Propuesta ante el peligro de la superficialidad

¡Tantísima gente por todos lados en la ciudad! Y una buena mayoría está aún sin Cristo. Uno no encuentra tiempo para hacer todo lo que quisiera para regar la buena semilla del evangelio. Es que hay tantas otras cosas que a uno también le toca hacer... (Foto: Sebastien Wiertz/Flickr)

 

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Propuesta ante el peligro de la superficialidad

Estimado hermano, es un gusto saludarle calurosamente en el nombre de Cristo, el Salvador, y desearle la abundancia de la bendición de Dios en su ministerio.

¡Tantísima gente por todos lados en la ciudad! Y una buena mayoría está aún sin Cristo. Uno no encuentra tiempo para hacer todo lo que quisiera para regar la buena semilla del evangelio. Es que hay tantas otras cosas que a uno también le toca hacer. Uno se siente tan presionado por cumplir todo el ministerio que Cristo nos ha dado.

Es bueno que sintamos esta presión. Nos lleva a hacer más de lo que haríamos si no la sintiéramos. Pero trae un peligro. Trae el peligro de la superficialidad. En el esfuerzo por cuidar todo, no oramos lo suficiente, no estudiamos lo suficiente, no nos preparamos bien para exponer todo el consejo de Dios, para alimentar al pueblo de Dios. Escasamente encontramos tiempo para leer la Biblia y de vez en cuando algún otro librito.

Una consecuencia para nosotros es que muchos temas bíblicos nos quedan mal digeridos. Otros sin tocar. Si no tenemos mucho cuidado, resultamos enseñando cosas erróneas o por lo menos muy deficientes. Presentar una parte de la verdad como si fuera toda la verdad, resultaría una mentira. ¡Cuánto provecho perdemos porque no hemos penetrado ciertos temas para descubrir toda la riqueza de la Persona de Dios y de su salvación en Cristo! ¡Cuán mal orientados resultamos porque no vemos las relaciones necesarias entre un tema y otro, entre una enseñanza bíblica y otra!
Pero alguno dirá: ¡no hay tiempo, porque nos toca predicar el evangelio a tantas personas sin Cristo! Pero precisamente a esto voy en esta carta. Para predicar el evangelio, nos toca entenderlo.

Predicar un evangelio deficiente o predicar el evangelio sin a la vez incluir lo demás que las Escrituras enseñan, produce creyentes deficientes. Por ejemplo, anunciar que Cristo es el Salvador sin hacer ver la condición horrenda del pecador ante Dios, el Juez justo, es crear creyentes en Cristo que jamás se han arrepentido del pecado. Si el pecador no se arrepiente, va a perecer.

En el afán de cumplir con la tarea enorme de predicar el evangelio a toda criatura, es fácil perder el evangelio. ¿Cómo hacemos para asegurar que el evangelio que anunciamos es en verdad el evangelio de Dios? La respuesta la sabemos muy bien: Biblia, más Biblia, y aún más Biblia. Por supuesto, nos toca tener al Espíritu Santo para enseñarnos. ¿Basta con tener la Biblia y al Espíritu Santo? La respuesta que doy es un sí y un no, ambos a la vez. Claro que sí, basta tener la Biblia y al Espíritu Santo para tener y entender la verdad para nuestra salvación. Pero hay que reconocer también que Dios ha puesto en la iglesia a pastores y maestros con el propósito de edificar al pueblo de Dios en el conocimiento de la verdad. Por esta razón predicamos y enseñamos en las iglesias semana tras semana. Los creyentes también tienen la Biblia y al Espíritu Santo y, sin embargo, Dios ha ordenado que oigan la exposición de la Biblia por boca de los pastores.

¿Qué de los pastores que predican en lugar de escuchar la predicación? Hay que reconocer que a algunos pastores, Dios les ha dado mayores dones que a otros. Algunos tienen más inteligencia, más capacidad para escudriñar y explicar las cosas. Son dones muy especiales que Dios ha dado a su iglesia a través de los siglos. Nosotros que somos de dones menores, ¿no debemos valernos con toda humildad de esa ayuda que Dios quiere que tengamos? Para enriquecer, corregir, y ampliar nuestra comprensión de la palabra del evangelio, ¿no debemos oír lo que estos maestros preparados en la Biblia, por el Espíritu Santo, tienen para entregarnos?

Uno, sí, puede estudiar la Biblia por su cuenta y preparar de ella alimento espiritual para los hermanos. Pero, qué bueno después ponerse a comparar lo que uno ha sacado de cierto pasaje con lo que otros pastores más capacitados que uno han sacado del mismo pasaje. Fácilmente han visto cosas que no vimos. Puede ser que tuvieron en cuenta otra parte de la Biblia que arroja luz al pasaje. Puede ser que vieron las cosas desde otro punto de vista completamente distinto al que uno iba pensando. ¡Qué bueno poder comparar mi enseñanza con la de otros siervos de Dios, para estar segurísimo de que sí voy anunciando la palabra no adulterada de Dios! ¡Qué orgullo por parte mía pensar que no necesito de los demás a quienes Dios ha fiado mayores dones!

Por cierto Dios enseña a otros y no sólo a mí. Y Dios ha enseñado a muchos otros a través de los siglos. No es sólo hoy que Él ha dado a conocer su voluntad. No es solo hasta hoy que el Espíritu Santo fue derramado para guiarnos a la verdad. El afán de cumplir con la gran comisión puede volvernos sordos a la voz del Espíritu Santo en la predicación de otros hombres de Dios actualmente y de antaño. Afortunadamente, si bien no se nos presenta la oportunidad de escuchar personalmente a otros predicadores, sí, podemos leer los libros que muchos de ellos han escrito. ¿No hay tiempo? Diría yo que fácilmente perdemos el tiempo si no lo sacamos para leerlos. ¿Qué sacamos predicando un evangelio pobre y mal preparado? ¿No será por el descuido en el mensaje que predicamos que la iglesia cristiana sufre la crisis de llenarse de “convertidos” que no conocen a Cristo?

Claro, hay que escoger cuáles libros vamos a leer, porque el tiempo es corto. Los hay buenos, de hombres contemporáneos, quienes en verdad nos llevan a penetrar las grandes verdades de Dios de una forma admirable. Un libro, por ejemplo, HACIA EL CONOCIMIENTO DE DIOS, por J. I. Packer y publicado por Logoi, es al estilo que voy pensando. LA BÚSQUEDA DE DIOS por Tozer y publicado por Editorial Alianza es otro. No son libros superficiales. Exigen que uno piense, eso sí. Pero, ¿cómo vamos a entender las cosas si no reflexionamos? Verá usted que estos libros, antes que hablar de la práctica de la vida cristiana, ponen primero los fundamentos para dicha práctica. Y son fundamentos anchos y bien profundos. Quienes se edifican sobre ellos permanecen firmes y fieles al Señor.

Pero libros buenos los hay de autores de otras épocas también. Nuevamente el afán por hacer mucho nos ha cortado de una fuente riquísima de edificación espiritual. Los creyentes en otras épocas se esforzaron igual como nosotros en evangelizar, pero, a la vez, vivieron en tiempos cuando había más desasosiego para meditar y digerir las cosas que iban a enseñar. Dejaron escritas obras profundas que Dios usó para levantar gloriosamente a su iglesia, para promover avivamientos en el poder del Espíritu, y de convertir a muchísimas personas a Cristo. El evangelio que predicamos, ¿es el mismo que predicaron ellos? ¿Son nuestros mensajes igualmente jugosos en la Biblia como fueron los de ellos? ¿Tenemos nosotros en nuestras explicaciones el mismo equilibrio bíblico que ellos tenían? ¿Presentamos la misma visión amplia y comprensiva de Dios y de su salvación en Cristo? Son preguntas importantes porque el Espíritu de Dios no enseña dos evangelios distintos, uno para hoy y otro para otras épocas.

Vale la pena detenernos de vez en cuando para leer alguna de estas obras antiguas. De pronto nos sorprenderemos de las diferencias que hay. Nos veremos obligados a mirar nuevamente las Escrituras para saber cuál es la verdadera enseñanza de Dios. El evangelio que predicaremos después va a resultar más fiel al de Cristo, más poderoso en el poder del Espíritu Santo para efectuar la obra de Dios en los pecadores.

¿Ha leído, por ejemplo, alguna de las muchas obras de Martín Lutero? Su obra, La voluntad determinada, era una de las más usadas para fomentar la gran reforma de la iglesia cristiana en el siglo XVI. Con ella, el pueblo de Dios empezó a ver nuevamente que la salvación es en verdad de Dios y que a Él se debe toda honra. Su obra llevó a los predicadores a predicar nuevamente a Cristo para que los hombres dejaran de confiar en sus propias decisiones y poderes. Los llevó a confiar en el único que salva.

O, también, está la obra mayor de la reforma de siglo XVI, La institución de la religión cristiana, por Juan Calvino. Muchos se asustan al oír hablar de Calvino. No sé por qué. Su enseñanza prácticamente era igual a la de Lutero. Aún más, casi todo el mundo está de acuerdo en que su Institución es una de las explicaciones más bíblicas y completas de la fe cristiana que el mundo ha visto hasta ahora. Esta obra dio forma, disciplina, consistencia, y corazón a la reforma para que permaneciera por siglos después. Obras como éstas no las podemos ignorar sin tentar a Dios quien dio estos dones a su iglesia. O los sermones de C. H. Spurgeon. Normalmente los predicaba a miles de personas y muchas fueron convertidas. Claro, el estilo de cada predicador es diferente. No buscamos imitarle el estilo a otro, pero si, vale la pena averiguar si las enseñanzas del evangelio que Dios bendijo en aquella época son las que nosotros presentamos en nuestras predicaciones. Dios se vale de la verdad para convertir a los predicadores. Los pecadores que se convierten oyendo el error, se convierten a algo, pero no a Cristo. ¡Qué problema son estos “convertidos” para la iglesia!

Sí, hermano, hay mucho por hacer. Tanto hay que no podemos perder el tiempo enseñando doctrina deficiente o defectuosa. No debemos aislarnos. A la Biblia, sí. Que Dios nos hable directamente en ella. Que escuchemos con detenimiento. Pero además, escuchemos lo que Dios les ha enseñado a otras personas, a otros siervos ejemplares para nosotros.

Quiero agradecerle por el tiempo que ha prestado para leer esta carta. La escribo solamente con el fin de buscar para todos mayor fidelidad a Cristo Jesús. No le escribo con fines sectarios a favor de ésta o cierta iglesia, misión, o denominación. Lo que hablo son cosas que salen del deseo que todos tenemos, la gloria de Cristo. Repetimos las palabras de Apocalipsis 5:13: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria, y el poder, por los siglos de los siglos.

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