La ruina espiritual de muchos no se debe necesariamente a los ataques de los de afuera, se debe a la triste dificultad que tenemos de decir ¡NO! a las sutiles insinuaciones, exigencias, manipulaciones, o coacciones de aquellos por los que tenemos un afecto especial (cónyuge, novia o novio, padre o madre, hermanos, hijos o nietos, amigos, etc). Lo peor es que terminamos justificándolos, defendiéndolos, y despreciando y hasta considerando como enemigos a aquellos que valientemente se atreven a abrirnos los ojos, como Micaías. Si agradamos a los hombres antes que a Dios no somos dignos de Él; esto es despreciarlo, y los que lo desprecian serán tenidos en poco. (1 S. 2-4; Hch. 5; 1 R. 21-22; Lc. 14:25-33; Dt. 13:6-8; Gá. 1:10)

Volver