Una persona puede ser teológicamente correcta en cuanto a su intelecto, participar de todas las ceremonias de la iglesia correctamente, ser una persona fervorosa en la oración, pero si su vida diaria es una práctica de pecado (odio, codicia, deshonestidad, inmoralidad, falta de misericordia, etc.), todas sus prácticas piadosas son repugnantes al Señor. Aun así, el Señor le exhorta a humillarse sinceramente arrepentido, prometiéndole limpiarle totalmente aunque sus pecados sean en extremo abominables, pero le advierte que si deshecha su preciosa gracia, sin remedio será condenado. (Is. 1:10-20; Lc. 6:46-49; Is. 55:6-7)

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