BoletinDic2012 Wally Gobetz&/Flickr

¿Qué regalar en la Navidad? A veces es un dilema.

Pero en la primera Navidad, la cosa era muy fácil. Jesucristo vino para dar su vida en rescate para muchos. En Efesios 5:25, Pablo pone lo mismo en estas palabras: "Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella". La primera Navidad era asunto del amor de Cristo por su esposa, y el mejor regalo para ella era Él mismo. ¡Qué regalazo!

Claro, ella no era su esposa todavía. De hecho se encontraba ella en esclavitud voluntaria bajo en encanto de otro. No era en nada digna de ser esposa del Hijo de Dios. Era necesario rescatarla. No esperó la voluntad de ella; se puso a ganarla y hacerla suya. Fue una decisión de pura misericordia. Se dio a sí mismo para lograrlo; se entregó a la muerte, porque ella estaba bajo la condenación de Dios, bajo condenación de Él mismo. El pretendiente, siendo justo, estaba bajo el deber de echarla, fea y sucia como era, echarla fuera. Cristo era su Creador, y ella se había rebelado contra Él.

¿Ya comprende algo mejor de cuán estupendo fue el regalo que, pese a todo, Él dio a aquella? Y lo hizo porque la amó. Se dio a sí mismo por ella; siendo ella aún pecadora; murió por ella. Murió la muerte que ella merecía. Aquella muerte de Cristo no era cualquiera. Era la muerte del eterno Hijo de Dios. Era la muerte en lugar de ella, era el castigo que Él recibió por el pecado de ella.

Además, era el regalo que incluía todo. Con Él Dios la bendijo con toda bendición espiritual. Era para que ella disfrutara de tenerlo por esposo suyo, suyo en la intimidad de una unión espiritual con su Salvador, el que era a la vez su Creador, el dueño de todo, el que da todas las cosas en abundancia para ser disfrutadas, el que es el dador de toda dádiva buena (Santiago 1:17-18).

Sí, para bendecirla, se hizo pobre para que ella por su pobreza fuera enriquecida (2 Corintios 8:9). Su herencia sería la de Él mismo (Romanos 8:17). Y en unión con Él, gozaría de vida eterna, muerta al pecado, libertada del pecado, hecha sierva de Dios, y por fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Romanos 6:22-23). Todo por Cristo es de ella, y ella de Cristo (1 Corintios 3:22,23). Hace pensar en el Cantar de los Cantares, ¿no? En Cristo, pues, habita corporalmente toda la plenitud de la deidad, y por eso, en Él, ella está completa (Colosenses 2:10). No sólo gozará del amor suyo, sino de aquel del Padre que en amor la escogió para su Hijo (2 Tesalonicenses 2:13), y lo hizo para que fuera la morada de Dios por el Espíritu (Efesios 2:22).

Bueno, hasta aquí, el regalo de Cristo para su iglesia. ¿Y, el de ella para Él? Imagínese, no fue necesario que ella escogiera. Fue su deleite ser escogida por Él como regalo. Todo lo que hizo a su favor fue "a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga, ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha" (Efesios 2:26). ¡Bella! ¡Perfecta! ¡Admirable! ¡Elogiada! ¡El objeto de su deleite! ¡Contenta! ¡Satisfecha! Regalo ella misma para el Rey. Preparada por Él mismo. Todos los gastos corrieron por cuenta de Él. No había ningún impedimento, ninguna manera de equivocarse, ninguna razón por qué dudar. Claro, que sí, ella escogió ser su esposa. ¿Cómo podría ser de otra manera?

"Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificada en el lavamiento del agua por la palabra". Fue en la cruz. Con un solo sacrificio logró la eterna redención de su esposa. No quedó ningún faltante. No fue por méritos de ella, pues cuando aún era pecadora, Cristo murió por ella. Logró su eterna redención. ¿El regalo de la iglesia para Cristo? No es ni más ni menos que ser su esposa. ¡Qué regalazo! pues es exactamente lo que Él ha querido desde el comienzo. "Con amor eterno te he amado", Jeremías 31-3-7. No le toca a ella preocuparse de nada sino de deleitarse en su amor, cuidándose, por supuesto de no descubrirse a otro, sino sólo a Él (Isaías 57:8). "Amarás al Señor con todo tu corazón". Pero, aun en esto, allí está su ayuda, pues Dios es el que obra en ella tanto el querer como el hacer por su voluntad (Filipenses 2:13). Ocúpate de Él. Contémplale. ¿Qué regalazo! ¡Feliz Navidad! Para siempre. (¿Quiere leer algo más sobre lo mismo? Ezequiel, todo el capítulo 16).


 

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