Reseña: La esclavitud de la voluntad

Lutero mismo consideraba esta obra, juntamente con su catecismo menor, como sus más importantes obras. Fue así por el tema mismo. Fue la respuesta de Lutero a una obra del gran humanista, Erasmo. (Foto: ChappelLibrary)

 

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Reseña del libro: La esclavitud de la voluntad
Del autor Martín Lutero

 

Los dos hombres principales de la Reforma del siglo 16, aunque no los únicos, fueron Lutero y Calvino. Lutero es en general bastante respetado en círculos cristianos actualmente. En cambio, Calvino es mirado de reojo, si no con desdén. Esta tendencia es sumamente interesante dado el hecho de que Lutero era más drástico a veces en su declaración de las verdades ahora rechazadas por la generalidad del pueblo cristiano, verdades que tenía en común con Calvino. Es decir, Lutero era “calvinista”. Existían diferencias, como por ejemplo en lo de la santa cena, pero en las doctrinas de la salvación, el acuerdo era asombroso. El libro que ahora anunciamos comprueba esto. Lo recomendamos como para hacer la comparación, pero aun más por su valor intrínseco.

Lutero mismo consideraba esta obra, juntamente con su catecismo menor, como sus más importantes obras. Fue así por el tema mismo. Fue la respuesta de Lutero a una obra del gran humanista, Erasmo, quien censuraba a Lutero por ser demasiado radical, demasiado dogmático, en sus aseveraciones sobre las doctrinas de Dios y del hombre. Lutero responde con vehemencia, porque como él mismo escribe en la conclusión de esta obra: Además, hay otra cosa por la cual te alabo y te exalto en gran manera: de todos mis adversarios, tú eres el único que atacó el problema mismo, esto es, el punto esencial de mi doctrina, y que no me cansó con aquellas cuestiones periféricas acerca del papado, del purgatorio, de las indulgencias y otras por ese estilo que son bagatelas más bien que cuestiones serías, con las cuales hasta el momento casi todos trataron de darme caza, si bien en vano. Tú, solamente tú llegaste a discernir el punto cardinal de todo lo que actualmente está en controversia, y me echaste la mano a la garganta, por lo que te agradezco desde lo profundo de mi corazón; pues en este tema me ocupo con mucho más interés siempre que el tiempo y las circunstancias me lo permiten. Si hubiesen hecho lo mismo que tú los que hasta ahora me hostigaron, y si lo hicieran aun los que hoy día se jactan de poseer un nuevo espíritu y nuevas revelaciones, tendríamos menos sediciones y sectas, y más paz y concordia. Pero así es como Dios utilizó a Satanás para castigar nuestra ingratitud.

Lo que dice Lutero merece seria consideración. Actualmente una persona que se pone a investigar y a sacar conclusiones sobre cuestiones teológicas, corre el riesgo de ser tildada de anti espiritual. Las definiciones precisas, dadas como sumarios de la enseñanza bíblica, son para muchos una pérdida de tiempo. Contra maneras de pensar parecidas, Lutero escribe tajantemente: Pues si se ignoran estas cosas, no puede subsistir la fe ni ningún culto a Dios; porque esto sería en verdad estar en completa ignorancia en cuanto a Dios, y sabido es que donde hay tal ignorancia, no puede haber salvación. En efecto: si abrigas dudas o desprecias el saber que Dios pre-sabe y quiere todas las cosas no de una manera que deje libre juego a la contingencia, sino de modo que no podrían ocurrir en otra forma, e inmutablemente, ¿cómo podrías creer sus promesas, y confiar y apoyarte en ellas con certeza? Siendo que Dios promete algo, es preciso que tú tengas la certeza de que él sabe, puede y quiere cumplir lo que prometió. De no ser así, no lo tendrás por veraz ni por fiel; y esto es incredulidad y el más alto grado de impiedad y negación de Dios el Altísimo. Pero, ¿cómo podrás estar cierto y seguro si ignoras que Dios sabe, quiere y hará con certeza, e infalible, inmutable y necesariamente lo que promete? Y no solamente debemos tener la certeza de que el querer y hacer de Dios implica un acontecer tal cual e inmutable, sino que también debemos gloriamos en esto mismo, como Pablo en Romanos 3: “Antes bien, sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”; y además: “No que la palabra de Dios pudiera fallar”

Fíjese en el dogmatismo de Lutero, pero un dogmatismo, no de terquedad o de orgullo, sino de práctica en cuanto a honrar a Dios mediante la confianza que él merece y que nos permite actuar con certeza y energía.

Todo el libro se dedica a definir cómo somos, para que sepamos qué podemos y qué no podemos. Y esto con el fin de quitar la confianza de nosotros mismos y fijarla en Dios. Niega rotundamente el libre albedrío, y lo hace sabiendo de las tremendas controversias que esto suscita. Sin embargo, escribe, ¿Qué utilidad hay, pues, o qué necesidad, de difundir el conocimiento de tales cosas, si de ello provienen al parecer tan grandes males? Te contesto: Bastaba con decir que Dios quiso que estas cosas fueran divulgadas, pero que no se debe preguntar por el motivo de la voluntad divina, sino simplemente adorar, y dar gloria a Dios por cuanto él, el único justo y sabio, no hace injusticia a nadie ni puede obrar en forma necia o irreflexiva en nada de lo que haga, aun cuando nosotros tengamos una impresión muy distinta al respecto. Con esta respuesta, los piadosos se conforman. Pero para abundar aun más en detalles, agregará también esto: Hay dos factores que hacen necesario que esto se predique. El primero es la humillación de nuestra soberbia y el conocimiento de la gracia de Dios; y el segundo, la misma fe cristiana. En primer lugar: Dios por cierto prometió su gracia a los humildes, esto es, a los que se dan por perdidos y desesperan de sí mismos. Sin embargo, no puede un hombre humillarse del todo hasta que no sepa que su salvación está completamente fuera del alcance de sus propias fuerzas, planes, empeños, voluntad y obras, y que esta salvación depende por entero del libre albedrío, plan, voluntad y obra de otro, a saber, del solo Dios. En efecto: mientras un hombre abrigue la convicción de que él puede hacer un aporte siquiera ínfimo a cuenta de su salvación, permanece confiado de si mismo, no desespera de sí del todo, y por eso no se humilla ante Dios, sino que se arroga, o espera, o al menos desea para sí una ocasión, un tiempo o alguna obra que finalmente lo hagan llegar a la salvación. En cambio, el que no duda por un momento de que todo está en la voluntad de Dios, éste desespera totalmente de si mismo, no elige nada, sino que espera que Dios obre; y el tal es el más cercano a la gracia, de modo que puede ser salvado. Por ende, estas cosas son hechas públicas a causa de los elegidos, a fin de que los de tal suerte humillados y anonadados sean hechos salvos. Los demás se resisten a esta humillación; y, es más: condenan el enseñar esta desesperación de si mismo, y quiere que se les deje algo, por insignificante que sea, que ellos mismos sean capaces de hacer. Éstos permanecen en lo secreto soberbios y enemigos de la gracia de Dios. Este, digo es uno de los dos motivos por qué los justos conocen, invocan y aceptan humillados la promesa de la gracia.

¡Cómo nos hace falta actualmente la enseñanza de este libro! No es sino la insistencia en lo que la Biblia dice una y otra vez en cada una de sus páginas.

 

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