Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo” Fil. 2:21

Este pasaje tan breve separa a los hombres en dos grupos, de acuerdo con lo que desean.

Primero están los que buscan lo suyo propio. Estas personas no conocen a Dios y son egoístas. Pueden saber cuál es la voluntad de Dios revelada en las Escrituras, pero en el momento de actuar deciden hacer lo que su corazón carnal les indica. Pueden recibir consejos, ser exhortados y ver las consecuencias de su rebeldía contra la voluntad de Dios, por años, pero no cambian; siguen con su misma terquedad. Ven como una pérdida el hecho de renunciar a lo suyo. Ese vivir para sí, el cual parecería que les trae algún beneficio, los hace infelices, pues el que siembra egoísmo siega miseria.

En segundo lugar se encuentran los que buscan lo que es de Cristo. Ellos conocen a Dios, y su unión con Cristo les garantiza la vida. Ven su propia prudencia, es decir, el egoísmo del viejo hombre, como obras muertas; en cambio, miran a la voluntad de Dios como las verdaderas obras vivas. Ante tal realidad, someten todas las áreas de sus vidas al escrutinio de Dios, para morir a lo que es terrenal y para vivir a lo celestial. Se humillan, pidiendo ser transformados por medio de la renovación de su entendimiento, para comprobar cuál sea la voluntad de Dios, la cual es agradable y perfecta. Estas personas son felices, pues es más bienaventurado el dar que el recibir.

 

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