Cuando una persona es objeto de la gracia salvadora, Dios (quien es el que hace nacer los buenos deseos y quien los lleva a cabo) conduce a tal persona, entre otras cosas, a:
* Renunciar a lo oculto y vergonzoso.
* No continuar actuando con la habilidad de engañar y actuar artificiosamente para alcanzar sus fines.
* No utilizar la Palabra de Dios para fines perversos.
* Actuar con la verdad en su forma de vivir delante de Dios, de tal forma que todos los hombres en su conciencia lo perciban claramente. Todo esto porque Dios, que comenzó la buena obra, se comprometió a perfeccionar a tal persona, algo que nada ni nadie puede impedir. 2 Co. 4:1-2; 1 Co. 1:8

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