Alguna vez se ha hecho las solemnes preguntas: “¿Será que el Dios en el cual creo sí es el verdadero? ¿No será que es el Dios de mi propia invención o el que otras personas o una o unas religiones formaron y no el de Las Escrituras?” No debemos pasar por alto que en el día del juicio muchos que están seguros de creer en el verdadero Dios le dirán al Señor: “Señor, Señor. ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” ¿Saben cuál será la respuesta de Señor? “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:22-23). Ellos, aunque se sentían seguros, murieron sin conocer al Dios de las Escrituras.

También es bueno recordar que el sistema religioso judío de la época de Cristo (muy estricto por cierto), creía fielmente que su Dios era el verdadero, decían: “Un Padre tenemos que es Dios”, pero Jesús les dijo: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer...” (Jn. 8:41,44). Tampoco es suficiente decir: “yo creo que Dios es uno” Santiago dice al respecto: “bien haces, también los demonios creen y tiemblan” (Stg. 2:19). Para no terminar la carrera mal como los anteriores, la orden de Dios es conocerle y para ello Él dejó las Sagradas Escrituras. Escudriñe versículo a versículo y clame a Dios para que usted le pueda conocer y así nadie lo engañe, ni que asimismo se engañe, sino que sea Él su Dios, su Maestro y su Guía. (Je. 9:23-24)

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