BoletinAbr2014 db Photography | Demi-Brooke/Flickr

Cristo murió por nuestros pecados. Ya lo hizo. Pagó todo. Es decir, logró la redención.

No hay más que hacer, pues todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados (Hechos 10:43). Siendo que Cristo triunfó en la cruz, no hay ninguna condenación para los que están en Él. Ninguna. Nunca. Ni en lo más mínimo. No la hay ni a la luz de nuestro horrible pecado que aun cometemos siendo ya creyentes.

Sabemos que Cristo pagó todo, porque después de pagar la sanción, es decir, después de morir, resucitó. Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado como dijo. Mateo 28:5,6.

Pero, hay dos asuntos que vienen a la mente del creyente y que pueden ensombrecer la celebración de esta maravilla del favor inagotable de Dios.


1. Precisamente por el gozo, la gratitud, y el amor que sentimos para con el Señor por razón de su gracia, lamentamos profundamente cuando pecamos contra Él. Y, como pecamos tanto y de manera tan desafiante, nos sentimos deprimidos siempre por nuestro pecado. Además, nos cansamos de la lucha a que Dios nos ha llamado contra el pecado.


2. Quizás nos hemos engañado. Como tanto pecamos aun siendo creyentes ¿será que no somos en verdad salvos, que hemos creído en vano?


Sin embargo, si bien nos sentimos tristes y agobiados por nuestro pecado y el cansancio del conflicto, aun así, nos alegramos porque el desespero mismo indica que nuestra profesión es real. Aun llorando, nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. Aborrecemos nuestro pecado; hacemos nuevas resoluciones de no pecar más. Pero, nuestro pecado no cambia en nada nuestra justificación, la cual depende 100% de la obra y la justicia de Cristo. Sí, al pecar, nos duele, pero en seguida nos levantamos y arrepentidos y mirando a Cristo, seguimos adelante en los brazos de nuestro Salvador. Somos simultáneamente pecadores y justificados en Cristo. Por Cristo y en Cristo, aun al ser disciplinados por nuestros tropezones, en nuestro dolor, experimentamos el triunfo. ¿Quién puede entender esta doble emoción? Señor Dios Todopoderoso, ¡Gracias! ¡Gloria a ti! Quebrantados y golpeados, somos sanos a tus ojos porque nos miras en Cristo. Tu Espíritu Consolador actúa y nos levanta. Escuchamos tu voz, y de pie, te seguimos.

La resurrección confirma el triunfo de Jesucristo. Hablando de esto, Pablo escribió en Romanos 6:9,10: Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere más; la muerte no se enseñorea más de él, porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.

¡Celebremos este hecho histórico! Vivamos vencedores, no dejando que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal. Deprimidos y dudosos, ¡No! Aunque ahora no vemos a Cristo Jesús, nos alegramos con gozo inefable y glorioso (1 Pedro 1:8). Quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades (1 Pedro 3:22).

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