BoletinJun2013  MattysFlicks/Flickr

¿Por qué no? ¡Hagámoslo! Tenemos sobradas razones porqué.

De hecho, el gran mandamiento nos exige amar a Dios con todo el corazón, toda el alma, toda la mente, y toda la fuerza. No, no es asunto de volvernos locos. Nuestra debida pasión por Dios es netamente racional, pero precisamente por ser racional, es de mucho entusiasmo. Este entusiasmo se ve, no en un frenesí de emociones, sino en una emocionante obediencia a Dios por razón del temor, del amor, de la gratitud, y del contentamiento que sentimos ante Él.

Todo lo que hacemos, que lo hagamos con todas nuestras fuerzas, (Eclesiastés 9:10). Que no seamos perezosos, sino fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, (Romanos 12:11). Como el salmista da testimonio: "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente". ¿Puede decir usted lo que otro salmo proclama:"¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación."?

No es cuestión de desorden, pero, sí, de intensidad. Tampoco es estar fuera de sí, sino de estar concentrado para llevar todo pensamiento cautivo a Cristo, de tener toda emoción estrictamente controlada e impulsada por la verdad. Es actuar decididamente para cumplir armónica y estéticamente todo deber y todo gusto exacta y plenamente según el fin del mismo: la gloria de Dios según la ley de Dios. Esto lo dice 1 Pedro 2:13: "Por tanto, preparen su entendimiento para la acción. Sean sobrios, pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la manifestación de Jesucristo".

La pregunta que nos hacemos es cómo lograr esta manera de ser. La respuesta es que exige esfuerzo, y para poder esforzarnos, aun para querer esforzarnos, tenemos que ser renacidos de Dios. Y aun así, el pecado mora en nosotros, y tenemos que poner toda diligencia para añadir a nuestra fe virtud (2 Pedro 2:5). Habiendo comenzando creyendo en Cristo, tenemos que seguir en Él, insistiendo con nosotros mismos a querer lo que debemos querer, y a querer esto sin tolerar ningún residuo de desgana. Conscientemente tenemos que renovar nuestra mente; tenemos que expulsar o prohibir entrada a toda idea indigna; tenemos que tener por importante y fijarnos en lo de Filipenses 4:6: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten". Sí, allí está: medite, medite, medite. Mucha Biblia, mucha reflexión, mucha contemplación de Dios en sus tres personas, en sus obras de creación, de preservación y de salvación. Razone consigo mismo, buscando convencerse, alegrándose en lo que debe alegrarse, tomando control de sus anhelos para anhelar y apreciar lo de auténtico valor, valor según el parecer de Dios mismo. Ruegue, pues, a Dios el Espíritu que haga la obra de encender el corazón con lo verdadero. Nos apasionamos con muchas cosas, ¡que nos apasionemos con Dios!

¿Le parece cosa dura y pesada lo anterior? Difícil es, pero, es una labor de amor, y el deleite de andar en paz con Dios y su mundo recompensa sobremanera el esfuerzo hecho. Pero, además es una labor de fe, de fe en Cristo por quien recibimos, no sólo el perdón de nuestros pecados, sino también el poder y la motivación de esforzarnos en lo bueno.


 

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