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¿Se le presume muerto si falta a una reunión de oración? (Sep, 2015)

BoletinSep2015 Vinoth Chandar/Flickr

¿Se le presume muerto si falta a una reunión de oración?

Por: Tom Ascol

http://tomascol.com/would-you-be-assumed-dead-if-you-missed-a-prayer-meeting/

James A. Surgen ayudó a su más famoso y hermano mayor, Charles, en el ministerio del Tabernáculo Metropolitano en el siglo XIX. Se desempeñó en varios puestos, incluyendo a partir de 1868, el de “con-pastor”, aunque sus funciones eran principalmente administrativas. A menudo ayudó a otras iglesias que estaban luchando, buscando promover su revitalización. Una de estas iglesias que fue ayudada en gran medida por su ministerio estaba en Croydon. El siguiente es un relato de un querido miembro de esa iglesia que fue escrito por James en The Sword and Trowel (Famosa Revista que editó C.H. Spurgeon durante su ministerio) en 1884. Mientras lo leía, no pude evitar preguntarme, ¿a cuántos miembros de la iglesia se les supondría muerto si llegaran a faltar a dos reuniones de oración?

 

¿En la reunión de oración, o muerto?
Unas palabras que hablan de la Reunión de Oración en el Tabernáculo Metropolitano,
Por el pastor J. A. Spurgeon

Acabo de perder a uno de los miembros de mi iglesia en Croydon. Cuando fui por primera vez, me encontré con una mujer intemperante; y por cierto, con el lado triste y doloroso de su historia. Hace unos diez años atrás, empobrecida por el abuso del alcohol, con pocos recursos para vivir y muy poco para comer, reducida a su mayor necesidad, resolvió muy sabiamente que sería abstemia (sobria) porque así no podía seguir. Desde la firma de esa promesa, se convirtió en una mujer nueva; llegó a la casa de oración, la gracia de Dios llegó a su corazón, y desde ese momento estuvo siempre en la Capilla cuando se abrieron las puertas. Yo solía decirle que realmente pensaba que ella vivía en el recinto.

Nunca se celebró una reunión de oración sin que la señora W– estuviera presente. Si yo estaba o no allí, ella lo estaba. Una vez hace seis meses, se ausentó. Cuando le pregunté donde había estado, ella dijo: “Vine y dejé los libros, pero no me quede para la reunión”. Resulta que había venido a la iglesia por no faltar, pero faltó porque se fue a visitar un enfermo. Esa fue la única vez que esa señora faltó a una reunión de oración hasta que después faltó un domingo por la noche cuando le extrañé de nuevo. Le pregunté a mis diáconos si la habían visto, o habían oído acerca de ella, y me dijeron: “No sabemos dónde está, ella tampoco estuvo con nosotros el pasado viernes por la noche en la reunión de oración”. Les dije que estaba seguro de que estaba muerta, porque si hubiera estado viva ciertamente habría estado en la reunión de oración. Nadie cuestionó lo que dije. Todos sintieron como yo que ella no se habría perdido dos reuniones de oración seguidas a menos que hubiese muerto, o hubiese estado demasiado enferma para salir de su casa. Durante el servicio de la tarde uno de los diáconos fue a donde vivía completamente sola y al no recibir respuesta de nadie, consiguió ayuda e irrumpió en la casa. Allí encontró justo lo que esperábamos; estaba allí, de rodillas, muerta, en su pequeña sala, debió haber muerto en medio de un gran sufrimiento y en el acto de orar a Dios.

Ella fue un personaje notable. Visitó y regaló tratados en la peor calle de Croydon, y tenía una manera singularmente feliz de ganarse a las personas muy malvadas, a quienes iba a contarles la historia de su propia vida, y decirles que ella solía ser como ellos, pero que por la gracia de Dios se había convertido, y que el don de la gracia que ella tenía podría hacer lo mismo para ellos. Se cuenta una historia como un ejemplo de las bromas que le solían jugar. Un joven pensó en asustarla; así que se vistió como el diablo tanto como su imaginación le permitió hacer. Cuando ella llamó a la puerta, la abrió y gritó: “Yo soy el diablo”, y comenzó a gritarle. Sin embargo, ella no se alarmó en lo absoluto, tranquilamente, se puso las gafas y lo miró de arriba abajo, y le dijo: “Tú no eres el diablo, eres solamente uno de sus hijos”. Pensé que la anciana obtuvo lo mejor de esa experiencia en ese momento. Le pregunté si alguna vez lo volvió a ver y ella respondió: “¡Oh no, querido! Él sólo bajó la cabeza y se fue”.

La echaremos de menos profundamente; nuestras reuniones de oración tendrán un espacio en blanco, el de la Señora W. Es una ausencia que no vamos a superar fácilmente. Espero que algunos de ustedes serán tales asistentes constantes en las reuniones de oración que si llega a pasar que se ausente dos veces seguidas diremos de ti: “Estoy seguro de que nuestro hermano o hermana ha de estar muerto”, aunque no queremos partir tan pronto como lo hizo nuestra buena amiga en Croydon.

(Tomado de Sword and Trowel: 1884 [London: Passmore y Alabaste, 1884] , 89-90)


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