Amados Hermanos y amigos

Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayarHeb. 12:3

Quisiéramos, cuando nos levantamos, no experimentar sino alegría, pero casi siempre, aunque no es nuestro deseo, experimentamos dolores.

Vemos como nuestra carne se resiste terriblemente cuando tratamos de acercarnos a la Palabra de Dios, cuando lo hacemos para experimentar su delicia y su consejo. Vemos como esta carne lucha infernalmente, tratándonos de inclinar a la negligencia, para que no nos acerquemos a las Escrituras, como lo haríamos a un banquete en tiempo de hambre.

Vemos como la carne lucha, para que no oremos derramando nuestro espíritu en favor nuestro y de otros delante de nuestro Consolador, o para que no oremos como es debido. Experimentamos, también, como puñaladas que nos hacen llorar al ver cómo muchos de aquellos a los cuales instruimos en la verdad no son más que oidores, pues cuando viene la prueba siguen lo que la carne les dice, sin importarles lo que el Señor les enseñó.

Sé que lo anterior, y muchas más cosas nos hace sufrir diariamente; pero hermanos, ¿qué es esto comparado con lo que nuestro amado Salvador experimentó al cargar toda nuestra inmundicia y al experimentar el horrendo dolor eterno por nosotros? Es precisamente porque Él padeció tales sufrimientos por nosotros, su pueblo, que podemos salir más que vencedores en tales agonías, es por eso que podemos encontrar refrigerio en medio de este camino de desértico de peregrinaje hacia la Tierra Prometida, la cual está más cerca que aquel día cuando creímos por primera vez.

La carne puede ser fuerte y hacernos derramar muchas lágrimas, pero ella fue crucificada y ya no se enseñorea más de nosotros. En cada ataque que nos hace, aunque arremeta con todas sus fuerzas contra todas las fibras de nuestro espíritu, siempre sufrirá sendas derrotas, no por nuestras fuerzas, pero por Aquel que mora en nosotros, el cual nos lleva de triunfo en triunfo.

Esperad en Él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de Él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio” Sal. 62:8

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