

La Biblia no niega que el hombre es libre. El ser humano actúa como actúa porque así lo quiere. Pero actúa como actúa en armonía con su propia naturaleza. No puede superar por sí mismo su enemistad con Dios; no puede darse vida. Su nuevo nacimiento, su resurrección espiritual, su nueva creación dependen de Dios, de Su iniciativa. El ser humano tiene que nacer de nuevo para poder creer, no cree para poder nacer. Efesios 2:1-3 presenta un resumen de lo que toda la Biblia enseña con respecto a la naturaleza de todo ser humano (menos Jesús de Nazaret) después de la caída de Adán. Y los versículos del 4-10 señalan la necesidad de la gracia de Dios, recibida por medio de la fe, para ser salvos. Los creyentes son “hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras”.

Como dije, esto de tener la decisión del hombre como clave en su salvación es para muchos, incluyendo a muchos cristianos, tan obvio, que ni siquiera es una cuestión que admita controversia. Lutero opinaba de otra manera. Terminando su obra, LA ESCLAVITUD DE LA VOLUNTAD, agradeció a Erasmo, el gran humanista de sus tiempos, por haberle obligado a escribir sobre el tema. Esas fueron algunas de las palabras, parte de la obra en la edición referida arriba, obra la cual, si usted cree en el libre albedrío, debería leer.

Una nota que repito, la misma de hace dos párrafos, Lutero y la Biblia no niegan la libertad del hombre al hacer lo que hace. No tienen al ser humano como títere. El ser humano actúa de acuerdo con las acciones, los pensamientos, y las decisiones suyas. Son suyas. Pero, el hombre, el ser humano, no es libre de lo que él mismo es, no es libre de rendirse ante las presiones del mundo, y no escapa “del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él”, 2 Timoteo 2:25-26. Por eso necesita más que una decisión propia suya; como también dice el pasaje “por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad”.

Esto de la libertad de la voluntad humana para salvarse, no sólo niega a Dios la gloria, que es suya en todo creyente, sino que también enseña a los seres humanos a confiar en sí mismos, a tenerse por autónomos/co-salvadores/dueños en alguna medida de su propio destino, independientes de Dios. ¡Qué desastre experimenta el mundo, y la iglesia, por razón de esta equivocación! La Fe Reformada nos libra de ella para pensar y creer según la verdad. Enfatiza la necesidad de orar. Obliga a aumentar nuestra atención en la Palabra de Dios.

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