BoletinMar2014 Jacob Bøtter/Flickr

No es para aplastarnos como si no valiéramos nada, en ningún sentido, nunca.

No es para que vivamos siempre sintiéndonos culpables ante Dios. No es para que en primer lugar nos esforcemos a mejorar. Es para algo aún más importante. Siga leyendo y lo descubrirá.

Enseñamos y creemos que al nacer nacimos ya corruptos, por lo cual "estamos completamente impedidos, incapaces y opuestos a todo bien y enteramente inclinados a todo mal" – "a no ser que el Señor Jesús nos libere". Estas citas salen de nuestra Confesión de Fe, "Esto Creemos", el capítulo seis. Haga, por favor, una lectura y estudio de este capítulo 6 buscando y estudiando las referencias bíblicas que allá encuentra – esto para comprender lo que la Biblia enseña sobre la realidad espiritual y moral de todo ser humano.

Es que todas y cada una de las enseñanzas (doctrinas) bíblicas determinan nuestra manera de evaluarnos y de evaluar el mundo en que vivimos. Una correcta manera de creer y un buen comportamiento dependen de conocer, entender y asimilar las doctrinas cristianas. ¿Cómo somos? Esto preguntamos para que sabiéndolo, sepamos de qué somos capaces y de qué no. Al darnos cuenta de lo que es esencial para vivir bien y de que no somos capaces de cumplir, necesariamente buscamos ayuda. Así, sí, hay esperanza de vivir útiles y realizados.

Dios nos hizo; a Dios debemos amor y una obediencia que muestra que le amamos. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado". ¿A quiénes fue dado? Pues, fue dado a aquellos que eran débiles e impíos y por quienes Cristo a su tiempo murió (Romanos 5:5-6). No pudimos pagar nuestras rebeliones, Isaías 53:5, y no pudimos sujetarnos a la ley de Dios, Romanos 8:7-8. Sólo Cristo salva, porque "el SEÑOR cargó en Él el pecado de todos nosotros", Isaías 53:6.

¿Para qué reflexionar sobre la maldad irremediable de todo ser humano? Es para que dejemos de pensar que somos capaces de salvarnos, que dejemos de confiar ni en el aporte más mínimo nuestro. Nuestra caída y nuestro estado son tales, y nuestra maldad tan irreversible y tan dominante (somos esclavos del pecado) que brilla la salvación que obró el Dios trino. Es de una dimensión tal que resultamos adoradores de Dios, amadores de Dios, agradecidos con Dios. Nos quedamos boquiabiertos ante semejante misericordia infinita. Comenzamos a aborrecer y abandonar la idolatría y sus ambientes horríficos, y permaneciendo en Cristo como única esperanza, comenzamos a llevar fruto para la gloria de Dios, Juan 15.1-17. Resultamos seres humanos restaurados a la normalidad de vivir en hermosa armonía con Dios, con el prójimo, y con el mundo que habitamos. Este reconocimiento de cómo de malos fuimos cuando Cristo murió por nosotros nos motiva poderosamente a ser santos, hacedores de bien.

Te daré gracias, Señor mi Dios, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre. Porque grande es tu misericordia para conmigo, y has librado mi alma de las profundidades del Seol. Salmo 86:12-13.

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