Boletín febrero de 2017

Hemos oído últimamente en la predicación y en el boletín mensual de la iglesia de los deberes de cada miembro de la iglesia, en la iglesia y en el reino de Dios. Lea otra vez, por favor, Hebreos 3:13 y 10:24-25. (Foto: Chris-Håvard Berge/Flickr)

Como siempre, tenemos que tener cuidado de no enfatizar sólo un lado de un determinado tema. Por eso, esta reflexión tiene que ver con la unidad de todos los miembros en la iglesia como tal. Cada iglesia es una muestra del poder del evangelio para unir la gente. Con esta unidad, cada iglesia cumple con el propósito de Cristo para tener como suyo un pueblo (llámese cuerpo o familia). Para esto Cristo murió en la cruz. Preservar la unidad de la iglesia es una prioridad para cada miembro de la iglesia como comunidad.

Como siempre, el problema es que el pecado mora aún en cada miembro. Los gustos y los derechos propios nos influyen sobre cómo funcionamos (o no funcionamos) en la iglesia. Es tan sutil este egoísmo. Permea el ambiente, como un gas venenoso. Ni nos damos cuenta de su presencia e influencia. Fácilmente, sí, viendo que la iglesia tiene defectos, explicamos nuestro descontento como celo por el honor de Cristo. Quizás lo sea. La iglesia sin duda tiene defectos que lo deshonran. Cada miembro contribuye a su imperfección. Pero, en lugar de reconocer el defecto (pecado) de uno mismo, cada uno busca corregir la problemática de la iglesia mirando principalmente los errores y las debilidades de los demás. Muy pronto y en tantos casos, el descontento resulta en divisiones.

Hay casos y razones legítimas para que un miembro deje su membrecía en una iglesia, e irse para otra. Pero, estas razones son pocas. En la gran mayoría del descontento en una iglesia, debemos observar Efesios 4:1-3, y luego seguir entregándonos por la iglesia como Jesucristo ya hizo en su obra redentora. Aquí la cita de Efesios:

Yo, pues, prisionero del Señor, les ruego que ustedes anden de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

Claro, no es fácil cumplir con esta exhortación. Suceden cosas tristes en la iglesia, y a veces no son corregidas. De hecho, es sumamente difícil que todos los miembros sean de un mismo parecer sobre un caso determinado. Cada persona tiene su manera de mirarlo, y no puede entender por qué otros no lo miran de la misma manera. ¿Cómo ponernos de acuerdo en tales casos? ¿Cómo tolerar lo que a uno le parece un error o una grave ofensa?

No es fácil responder a estas preguntas. Pero, ellas nos obligan a volver a enfatizar el deber de cada miembro de ser constante en la oración. Debe orar con paciencia, rogando que Dios muestre la salida, y que así el testimonio de la iglesia ante el mundo permanezca intacto. Es este el deber de cada uno. Que cada uno busque charlar sobre las diferencias, y que lo haga con paciencia, oyendo cuidadosamente la explicación que otras personas den. Puede descubrir uno que quizás el asunto no era tan grave como suponía, o que uno no tenía todos los datos pertinentes, o que si bien se había hecho una injusticia, sin embargo, no fue de tal gravedad como para merecer un rompimiento de comunión, de amistad, y de confianza. En Santiago 3:2 dice: …Todos ofendemos muchas veces. Lo hacemos, y ni nos damos cuenta. ¡Cómo de fácil es exagerar en un asunto más allá de lo honesto! Al tocar un tema delicado, si mantenemos abiertos los canales de respeto, amistad y hermandad, quizás logremos mantener la unidad y, a la vez, mostrar al mundo la presencia del Espíritu de Cristo entre nosotros.

La queja de uno puede ser que le han ofendido. Pero, antes de tomar ofensa contra alguno, piense en la realidad de las ofensas de uno contra Dios y contra su Cristo. Pese a ellas, cuando aun éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Pese a nuestras repetidas y graves ofensas contra Cristo, y siendo ya creyentes, sin embargo, Él por su gracia nos tiene como hijos suyos. Por supuesto no aprueba nuestras rebeldías, y nos disciplina por ellas, pero no nos desecha; sigue tratando con nosotros, aunque, sí, a veces, esconde su rostro de nosotros. La cuestión es que según este modelo de Cristo, así debe ser nuestra reacción con aquel que nos ofende. Y, ¡cuidado! Pues a veces uno se ofende por cosas que no son en verdad ofensas, cosas en que el prójimo tiene todo el derecho de actuar. Caprichosamente uno insiste en que los demás se conformen con los gustos y estilos de uno, y si no, se disgusta y se aparta de contacto con los que son diferentes. Por supuesto, debemos insistir en que se corrijan los errores y se arrepienten de los pecados.

Como pueblo de Dios, no nos es permitido pelear; no es aceptable disgustarnos. ¿Tener diferencias de pareceres? Por supuesto podemos tenerlas; es lo más probable que las tengamos, pero esta variedad de pensamiento es para enriquecernos con el aporte del uno y del otro, no es para dividirnos, disgustarnos, y alejarnos los unos de los otros. Con paciencia, con humildad, y con amor en Cristo seguimos unidos buscando el reino de Dios en la salud de la iglesia. En el pasado reconocemos que en ocasiones hemos pecado contra Dios creando conflictos y dividiéndonos, pero ahora, que nos esforcemos en el poder de Cristo de no repetir estas vergüenzas. Si como cristianos no somos capaces de mantener la paz, ¿qué esperanzas hay, y por qué criticar al mundo por no vivir en paz?

Un detalle más. El chisme puede perjudicar mucho la unidad y dificultar el arreglo de las diferencias en la iglesia. ¡Por supuesto, uno no es chismoso! Otros, sí, lo son. Pero, cuidado. Lo que uno considera como comunicar necesaria o inocente información, para otra persona puede ser chisme. ¡Ay de nosotros! Como si no tuviéramos suficientes problemas más allá de nuestro control, que solemos además raspar la olla buscando la deliciosa pega del chisme. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. (Santiago 3:2).

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