Boletín abril de 2017 El himno pascual

El himno fue el punto de culminación de la cena, y el punto de partida hacia su agonía. Probablemente hemos de entender que se trataba de la Hallel. (Foto: stefanos papachristou/Flickr)

 

El Himno Pascual

Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos. Mateo 26:30

 

Después de que nuestro Señor Jesucristo hubo comido y bebido su última cena con sus discípulos, habiendo instituido la santa cena con la que recordamos el cuerpo y la sangre del nuevo pacto, mediado por Jesucristo para remisión de nuestros pecados; Él se dirigió hacia el monte de los Olivos, para tener un encuentro con su Padre, en oración. El evangelista señala el punto de quiebre entre estos dos hechos con la frase “Y cuando hubieron cantado el himno”. El himno fue el punto de culminación de la cena, y el punto de partida hacia su agonía. Probablemente hemos de entender que se trataba de la Hallel. La Hallel, o Salmos Aleluya, consistía en los salmos que los levitas habitualmente cantaban en el templo en estas fiestas y eran los salmos 113 al 118. También se cantaba el salmo 136, que en el ritual presente se halla cerca del final del servicio. Estos salmos eran de los primeros que se le enseñaba a un niño en su casa. ¿Estás enseñando a alabar a Dios a tus hijos? La Hallel también se cantaba en la fiesta de los tabernáculos, de forma antifonal, con respuestas acompañadas por flautas. Cuando los levitas entonaban la primera línea de cada Salmo, el pueblo la repetía, en tanto que a cada una de las otras líneas respondían con un Hallelu Yah (Alabado sea el Señor). Pero en el Salmo 118 el pueblo repetía no sólo la primera línea: “Alabad a Jehová,”, sino también éstas: “Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego;” (118:25); “Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora.”

La Santa cena es la cena de acción de gracias, también llamada eucaristía, por la misma razón, y es que todo lo que se prefiguraba y se anunciaba en el Antiguo Testamento, por fin se cumplió en Jesucristo. Jesucristo es quien iba a salvarnos “ahora”, justo después de cantar el himno, y quien con su pobreza nos enriqueció. ¿Puede ver a Cristo en el himno? El Salmo 118:26 nos dice “Bendito el que viene en el nombre de Jehová” eso es justamente la realidad que vino a cumplir Cristo, lo que se escuchó clamar a la multitud unos días antes en su entrada a Jerusalén, ¡Bendito Jesucristo porque vino a salvarnos! Así que toda la Hallel se cantaba en medio de todo el ritual de la cena pascual, y en la medida que se llenaban las copas, y cada uno de los himnos iban cantándose, se estaba cumpliendo lo que por siglos había sido anunciado de Cristo. ¡Cuán significativo tuvo que haber sido para ellos las palabras que cantaban! Aquél plan oculto se revelaba al hombre en la persona de un hombre, que es Dios: Jesucristo.

A principios del siglo XX existió un hombre llamado Albert Schweitzer, un hombre de muchos intereses, como ser músico, médico y teólogo. Se internó en el África y creó un leprosario en Lambaréné, obra filantrópica que le valió la obtención del Premio Nobel de la Paz en 1952. Un hombre que se interesaba en la gente, y la amaba y que decía entender el ejemplo de Cristo. Sin embargo, lo que él entendía como el mensaje de Cristo se resume así: “Pero el cristianismo, tal como se ha desarrollado, se ha preocupado más del perdón de los pecados y la resurrección de la carne, que de aquello que más claro era a Jesús: el hecho de que la humanidad tiene que comprender el significado del Reino de Dios. Jesús no pretendió ser el Mesías. No pretendió ser ninguna de las cosas que se han dicho sobre Él. Lo único que sostuvo fue conocer la realidad del advenimiento del Reino de Dios.” En otras palabras, para él, Cristo tan sólo era un maestro moral, un humanista, un filántropo, que amaba todo aquello que tuviera vida, y que casi en una acción suicida, marchó a Jerusalén para ver si, a través de su muerte, el Reino podía irrumpir. ¡Qué blasfemia! Se acerca la semana santa, y el mundo la celebra; pero, de la misma manera que Schweitzer, a menudo tiene una concepción de la obra de Cristo que no concuerda con lo que enseña la Biblia, ni de lo que ha enseñado la Iglesia a través de los siglos. A algunos les encanta ese Cristo que es sólo amor, pero les repugna la idea de que un Padre asesinara cruelmente a su Hijo para salvar al mundo. Se atreven a definir lo que “debería” ser el cristianismo; y lamentablemente, muchos cristianos les han seguido la corriente. Otros se atreven a ver a Cristo como un líder revolucionario, que quería cambiar el sistema imperialista de su época, y por eso le mataron. Pero el cristianismo no ha sido la excepción en la distorsión de la obra de Cristo. Muchos creen que la copa que bebió Cristo consistió en su sufrimiento cruel por los judíos y los romanos, y que Dios tomó en cuenta ese sufrimiento como pago por el pecado y decidió perdonar a la humanidad. ¡Herejía! Otros creen que, porque Dios nos ama tanto, no pudo resistir la idea de estar una eternidad sin nosotros, que decidió hacer posible la salvación, para poder acompañarle, porque se “derretía” de amor por nosotros. ¡Blasfemia! ¡Dios no es humanista! El centro del universo Sólo es Él y ¡Él es quien borra nuestras rebeliones por amor a Sí mismo! En esta semana santa le animo a meditar en la Hallel, Salmos 113-118 y el Salmo 136 y a encontrar el mensaje del evangelio de Jesucristo en él. Créalo, vívalo, anúncielo y cántelo. No permita que nada le robe el gozo del verdadero evangelio, ni que el evangelio sea sustituido por caricaturas, ¡únase al canto pascual con Cristo y sus apóstoles, en el regocijo de la verdad! 

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