Parábola del sembrador (Mt. 13:1-23; Mc. 4:1-20; Lc. 8:4-15)

Introducción

Todos los predicadores, aunque con todo su corazón desean que todos los que escuchan sean llamados por el Señor, ven como la respuesta de los oyentes no es la misma en todos. Algunos muestran un rostro burlesco de incredulidad, otros se enojan, otros escuchan un buen tiempo y de repente desaparecen, y unos pocos se quedan. ¿Por qué acontece esto? Dios nos dejó la parábola del sembrador para que todos nos demos cuenta por qué acontece esto. Ella contempla cuatro tipos de personas, y todos los seres humanos somos una de estas personas. Tres de ellas se pierden y solo una gozará de la vida eterna.

 

Clases de personas que la parábola contempla

1. Terreno del camino o junto al camino. Son los que escuchan la palabra de Dios y no la entienden. No es que estas personas carezcan de capacidad intelectual, muchos por el contrario son más estudiados que cualquiera. Miremos algunos de este grupo:

a. Los que buscan sabiduría de este mundo. En este grupo encontramos a aquellos que se consideran inteligentes, intelectuales, pero que ven las cosas de Dios como ridículas. Estos, como no pueden meter a Dios en un tubo de ensayo, terminan rechazándolo y dejando de lado la Palabra de Dios. Los griegos de Atenas, reconocidos históricamente por su hambre por lo intelectual, escucharon atentamente a Pablo, hasta cuando él les habló de la resurrección. Como esto era irracional para ellos, porque no se acomodaba a su intelecto decidieron no escucharle más, eso era una locura para ellos. Hch. 17:32; 1 Co. 1:18-23

b. Los que escuchan solo para observar en que se equivoca el predicador para tener de que acusarlo. Su propósito no es aprender, es buscar la caída del que anuncia el evangelio. Como ejemplo tenemos los religiosos de la época de Cristo. Eran personas muy bien preparadas, que escuchaban a Jesús pero no comprendían su mensaje, porque su intención de estar a su lado era encontrar un motivo para tener de que acusarle para poderle dar muerte. Jn. 8:39-44 *V. 43.

c. Los tercos. Estos por su orgullo no están en el plan de escuchar para aprender sino para polemizar. Ellos solo quieren imponer sus ideas. 1 Ti. 6:3-5

d. Los que buscan a Jesús solo por cosas terrenales. Los judíos que comieron los peces y los panes multiplicados por Jesús, luego de ese milagro lo querían coronar como rey, y después lo buscaron incansablemente. Cuando se encontraron con Jesús, el Mesías les dijo que su búsqueda se debía a que Él les había llenado el estómago y no porque hubieran entendido el mensaje. Luego que Él les explicó sobre el significado, la mayoría lo abandonaron, porque su propósito era solo buscar lo temporal y no lo eterno. Esto no les dejó entender el verdadero significado del evangelio. Jn. 6:26-29

e. Los que creen que por el hecho de asistir a un templo o practicar determinados ritos es lo que los muda. Algunos creen que entrar a un templo o participar de algún rito como el bautismo o la cena del Señor, algo mágico ocurre y que entonces por ello son mudados.
Resultado. El enemigo entra y la poca palabra, que de manera superficial se encuentra en su corazón, es robada y la persona queda igual o peor que antes de escuchar.

2. Terreno con piedras. Son los que escuchan con gozo, pero cuando viene la prueba fracasan. Desean ir al cielo sin pasar por pruebas. El Señor advirtió que el camino para ir al cielo es angosto y difícil y pocos lo hallan (Mt. 7:13-14) El apóstol Pablo dijo que para entrar en el cielo es necesario pasar por muchas tribulaciones (Hch. 14:22) Observemos algunas de las pruebas por las que un verdadero cristiano pasa y vence.

a. Aborrecimiento del mundo. Si el mundo odió a Cristo, con los que se identifican como cristianos no será nada diferente. Jn. 16:1-2

b. Aborrecimiento de los familiares que no conocen a Dios. Llegar a la casa con la excelente noticia de que ahora es cristiano, no llena a la familia incrédula de júbilo sino de odio. Mt. 10:21-22

c. Pérdida de amistades. Ellos se extrañan del nuevo comportamiento del que un día fue un empedernido pecador. Por ello lo abandonan, y lo persiguen. 1 P. 4:3-4

d. Pérdida de salud, o de empleo, o de cosas, o de seres queridos. La enseñanza de ¡pare de sufrir! No se aplica para el que es conducido a aceptar el verdadero evangelio. Dios prueba a las personas como se prueba el oro y solo aquellos que soportan la prueba son los que muestran que tienen la verdadera fe. 1 P. 1:7
Resultado. Los que desechan a Jesús porque no soportan las pruebas, siempre van a tener la excusa de que no fueron tratados bien cuando procuraron a Dios. Directa o indirectamente le echan la culpa a Dios de su desvío. Su final es la perdición eterna. Pr. 19:3

3. Terreno con espinos. Escuchan, posiblemente con gusto, pero las cosas del mundo ahogan la palabra.

a. El afán de este siglo. El miedo a quedarse sin comida, sin vestido y sin las cosas elementales para esta tierra les hace abandonar la fidelidad a Dios. No creen que Dios puede prepararles una mesa en el desierto o que Él se preocupa por nosotros. Esta falta de confianza no solo no deja dar fruto, es una ofensa muy grande a la fidelidad de Dios. Mt. 6:25-33

b. el engaño de las riquezas. El deseo de ser rico hace que el dinero se convierta para la persona en un dios. Esto, o no lo deja tener tiempo para las cosas de Dios, o le abre las puertas para aceptar cualquier forma de alcanzar riquezas (soborno, robo, elementos ilícitos, contrabando, etc.) Mt. 6:24; Lc. 14:18-20

c. las codicias de otras cosas. El deseo de fama, de poder, la famosa gloria de los hombres. En este punto podemos meter el deseo de ser una persona con títulos para tener de que gloriarme y considerarme superior a los demás, también el deseo de llegar al éxito en el deporte, en la farándula, para ser reconocido por los demás, el deseo hasta de ser "un gran cristiano" para ser recibido con calle de honor por los demás cristianos, etc. Jn. 6:44

d. Los placeres de la vida. La inmoralidad sexual, las bebidas, las fiestas, la ociosidad, las diversiones algunas no pecaminosas en sí mismo, pero que se convierten en el instrumento que gobierna a la persona para no dar a Dios realmente el primer lugar. Ef. 4:29; 5:3,18
Resultado. Una vida de apariencia placentera, pero completamente estéril en frutos de santidad. Su final la perdición eterna como los dos anteriores.

4. La buena tierra. Es una persona como un terreno libre de caminos, de piedras y de espinos, en el que al entrar la palabra de Dios no encuentra obstáculos para nacer crecer y dar fruto.

a. Estos tiene corazón bueno y recto. Esto quiere decir que han pasado obligatoriamente por el nuevo nacimiento, porque sin ello el corazón de la persona es de piedra, perverso y engañoso más que todas las cosas. Han sido dotados con fe para confiar en Jesús, ya que sin Él ningún fruto se puede dar. Jer. 17:9; Ez. 36:15-17; Jn. 15:1-5

b. Oyen la Palabra. No se está hablando de un oír físico, se está haciendo relación a los oídos espirituales que han sido habilitados.

c. Reciben la palabra. No la expulsan, no la rechazan, sino que la guardan.

d. Entienden la palabra de Dios. El mensaje de la cruz ya no es una locura como no es ninguna parte de las Escrituras. Su entendimiento que estaba en tinieblas ahora está en la luz, y tiene la capacidad de discernir. 1 Co. 2:13-16

e. Retienen la Palabra de Dios. No solo la reciben sino que esta queda guardada definitivamente. No es algo temporal.

Resultados. Una vida, aunque con muchas dificultades por las luchas contra su propia carne, el mundo y Satanás, que lleva fruto a Dios, porque Dios trabaja y trabajará en él hasta el final. Col. 1:10; Fil. 1:6; 2:13

Conclusión
"El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama" Mt. 12:30

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